Estudio a la Epístola
a los Hebreos
La epístola a los Hebreos presenta varios problemas interesantes
al que la estudia. Aquí tenemos un libro que empieza como un
sermón, sin embargo concluye como una carta (13.22–25).
En ninguna parte se menciona el nombre de su autor, ni tampoco se indica
claramente sus destinatarios. Ciertos pasajes se han usado erróneamente
para molestar a los cristianos; debemos recordar que la epístola
fue originalmente dada para exhortar y animar al pueblo de Dios. Es
importante estudiar Hebreos a la luz de toda la Palabra de Dios y no
sólo de manera aislada.
I. El mensaje
El principal mensaje de Hebreos se resume en 6.1: «Vamos adelante
a la perfección [madurez espiritual]». Las personas a quienes
se dirigió Hebreos no estaban creciendo espiritualmente (5.11–14)
y andaban en un estado de segunda infancia. Dios había hablado
en la Palabra, pero no eran fieles para obedecerle. Descuidaban la instrucción
de Dios y se alejaban de su bendición. El escritor procura animarles
a avanzar en sus vidas espirituales, mostrándoles que en Cristo
tienen bendiciones «mejores». Cristo es «el autor
y consumador [que lleva a término] de la fe» (12.2). El
libro presenta a la fe y vida cristianas como superiores al judaísmo
o cualquier otro sistema religioso. Cristo es la Persona superior (1–6);
su sacerdocio es superior al de Aarón (7–10); y el principio
de la fe es superior al de la ley (11–13).
I. El escritor
Puesto que no se menciona ningún nombre en el mismo libro, los
eruditos han debatido por siglos sobre quién es su autor. Las
tradiciones primitivas señalan a Pablo. Otros han sugerido que
fue Apolos, Lucas, Felipe el evangelista, Marcos y hasta Priscila y
Aquila. El escritor, obviamente, fue judío, puesto que se identifica
con los lectores judíos (1.2; 2.1, 3; 3.1; 4.1; etc.). También
se identifica con Timoteo (13.23), lo cual sin duda podía haber
hecho Pablo. La bendición de gracia en la clausura es típica
de Pablo (véase 2 Ts 3.17, 18). El escritor había estado
en prisión (10.34; 13.19). La cuestión parece quedar resuelta
por 2 Pedro 3.15–18, donde Pedro claramente afirma que Pablo había
escrito al mismo pueblo al cual Pedro lo hizo, los judíos de
la dispersión (1 P 1.1; 2 P 3.1). Todavía más,
Pedro llama Escrituras a la carta de Pablo. Ahora bien, si Pablo escribió
una carta inspirada a los judíos esparcidos por el mundo y esta
carta se ha perdido, una parte de la Palabra eterna e inspirada de Dios
hubiera sido destruida; y eso es imposible. La única Escritura
que está dirigida a los judíos y que no se acredita a
ningún otro autor es Hebreos. Conclusión: Pablo debe haber
escrito Hebreos. Los que argumentan que el estilo o el vocabulario no
son típicos de Pablo deben tener presente que los escritores
son libres de adaptar su estilo y vocabulario a sus lectores y temas.
III. Las «advertencias»
Incluso Pedro nos informa que algunos habían tomado la carta
a los Hebreos y mal interpretado las «cosas difíciles»
para su propia destrucción (2 P 3.16). Esto se debe a que destrozan
las Escrituras, o tuercen pasajes fuera de su contexto, pervirtiendo
la letra para hacer que diga lo que en realidad no quiere decir. Debemos
cuidarnos de interpretar Hebreos a la luz de toda la Palabra de Dios.
Se han colocado las cinco exhortaciones (véase 13.22) en nuestro
bosquejo para que pueda ver con claridad el desarrollo de la carta.
Creemos que estas exhortaciones son para todos los creyentes, puesto
que el escritor se identifica con el pueblo al cual se dirige: «es
necesario que con más diligencia atendamos»; «¿cómo
escaparemos»; «temamos, pues»; etc. Decir que 6.4,
5 describe a personas que eran «casi» salvas es atropellar
el significado de estos versículos. Algunos cristianos han malentendido
la gracia de Dios y la preciosa doctrina de la seguridad eterna al punto
de olvidarse de que Dios también castiga a su pueblo cuando este
peca. Debemos abordar Hebreos como una carta escrita a creyente que
estaban en peligro de recaer en un estado carnal de inmadurez espiritual
debido a su actitud errada hacia la Palabra de Dios. Tal desobediencia,
advirtió Pablo, podía llevarlos al castigo de Dios y a
la pérdida de recompensas ante el tribunal de Cristo (véanse
10.35, 36; 11.26). Hebreos no advierte a los creyentes que sus pecados
los condenarán, puesto que ningún verdadero cristiano
puede jamás perderse eternamente.
IV. Palabras clave
Las palabras clave son «mejor» (1.4; 6.9; 7.7, 19, 22; 8.6;
9.23; 10.34; 11.16, 35, 40; 12.24) y «perfecto» (2.10; 5.9,
14; 6.1; 7.11, 19, 28; 9.9, 11; 10.1, 14; 11.40; 12.2, 23).
HEBREOS 1
«¡Dios ha hablado!» Este es el gran mensaje de Hebreos.
«Dios ha hablado», por tanto, presten atención a
cómo responden a su Palabra. Después de todo, la manera
en que respondemos a la Palabra de Dios es la manera en que respondemos
al Hijo de Dios, porque Él es la Palabra viva. En este primer
capítulo vemos la superioridad de Cristo sobre los profetas y
los ángeles.
I. Cristo es mejor que los profetas (1.1–3)
A. En su persona.
Cristo es el Hijo de Dios; los profetas fueron simples hombres llamados
a ser siervos. Cristo hizo el universo y es quien lo sostiene. Su Palabra
tiene poder. Le dio existencia al universo mediante su Palabra y ahora
su Palabra controla y sostiene nuestro mundo. Cristo es también
el heredero de todas las cosas. «Todo fue creado por medio de
Él y para Él» (Col 1.16). Es el sacrificio de Dios
por los pecados del mundo. «Purgó nuestros pecados»
mediante su muerte en la cruz. Ahora está sentado en gloria,
como el Rey Sacerdote de Dios. Su obra en la tierra está completa;
Él se ha sentado.
B. En su mensaje.
Las revelaciones de Dios en tiempos antiguos fueron dadas «muchas
veces y de muchas maneras». Ningún profeta recibió
la revelación completa. Dios hablaba tanto a través de
visiones, sueños, símbolos y acontecimientos, como mediante
la boca del hombre. Estas revelaciones apuntaban a Cristo y Él
es la revelación final de Dios. Cristo es «la última
Palabra» de Dios al mundo. Toda la revelación del AT conducía
a Cristo, la revelación final y completa de Dios. Cualquiera
que hoy se jacte de tener una «nueva revelación»
de Dios, se engaña. Dios no da revelaciones hoy; Él esclarece
su revelación final y total en Cristo.
II. Cristo superior a los ángeles (1.4–14)
En la religión judía los ángeles jugaban un papel
vital. La ley fue dada a través del ministerio de los ángeles,
según Gálatas 3.19, Hechos 7.53 y Deuteronomio 33.2. Si
los judíos ponían atención a la ley, dada por medio
de ángeles, debían prestar mayor atención al mensaje
dado por Cristo, quien es mayor que los ángeles. El autor menciona
siete citas del AT para mostrar la superioridad de Cristo sobre los
ángeles.
A. Los versículos 4–5 citan al Salmo 2.7 y 2 Samuel 7.14.
Como Heredero de todas las cosas Cristo tiene una herencia mayor y por
tanto un nombre mayor. En el Salmo 2.7 Dios el Padre llama a Cristo
«mi Hijo», título que no lo daría a los ángeles.
(En el AT a los ángeles en forma colectiva se les denomina «hijos
de Dios», pero este título no se aplica a ninguno en forma
individual.) El Salmo 2.7 se refiere a la resurrección de Cristo,
no a su nacimiento en Belén (véase Hch 13.33). Cristo
fue «engendrado» de la tumba virgen cuando fue resucitado
de entre los muertos. Colosenses 1.18 le llama «el primogénito
de entre los muertos». La segunda cita se refiere a Salomón;
léase todo el capítulo 7 de 2 Samuel con cuidado, porque
la «casa» de David aparece de nuevo en Hebreos. David quería
construir una casa para Dios, pero Él decretó que Salomón
realizaría la obra. Dios le prometió a David que Él
sería un padre para Salomón; y Hebreos 1.5 aplica esta
promesa a Cristo, quien es «mayor que Salomón» (Mt
12.42).
B. El versículo 6 cita al Salmo 97.7 (o quizás a Dt 32.43
en la versión griega llamada la Septuaginta).
Esta cita se refiere al regreso de Cristo a la tierra («Y otra
vez, cuando introduce al Primogénito»). Así como
los ángeles le adoraron en la primera venida (Lc 2.8–14),
le adorarán cuando vuelva para reinar. Cristo es mayor que los
ángeles.
C. El versículo 7 cita al Salmo 104.4.
Los ángeles son espíritus creados por Dios para ser siervos.
La próxima cita muestra que Cristo no es siervo sino Soberano.
D. Los versículos 8–9 citan al Salmo 45.6–7.
El Salmo 45 es uno matrimonial, describiendo a Cristo e Israel. Dios
afirma con claridad que Cristo tiene un trono y el Padre llama al Hijo
«Dios». Los que niegan la deidad de Cristo tergiversan estos
versículos tratando de probar su punto. Una versión incluso
dice: «Tu trono es Dios». No, estos versículos firmemente
anuncian la deidad de Cristo; Él es Dios.
E. Los versículos 10–12 citan al Salmos 102.25–27.
Aquí de nuevo se le llama «Señor» a Jesús.
Él es desde el principio el Creador del universo. Como un vestido
gastado la creación se deteriorará y caerá hecha
pedazos, pero Cristo jamás cambiará. Él es «el
mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Los ángeles son seres
creados; Cristo es el Hijo eterno.
F. El versículo 13 cita al Salmo 110.1.
Este es el salmo clave en Hebreos, por cuanto el versículo 4
declara el sacerdocio de Cristo según el orden de Melquisedec.
Cristo está ahora sentado a la diestra de Dios, como Sacerdote
Rey. Pedro cita el mismo pasaje en Hechos 2.34. Los enemigos de Cristo
todavía no se han postrado ante Él, pero lo harán
uno de estos días.
El versículo 14 resume el lugar de los ángeles: son espíritus
ministradores, no hijos en el trono; y su trabajo es ministrarnos a
nosotros que somos herederos con Cristo en su maravillosa salvación.
Al repasar estas citas se puede ver la majestad y gloria del Hijo de
Dios. Como afirma el versículo 4, Cristo tiene un nombre más
excelente que los ángeles, porque por medio de su sufrimiento
y muerte adquirió una herencia mayor. En su carácter,
obra y ministerio, Cristo es supremo. Aun cuando hoy no se ve en la
tierra su glorioso reino, todavía sigue en el trono como Rey
y volverá un día para establecer justicia sobre esta tierra.
HEBREOS 2
Este capítulo continúa el argumento de que Cristo es superior
a los ángeles. El escritor interrumpe su argumento para dar una
exhortación, la primera de cinco que hay en el libro (véase
el bosquejo de Hebreos).
I. Una exhortación (2.1–4)
Puesto que la Palabra hablada por los ángeles fue firme, ¡ciertamente
la Palabra hablada por el Hijo de Dios también será firme!
Si en los días del AT Dios se enfrentó a quienes desobedecieron
su Palabra, ¡con toda certeza que también lo hará
en los postreros días con los que ignoran o rechazan su Palabra
dada por su Hijo!
El peligro aquí es a deslizarse por descuido: «No sea que
en algún momento dado nos deslicemos de ella» es la mejor
traducción del versículo 1. Nótese que el versículo
3 no dice: «¿Cómo escaparan los pecadores si rechazan»,
sino: «¿Cómo escaparemos nosotros [los creyentes],
si descuidamos». La deterioración espiritual empieza cuando
los cristianos empiezan a descuidar esta gran salvación. A partir
de las amonestaciones dadas en 10.19–25 parece que estos judíos
eran culpables de descuidar la oración y el compañerismo
con el pueblo de Dios. Nótese 1 Timoteo 4.14.
La palabra desobediencia literalmente significa «falta de disposición
para oír». Los santos que no quieren oír y prestar
atención a la Palabra de Dios son desobedientes y no escaparán
de la mano de castigo de Dios. Es más, Dios confirmó su
Palabra mediante «señales y prodigios y diversos milagros»
(v. 4, véase Hch 2.22, 43); esta Palabra no debe tratarse con
ligereza. En realidad, la palabra descuidar se traduce «sin hacer
caso» en Mateo 22.5.
II. Una explicación (2.5–18)
El argumento del escritor en el capítulo 1 de que Jesús
es mejor que los ángeles ha hecho surgir una nueva cuestión:
«¿Cómo puede Jesús ser mejor si tuvo un cuerpo
humano? ¿No son los ángeles mejores que Él puesto
que no tienen cuerpos humanos que los limiten?» Esta cuestión
se responde con una explicación del porqué Jesús
se hizo carne.
A. Para ser el postrer Adán (vv. 5–13).
En ninguna parte de la Biblia Dios promete a los ángeles que
regirán el mundo venidero. Dios le dio a Adán el gobierno
sobre la tierra (Gn 1.26, 27). El escritor cita el Salmo 8.4–6
en el cual se repite la bendición de Dios en Génesis.
Dios hizo al hombre un poco menor que los ángeles o, literalmente,
«por un poco de tiempo un poco menor que Dios». La sugerencia
parece ser que Adán y Eva estaban en un período de prueba.
No fueron creados para quedarse menos que Dios y si hubieran rechazado
el pecado, al final hubieran participado de la gloria de Dios de una
manera maravillosa. Satanás sabía que ellos serían
menos que Dios sólo «por un poco de tiempo», de modo
que se apresuró y les prometió la gloria antes de tiempo.
El pecado entró en la raza humana y le privó a Adán
de su dominio terrenal. Cesó de ser el rey y se convirtió
en esclavo. Por eso es que el versículo 8 dice: «Pero todavía
no vemos que todas las cosas le sean sujetas [al hombre]».
¿Qué vemos? «¡Vemos a Jesús!»
Él es el postrer Adán que por medio de su muerte y resurrección
deshizo toda la ruina que Adán causó cuando desobedeció
a Dios. Por un poco de tiempo Cristo fue menor que los ángeles,
incluso en la humillación del Calvario (Flp 2.1–12). Cristo
tenía que tener un cuerpo de carne para poder morir por los pecados
del mundo. Los hombres le coronaron con espinas en la tierra, pero ahora
ha sido coronado con gloria y honor; véase 2 Pedro 1.17. Hay
ahora una nueva familia en el mundo: Cristo está trayendo muchos
hijos a la gloria. Adán, por su pecado, hundió a sus descendientes
en el pecado y la muerte; Cristo ahora cambia a los hijos de Adán
en hijos de Dios. Él es el «pionero» (autor) de nuestra
salvación, el que abre el sendero para que podamos seguir. Somos
sus hermanos, porque somos de la misma familia, habiendo sido hechos
partícipes de su divina naturaleza y apartado para Dios a través
de su muerte (10.10). Aquí se cita el versículo 22 del
Salmo 22, aquel salmo del Calvario, hablando de la resurrección
de Cristo. También se cita a Isaías 8.17, 18.
Los dos hijos de Isaías eran señales para la nación:
Sear-jasub (Is 7.3) significa «un remanente volverá»;
y Maher-salal-hasbaz (Is 8.1) significa «el despojo se apresura».
En otras palabras, en días del profeta Isaías había
un remanente fiel que se salvó cuando la nación fue juzgada.
Estas personas eran «hijos de Isaías», por así
decirlo. De la misma manera Cristo tiene una familia de creyentes, un
remanente entre judíos y gentiles; ellos también serán
librados de la ira venidera.
B. Para derrotar al diablo (vv. 14–16).
La muerte y el temor fueron las consecuencias del pecado de Adán
(Gn 2.17; 3.10). El temor a la muerte ha sido una de las armas más
poderosas de Satanás, quien no tiene «el poder de la muerte»
en forma absoluta, puesto que, como vemos en el caso de Job, no pudo
hacer nada sin el permiso de Dios (Job 1–2). La palabra que se
traduce «imperio» en el versículo 14 quiere decir
«poder» o «fuerza» antes que «autoridad».
Satanás aplica su fuerza o poder sobre los pecadores y las tinieblas
(Lc 22.53), pero Cristo ha librado a sus santos del poder de las tinieblas
(Col 1.12, 13). Satanás se ha apropiado de este «imperio
de la muerte» para lograr controlar a las criaturas de Dios; pero
Cristo, a través de su muerte en la cruz, «destruyó»
ese poder y libró así a los que estaban en esclavitud
debido al temor de la muerte. Cristo necesitaba un cuerpo humano para
morir y así derrotar a Satanás. Véase también
1 Juan 3.8. En el versículo 16 el escritor deja en claro que
Cristo no tomó la naturaleza de los ángeles, sino más
bien la simiente de Abraham. En otras palabras, Cristo no se hizo un
ángel; se hizo hombre, un judío. No murió por los
ángeles; murió por los seres humanos. Los ángeles
caídos nunca pueden ser salvos; ¡pero los seres humanos
caídos sí pueden ser salvados!
C. Para llegar a ser un compasivo sacerdote (vv. 17–18).
Esta es la tercera razón por la cual Cristo tomó cuerpo
humano. Dios sabía que sus hijos necesitarían un sacerdote
compasivo que les ayudara en sus debilidades. Permitió que su
Hijo sufriera; y a través de este sufrimiento Él le equipó
para su ministerio sacerdotal (v. 10). La persona de Cristo no necesita
perfeccionamiento, puesto que Él es Dios; pero como el Dios-Hombre
soportó el sufrimiento a fin de estar preparado para suplir nuestras
necesidades. Fue hecho carne en Belén (Jn 1.14); fue «en
todo semejante a sus hermanos» durante su vida terrenal; y fue
«hecho pecado» en la cruz (2 Co 5.21). Ahora es un sumo
Sacerdote misericordioso y fiel; ¡podemos depender de Él!
Es poderoso para socorrernos cuando acudimos a Él buscando ayuda.
La palabra socorrer quiere decir «correr cuando se es llamado»
y la usaban los médicos. ¡Cristo corre en nuestra ayuda
cuando se la pedimos!
Esta sección completa el argumento respecto a la superioridad
de Cristo sobre los ángeles. El escritor ha mostrado que Cristo
es superior en su persona y obra y en el nombre que el Padre le ha dado
«sobre todo nombre». La conclusión es clara: puesto
que Cristo es superior, debemos prestar atención a su Palabra
y obedecerla. Debemos tener cuidado de no deslizarnos debido al descuido.
HEBREOS 3
Pasamos ahora al tercer argumento sobre la superioridad de Cristo: Él
es mejor que Moisés. Por supuesto que Moisés era el gran
héroe de la nación judía y para Pablo probar la
superioridad de Cristo sobre Moisés equivalía a probar
la superioridad de la fe cristiana sobre el judaísmo. ¿Cómo
podían estas personas regresar al judaísmo cuando lo que
Cristo ofrecía era mucho mejor que lo que Moisés podía
ofrecer?
I. Cristo es mayor en su oficio (3.1,2)
Moisés fue principalmente un profeta (Dt 18.15–19; Hch
3.22), aun cuando ejerció las funciones de sacerdote (Sal 99.6)
y hasta las de rey (Dt 33.4–7). Sin embargo, Moisés fue
llamado por Dios, en tanto que Cristo fue enviado por Dios. Cristo es
el «Apóstol» o «el Enviado» (véanse
Jn 3.17; 5.36–38; 6.57; 17.3, 8, 21, 23, 25). Cristo es también
el sumo Sacerdote, oficio que Moisés jamás ocupó.
Todavía más, el ministerio de Cristo tiene que ver con
el «llamamiento celestial» y no sólo con el terrenal
de Israel. Moisés ministró a un pueblo terrenal cuyo llamamiento
y promesas eran fundamentalmente terrenales; Cristo es el Apóstol
y sumo Sacerdote de un pueblo celestial que son extranjeros y peregrinos
en esta tierra. Podemos también añadir que Moisés
fue un profeta de la ley, mientras que Cristo es el Apóstol de
la gracia (Jn 1.17). Moisés pecó, en tanto que Cristo
vivió una vida sin pecado. No sorprende que en el versículo
1 se nos pida «considerar» u «observar atentamente»
a Jesucristo.
II. Cristo es mayor en su ministerio (3.3–6)
Dios afirma que Moisés fue fiel (Nm 12.7) igual que Cristo (Heb
3.2), pero sus ministerios son divergentes a partir de ese punto. Moisés
fue un siervo; Cristo es el Hijo. Moisés sirvió en la
casa, en tanto que Cristo es el Señor sobre la casa. «La
casa» quiere decir, por supuesto, la familia de Dios y no el templo
ni el tabernáculo. Moisés fue un siervo en Israel, la
familia de Dios en el AT; Cristo es el Hijo sobre la familia de Dios
que hoy es la Iglesia (Heb 3.6; 10.21; también 1 P 2.5; 4.17;
Ef 2.19). Véase un ejemplo del uso de la palabra «casa»
para indicar al «pueblo» en 2 Samuel 7.11, donde Dios promete
«hacerle casa a David», o sea, establecer su familia y su
trono para siempre.
Aun cuando Israel era la familia terrenal de Dios y la Iglesia es su
familia celestial, tenemos que tener presente que la familia de Dios
siempre se caracteriza por la fe. Las personas de los tiempos del AT
eran salvas por fe como lo es la gente de hoy. Es esta continuidad de
fe la que vincula al pueblo de Dios bajo ambos pactos. Por esto es que
Gálatas 3.7 llama «hijos de Abraham» a los creyentes,
porque es el «padre de los que creen».
Hay todavía otros dos asuntos más en este contraste entre
Moisés y Cristo:
A. Moisés fue un siervo en tanto que Cristo fue el Hijo.
Esta declaración sugiere que el ministerio del AT fue de esclavitud
y servidumbre, en tanto que el ministerio de Cristo bajo el nuevo pacto
es de libertad y gozo. La ley del AT se le llama «yugo de esclavitud»
(Gl 2.4; 5.1; véase Hch 15.10). Los benditos privilegios de la
calidad de hijos que disfrutamos en la familia de Dios por la fe no
se conocieron bajo el antiguo pacto.
B. Moisés ministró usando símbolos, en tanto que
Cristo es el cumplimiento de estas cosas.
Véase 3.5: «Para testimonio de lo que se iba a decir».
En Cristo tenemos brillando la verdadera luz; en Moisés estamos
en las sombras. ¡Que los lectores regresaran al judaísmo
significaba dejar el cumplimiento a cambio de los tipos y las sombras!
III. Cristo es mayor que el reposo que da (3.7–19)
La palabra «reposo» se usa doce veces en el capítulo
4, pero no siempre tiene el mismo significado. Estudiaremos esta palabra
en detalle en el próximo capítulo, pero en este punto
debemos introducir las ideas básicas. El escritor usa a la nación
de Israel como una ilustración de la verdad espiritual (véase
también 1 Co 10.1–13). Los judíos estaban en esclavitud
en Egipto, así como los pecadores están bajo esclavitud
en el mundo. Dios redimió a Israel por la sangre de los corderos,
así como Él nos redime mediante la sangre de Cristo. Dios
prometió a los judíos una tierra de bendición y
Él ha prometido a los suyos una vida de bendición, una
herencia espiritual en Cristo. Pero esta bendición podría
venir sólo a quienes se separan del mundo y siguen a Dios por
fe. De modo que Dios sacó a Israel a través del Mar Rojo
(separación de Egipto, del mundo) y los condujo a los límites
de Canaán. Deuteronomio 1.2 nos informa que era una jornada de
once días. Pero en este momento Israel se rebeló en incredulidad
y rehusó creer a Dios (Nm 14). Debido a esto Dios juzgó
a la congregación entera, exceptuando a Josué y Caleb,
quienes confiaron en Dios y se opusieron al voto del pueblo. Los judíos
tuvieron que vagar por cuarenta años en el desierto, un año
por cada día que los espías estuvieron en la tierra. La
nación no entró en el reposo prometido (Dt 12.9; véase
Jos 1.13–15).
Es aquí donde el escritor advierte a sus lectores. Habían
sido redimidos por la sangre de Cristo y libertados del mundo. Ahora,
como Israel, se veían tentados a regresar. Hacerlo quería
decir no entrar en la vida de plenitud y bendición que Dios les
había prometido. Hay en los capítulos 3 y 4 diferentes
reposos los cuales se relacionan al plan de Dios: (1) el de la salvación
(4.3, 10); (2) el de victoria en medio de las pruebas, simbolizado por
la tierra prometida de Canaán (4.11); (3) el futuro y eterno,
el reposo celestial (4.9). Estudiaremos estas distinciones en detalle
en el próximo capítulo. La exhortación aquí
es a que el pueblo de Dios confíe en Él a pesar de las
dificultades, así como lo hicieron Josué y Caleb y avancen
al reposo prometido. Por favor, tenga presente que Canaán no
es un cuadro del cielo; es un símbolo de la vida de bendiciones
y batallas, progreso y victoria, que tenemos en Cristo conforme nos
rendimos a Él y confiamos en Él. Es ese reposo presente
que tenemos incluso en medio de las tribulaciones y pruebas. Ese reposo
no podían darlo ni Moisés ni Josué.
El escritor cita el Salmo 95 y recuerda a los lectores respecto a la
dureza de corazón de Israel. Tal vez quiera leer Éxodo
17 para ver cómo provocó Israel a Dios y lo probó
cuando las cosas se pusieron difíciles. ¡Los creyentes
de hoy hacen lo mismo cuando vienen las tribulaciones y las pruebas!
Y aquí tenemos el tema básico de Hebreos: Avancemos a
la madurez, venciendo al enemigo y reclamando nuestra herencia en Cristo.
Crucemos el Jordán (muramos a la vida vieja, Ro 6) y pidamos
la presente herencia que Dios nos ha preparado (Ef 2.10).
¿Puede aplicarse a los creyentes la advertencia del versículo
12? ¡Ciertamente! La incredulidad es un pecado que acosa a los
cristianos y esta incredulidad procede de un corazón malo que
descuida la Palabra. Una cosa es confiar en Dios para la salvación
y otra muy diferente someterle nuestras voluntades y vidas para dirección
y servicio diarios. Muchos cristianos están aún «deambulando
en el desierto» de la derrota y de la incredulidad; han sido sacados
de Egipto, pero nunca han llegado a Canaán para reclamar su herencia
en Cristo. Los judíos fueron comprados por la sangre y cubiertos
por la nube, sin embargo, ¡la mayoría murió en el
desierto! ¿Es esto cuestión de «perder la salvación»?
¡Por supuesto que no! Es asunto de perder la vida de victoria
y de bendición debido a una falta de confianza en Dios. ¿Y
qué causa este corazón malo de incredulidad?: (1) No oír
la voz de Dios, (vv. 7, 15); y (2) dejarnos engañar por el pecado
(v. 13).
¡Cuán importante es oír la Palabra de Dios! Si erramos
aquí, empezaremos a alejarnos de la Palabra (2.1–4) y entonces
dudaremos de ella (3.18, 19). Rehusamos las exhortaciones de los que
quieren ayudarnos (3.13) y avanzamos a la obstinada desobediencia hasta
que llegamos a cauterizarnos en contra de la Palabra (5.11–6.20).
El pecado en la vida del creyente es engañoso. Empieza como algo
pequeño, pero crece gradualmente. Dudar de Dios en algo puede
conducir a un corazón malo de incredulidad. Los que persisten
en avanzar y retienen su confianza demuestran que son verdaderamente
salvos (3.6, 14) y al hacerlo así evitan el castigo de Dios,
y posiblemente (como con Israel) el juicio en esta vida. ¡La incredulidad
es algo serio!
HEBREOS 4
Este capítulo continúa el tema que empezó en 3.11:
el reposo. La palabra «reposo» se usa en esta sección
en cinco sentidos diferentes: (1) el reposo de Dios en el día
de descanso, según Génesis 2.2 y Hebreos 4.4, 10; (2)
Canaán, el reposo para Israel después de vagar por cuarenta
años (3.11, etc.); (3) el reposo en Cristo del presente de salvación
del creyente (4.3, 10); (4) el reposo del presente de victoria del vencedor
(4.11); y (5) el reposo en el cielo del futuro eterno (4.9). El reposo
del día de descanso de Dios es un tipo de nuestro presente reposo
de salvación, siguiendo la obra que Cristo concluyó en
la cruz. Es también un cuadro del «reposo eterno»
de gloria. El reposo de Israel en Canaán es similar a la vida
de victoria y bendición que obtenemos al andar por fe y reclamar
nuestra herencia en Cristo. Hay en este capítulo cuatro exhortaciones
relacionadas a la vida de reposo.
I. Temamos, pues (4.1–8)
Dios prometió descanso al pueblo de Israel, pero no entraron
a ese reposo debido a la desobediencia que surgió de la incredulidad.
Dios ha prometido un reposo para los suyos hoy: paz en medio de la prueba,
victoria a pesar de los problemas al parecer imposibles. A esta «vida
de reposo» en nuestra Canaán espiritual se la llama «vamos
adelante a la perfección» en 6.1; «plena certeza
de la esperanza» en 6.11; y «heredan las promesas»
en 6.12. Téngase presente que los lectores de Hebreos atravesaban
un tiempo de prueba (10.32–39; 12.3–14; 13.13) y estaban
tentados, como el antiguo Israel, a «regresar» a la vida
vieja. Dios les había prometido el descanso de la victoria, sin
embargo, estaban en peligro de no alcanzarlo. Dios les había
dado la Palabra, pero «no les aprovechó» (4.2) ni
la aplicaron a sus vidas. De nuevo vemos la importancia de la Palabra
de Dios en la vida del creyente.
El argumento del escritor es como sigue: Dios ha prometido un reposo
a su pueblo (v. 1), pero Israel no entró en ese reposo (4.6).
Su promesa todavía sigue firme, porque Josué (v. 8) no
les dio este reposo espiritual, aunque les condujo al reposo nacional
(véase Jos 23.1). De otra manera David nunca hubiera hablado
respecto a ese reposo siglos más tarde en el Salmo 95. Conclusión:
«Queda un reposo para el pueblo de Dios» (v. 9). El escritor
relaciona ese reposo al de Dios (vv. 4, 10); o sea, es uno de satisfacción,
no el que se tiene después de quedar exhausto. Dios no estaba
cansado después de crear el universo; el «reposo»
de Génesis 2.2 habla de concluir la tarea y de satisfacción.
Es un «reposo del alma». Este es el «reposo de fe»
que Jesús promete en Mateo 11.28–30. Este es la salvación
y es un don que recibimos por fe. El reposo de 11.30 es lo que hallamos
día tras día conforme tomamos su yugo y nos sometemos
a Él. «Temamos, pues», (v. 1) es la advertencia de
Dios, porque muchos de sus hijos no entraron en esta vida de reposo
y victoria.
II. Procuremos obrar (4.9–12)
«Procurar» aquí significa «poner diligencia»:
esforcémonos con diligencia en entrar a este reposo. «Poner
diligencia» es exactamente lo opuesto a «deslizarse»
(2.1–3). Nadie jamás maduró en la vida cristiana
siendo descuidado u holgazán. Lea cuidadosamente 2 Pedro 1.4–12
y 3.11–18, donde Pedro exhorta tres veces a los creyentes a ser
diligentes. Si no somos diligentes, repetiremos el fracaso de Israel
y no entraremos en el reposo prometido y en la herencia. (Nótese
de nuevo, esto no es salvación, sino victoria en la vida cristiana.)
¿Cuál es el secreto de entrar en ese reposo? La Palabra
de Dios. Hebreos 4.12 es la respuesta a cada condición espiritual;
si permitimos que la Palabra de Dios nos juzgue y revele nuestros corazones,
no fracasaremos en cuanto a entrar en la bendición. Israel se
rebeló contra la Palabra y no quería «oír
su voz» (Sal 95); por consiguiente, vagaron en derrota cuarenta
años. La Palabra de Dios es una espada (véanse Ap 1.16;
2.12–16; 19.13; Ef 6.17). Penetra en el corazón (véanse
Hch 5.33; 7.54, donde Israel rehúsa de nuevo someterse a la Palabra).
Demasiados creyentes no escuchan ni prestan atención a la Palabra
de Dios y así se privan de la bendición. Madurar espiritualmente
requiere diligencia y por eso el creyente necesita aplicar con fidelidad
la Palabra de Dios.
III. Retengamos nuestra profesión (4.14)
El versículo 14 no dice: «Retengamos nuestra salvación».
La palabra «profesión» aquí es realmente «confesión,
decir lo mismo» (3.1; 10.23; 11.13). La «confesión»
se relaciona con el testimonio del creyente de su fe en Cristo y su
fidelidad para vivir por Cristo y obtener la bendición prometida.
Léase 10.34, 35. Los judíos que vagaron en el desierto
perdieron su confesión incluso cuando todavía estaban
bajo la nube y redimidos de Egipto. ¡Qué pobre testimonio
fueron del poder de Dios! Él los sacó, pero no confiaron
en que Él les haría entrar. Su incredulidad les privó
de la bendición de Dios.
Esto explica por qué a estos lectores judíos se les recuerda
los «gigantes de la fe» que se mencionan en el capítulo
11. Todos enfrentaron dificultades y pruebas, sin embargo, vencieron
y mantuvieron una buena confesión. Hebreos 11.13 afirma que estas
personas «confesaron» (la misma palabra que se usa en 4.14)
que eran «extranjeros y peregrinos sobre la tierra». Antes
de que Enoc fuera llevado al cielo tuvo un buen testimonio (11.5). Al
final del capítulo, el escritor resume todo diciendo: «y
todos éstos, aunque alcanzaron buen testimionio [testigo]»
(11.39). Donde hay fe, hay un buen testimonio (11.2); donde hay incredulidad,
no hay testimonio.
¿De dónde viene la fe? «Así que la fe es
por el oír, y el oír por la Palabra de Dios» (Ro
10.17). El Israel del AT no quiso oír la Palabra y por consiguiente
no tenía fe. «Si oyeres hoy su voz» es la advertencia
que se repite en 3.7, 15 y 4.7. Los cristianos que oyen y prestan atención
a la Palabra de Dios mantendrán una buena confesión y
no perderán su testimonio ante el mundo.
IV. Acerquémonos al trono de la gracia (4.15,16)
Estos versículos prueban que el creyente no pierde su salvación.
Tenemos un sumo Sacerdote que conoce nuestras tentaciones y debilidades,
que soportó las pruebas que nosotros debemos soportar. Cuando
vienen los tiempos de prueba necesitamos acudir al trono de la gracia
por el auxilio que solamente Cristo puede dar. El escritor explicará
más el tema en capítulos posteriores, pero pone esta exhortación
aquí no sea que sus lectores se desanimen y digan: «¡Es
imposible que sigamos adelante! Simplemente no contamos con lo que se
necesita!» ¡Por supuesto que no lo tenemos! ¡Ningún
creyente tiene fuerza suficiente para cruzar el Jordán y conquistar
al enemigo! Pero tenemos un gran sumo Sacerdote que tiene misericordia
y «gracia para ayudar en el momento preciso». (Este es el
significado literal del versículo 16.)
¿Por qué el escritor se refiere al «trono»
en este punto? La referencia es a Éxodo 25.17–22, el propiciatorio
de oro. El arca del pacto era un cofre de madera recubierto de oro.
Encima del arca Moisés puso un «propiciatorio» con
un querubín en cada extremo. Este propiciatorio era el trono
de Dios, donde se sentaba en gloria y gobernaba a la nación de
Israel. Pero el propiciatorio del AT no era un trono de gracia, puesto
que la nación estaba bajo un yugo de esclavitud legal. «La
ley por medio de Moisés fue dada, mas la gracia y la verdad vinieron
por medio de Jesucristo» (Jn 1.17). Cristo es nuestro Propiciatorio
(«propiciación» en 1 Jn 2.2). Cuando venimos a Él,
lo hacemos a un trono de gracia, no a uno de juicio; y Él nos
recibe, habla y fortalece.
Lea de nuevo este capítulo y verá que no es una advertencia
a que no perdamos nuestra salvación. Antes bien nos anima a vivir
en la Palabra y en la oración, y a permitir que Cristo nos lleve
a la Canaán espiritual donde hallaremos reposo y bendición.
El progreso espiritual es el resultado de la disciplina espiritual.
HEBREOS 5
En los primeros dos capítulos el escritor ha mostrado que Cristo
es mayor que los profetas y los ángeles; en los capítulos
3–4 ha mostrado que Cristo es inclusive más grande que
Moisés. Ahora apunta hacia Aarón, el primer sumo sacerdote
de Israel, y demuestra que Cristo es un sacerdote mayor que Aarón.
Si los lectores iban a abandonar a Cristo para irse al judaísmo,
estarían cambiando un sumo Sacerdote mayor por uno menor. El
escritor muestra que Cristo es superior a Aarón por lo menos
de tres maneras:
I. La ordenación de Cristo fue mayor (5.1,4–6)
Aarón fue tomado de entre los hombres y elevado a la posición
de sumo sacerdote. Pasó este honor a su hijo mayor y así
sucesivamente. Aarón pertenecía a la tribu de Leví;
esta fue separada para ser la tribu sacerdotal para la nación
de Israel.
Pero la ordenación de Cristo fue mayor. Por un lado, Él
no es sólo un hombre; Él es Dios en carne, el Hijo de
Dios y el Hijo del Hombre. No se apropió egoístamente
de este honor del sacerdocio. Los hijos de Coré trataron de hacerlo
(Nm 16) y murieron por su pecado. No, Dios mismo ordenó a su
Hijo. Aquí el escritor cita el Salmo 110.4, en el cual el Padre
ordena al Hijo al ministerio sacerdotal eterno. En el versículo
5 vincula este versículo con la cita del Salmo 2.7, porque el
ministerio sacerdotal de Cristo se relaciona a su resurrección
y es esta lo que encontramos en el Salmo 2.7 (Hch 13.33).
El sacerdocio de Melquisedec es el principal tema de Hebreos 7–10,
de modo que no necesitamos entrar en detalles ahora. Quizás desee
leer el trasfondo en Génesis 14.17–20. El argumento entero
de Hebreos 7–10 es que Cristo es un sumo Sacerdote mayor porque
su sacerdocio es de un orden mayor: pertenece a Melquisedec, no a Aarón.
El nombre «Melquisedec» significa «rey de justicia»;
fue también sacerdote en Salem, que quiere decir «paz».
Aarón nunca fue un sacerdote rey; pero Jesús es tanto
Sacerdote como Rey. ¡Es un Sacerdote sentado en un trono! Y su
ministerio es de paz, el «reposo» del cual se habló
en los capítulos 3–4.
Cristo vino de Judá, la tribu de la realeza, y no de Leví,
la tribu sacerdotal. Melquisedec aparece de súbito en Génesis
14 y luego desaparece de la historia; no se menciona ni su principio
ni su fin. De este modo se lo compara con la condición eterna
de Cristo al ser Hijo, porque Él también es «sin
principio ni fin». Aarón murió y tuvo que ser reemplazado;
Cristo nunca morirá: Su sacerdocio es para siempre. Aarón
fue sacerdote de una familia terrenal, en tanto que Cristo es Sacerdote
de un pueblo celestial.
II. Cristo tiene mayor simpatía (5.2,3,7,8)
El sumo sacerdote no solamente debe ser escogido por Dios; también
debe tener simpatía en el pueblo y ser capaz de ayudarlos. Por
supuesto, Aarón mismo era un simple hombre y conocía personalmente
las debilidades de su pueblo. Es más, tenía que ofrecer
sacrificios por sí mismo y su familia.
Pero Cristo es más capaz de entrar en las necesidades y problemas
del pueblo de Dios. En los versículos 7–8 se nos menciona
de la «preparación» que Cristo recibió al
soportar el sufrimiento mientras estaba aquí en la tierra. Téngase
presente que al igual que Dios, Cristo no necesita nada; pero como el
Hombre que un día sería sumo Sacerdote, le fue necesario
experimentar las pruebas y el sufrimiento, tema que se trató
en 2.10–11. Los judíos menospreciaban a Cristo y cuestionaban
su divinidad por el sufrimiento que soportó. Estos sufrimientos,
sin embargo, eran la misma característica de su deidad. Dios
estaba preparando a su Hijo para que fuera el sumo Sacerdote lleno de
compasión por su pueblo. El versículo 7 se refiere a sus
oraciones en el Getsemaní (Mt 26.36–46). Nótese
que Cristo no oró que se le librara «de la muerte»,
sino de que la muerte no lo «retuviera». No oró que
el Padre le rescatara evitándole la cruz, sino que lo levantara
de la tumba. Y esta oración fue contestada. Sin duda Cristo estuvo
dispuesto y listo para enfrentar la cruz y para beber la copa que Dios
había dispuesto para Él (Jn 12.23–34).
Alguien tal vez pregunte: «Pero, ¿puede el Hijo de Dios
realmente conocer nuestras pruebas mejor que cualquier hombre, como
por ejemplo Aarón?» ¡Sí! Para empezar, Cristo
fue perfecto y experimentó totalmente cada prueba. Fue probado
hasta lo sumo, probando cada tentación que el hombre y Satanás
podrían ofrecer. Esto significa que Él fue más
allá de lo que cualquier hombre mortal podría soportar,
puesto que la mayoría de nosotros nos damos por vencidos antes
de que la prueba se ponga realmente difícil. Un puente que ha
resistido cincuenta toneladas de peso ha experimentado más prueba
que uno que ha soportado sólo dos toneladas.
III. Cristo ofreció un mayor sacrificio (5.3,9–14)
El principal ministerio de Aarón fue ofrecer sacrificios por
la nación, especialmente en el Día de Expiación
(Lv 16). Los sacerdotes y levitas ministraban durante el año,
pero todo el mundo miraba al sumo sacerdote en el Día de Expiación,
porque solamente él podía entrar en el Lugar Santísimo
con la sangre. Antes que todo, sin embargo, tenía que ofrecer
sacrificios por sí mismo.
¡Pero no fue así con Jesús! Siendo el Cordero de
Dios, sin mancha ni defecto, no necesitaba sacrificios por el pecado.
Y el sacrificio que ofreció por el pueblo no fue de animal, sino
de sí mismo. Todavía más, no tenía que repetir
este sacrificio; no necesitaba ofrecerse a sí mismo nada más
que una sola vez para que el asunto quedara resuelto. ¡Cuánto
más grande que Aarón y sus sucesores! Cristo es el «autor
de eterna salvación» (v. 9); Aarón nunca podía
serlo. La sangre de los toros y machos cabríos solamente cubría
los pecados; la sangre de Cristo quitó para siempre el pecado.
El escritor quiere ahora entrar en un estudio más profundo del
sacerdocio celestial de Cristo, pero se encontró en dificultades.
El problema no fue que era un predicador ni escritor inepto, sino que
tenía oyentes «tardos para oír». Quería
pasar de la leche (las cosas básicas de la vida cristiana, mencionadas
en 6.1–2) a la carne (el sacerdocio celestial de Cristo); pero
no podía hacerlo si sus lectores no se despertaban y crecían.
Cuántos cristianos hay que viven de leche: reconocen el ABC del
evangelio y de la misión de Cristo en la tierra, pero no obtienen
carne como alimentación, las cosas que Cristo está haciendo
ahora en el cielo. Conocen a Cristo como Salvador, pero no comprenden
lo que Él puede hacer por ellos como sumo Sacerdote.
Estas personas habían sido salvas ya hacía suficiente
tiempo como para que enseñaran a otros, sin embargo, habían
caído en una «infancia espiritual». Alguien tenía
que enseñarles de nuevo las cosas que habían olvidado.
Eran «inexpertos» en la Palabra (v. 13). Vemos de nuevo
el papel vital de la Palabra de Dios. Nuestra relación a la Palabra
de Dios determina nuestra madurez espiritual. Estas personas se había
alejado de la Palabra (2.1, 3), dudado de la misma (caps. 3–4)
y sus oídos se habían embotado respecto a ella. No habían
mezclado la Palabra con la fe (4.2) ni la habían practicado en
sus vidas diarias (5.14). No tenían los sentidos espirituales
ejercitados (5.14) y por consiguiente estaban tornándose insensibles
e incapaces en sus vidas espirituales. En lugar de avanzar (6.1), estaban
retrocediendo.
Crecer en la gracia depende de crecer en conocimiento (2 P 3.18). Mientras
más sepamos respecto a nosotros mismos y a Cristo, mejor avanzaremos
espiritualmente. ¿Dónde está usted en su crecimiento
espiritual? ¿Es un bebé, todavía viviendo de la
leche, deambulando sin rumbo en un desierto de incredulidad? ¿O
está madurando, alimentándose de la carne de la Palabra
y haciendo de ella un hábito el practicarla.
HEBREOS 6
Ningún capítulo en la Biblia ha perturbado a más
personas que Hebreos 6. Es desafortunado que hasta creyentes sinceros
hayan «caído» respecto a la doctrina de «caer
de nuevo». Los eruditos han ofrecido varias interpretaciones de
este pasaje: (1) describe el pecado de la apostasía; lo que quiere
decir que los cristianos pueden perder su salvación; (2) se refiere
a personas que fueron «casi salvas», pero que nunca llegaron
a confiar en Cristo; (3) describe un posible pecado solamente para los
judíos que vivían mientras el templo judío existía;
(4) presenta un «caso hipotético» o ilustración
que nunca podría ocurrir en realidad. A pesar de que son los
puntos de vista de otros, debo rechazar todas las ideas que acabo de
mencionar. Me parece que Hebreos 6 (tanto como el resto del libro) fue
escrito para creyentes, pero este capítulo no describe un pecado
que provoca que el creyente «pierda su salvación».
Si mantenemos presente el contexto total del libro y si ponemos atención
cuidadosa a las palabras que se usan, descubriremos que las lecciones
principales del capítulo son de arrepentimiento y seguridad.
I. Una apelación (6.1–3)
El escritor ha regañado severamente a sus lectores debido a su
ineptitud espiritual (5.11–14); ahora les insta a avanzar hacia
la madurez («perfección»). Esto, por supuesto, es
el tema principal del libro. La palabra «perfección»
(madurez) es la misma que se usa en la parábola del sembrador,
en Lucas 8.14 («no llevan fruto»). Esta imagen se une más
tarde, en Hebreos 6.7–8, con la ilustración del campo.
La apelación «vamos adelante» significa literalmente:
«Seamos llevados hacia adelante». Es la misma palabra que
se traduce «sustenta» en 1.3. En otras palabras, el escritor
no habla de un esfuerzo propio, sino que apela a que sus lectores se
sometan, se rindan, al poder de Dios, el mismo poder que sustenta el
universo entero. ¿Cómo podemos caer si Dios nos está
sustentando?
En lugar de avanzar, sin embargo, estos judíos creyentes estaban
tentados a colocar otra vez «un fundamento» que se describe
en los versículos 2–3. Los seis elementos de este fundamento
no se refieren a la fe cristiana, como tal, sino más bien a las
doctrinas básicas del judaísmo. Enfrentando los fuegos
de la persecución estos cristianos hebreos eran tentados a «apartarse
del camino» al olvidarse de su confesión de Cristo (4.14;
10.23). Ya se habían deslizado al retroceder a la «infancia»
(5.11–14); ahora eran proclives a retornar al judaísmo,
colocando así de nuevo el fundamento que había preparado
el camino para Cristo y la luz plena del cristianismo. Se habían
arrepentido de las obras muertas, refiriéndose a las obras bajo
la ley (9.14). Habían mostrado fe hacia Dios. Creían en
las doctrinas de los lavamientos (no bautismo, sino de los lavamientos
levíticos; véanse Mc 7.4, 5; Heb 9.10). La imposición
de manos se refiere al Día de Expiación (Lv 16.21); y
todo verdadero judío se aferraba a una resurrección y
juicio futuros (véase Hch 24.14, 15). Si no avanzaban estarían
retrocediendo, lo que significaba olvidar la sustancia del cristianismo
por las sombras del judaísmo.
II. Un argumento (6.4–8)
Nótese desde el principio que la cuestión aquí
es el arrepentimiento, no la salvación: «Porque es imposible[...]
sean otra vez renovado para arrepentimiento» (vv. 4, 6). Si este
pasaje se refiere a la salvación, enseña que un creyente
que «pierde la salvación» no puede recuperarla. Esto
quiere decir que la salvación depende parcialmente de nuestras
obras y, una vez que perdemos nuestra salvación, nunca podremos
recuperarla.
Pero el tema del capítulo es el arrepentimiento: la actitud del
creyente hacia la Palabra de Dios. Los versículos 4–5 describen
a los verdaderos cristianos (véase 10.32; así como 2.9,
14) y el versículo 9 indica que el escritor creía que
eran verdaderamente salvos. Aquí no tenemos gente «casi
salva», sino verdaderos creyentes.
Las dos palabras clave en el versículo 6 son «recayeron»
y «crucificando». La palabra griega que se traduce «recayeron»
no es apostasía, que es la raíz para la misma palabra
en español. La palabra griega es parapipto, que significa «caer
a un lado, virar, descarriarse». Es similar a la palabra que en
Gálatas 6.1 se traduce «falta». De modo que el versículo
6 describe a los creyentes que han experimentado las bendiciones espirituales
de Dios, pero que se han desviado o han cometido faltas debido a la
incredulidad. Habiendo hecho esto, se encuentran en peligro del castigo
divino (véase Heb 12.5–13) y de llegar a ser «eliminados»
(1 Co 9.24–27), lo que resulta en la pérdida de la recompensa
y la desaprobación divina, pero no en la pérdida de la
salvación. La frase «crucificando al Hijo de Dios»,
(v. 6) significa «mientras están crucificando». En
otras palabras, Hebreos 6.4–6 no enseña que los santos
que pecan no pueden ser traídos al arrepentimiento, sino que
no pueden ser traídos al arrepentimiento mientras continúen
en el pecado y sigan poniendo en vergüenza a Cristo. Los creyentes
que siguen pecando demuestran que no se han arrepentido; Sansón
y Saúl son ejemplos al respecto. Hebreos 12.14–17 cita
el caso de Esaú igualmente.
La ilustración del campo en los versículos 7–8 relaciona
esta verdad a la figura del fuego divino de la prueba; la verdad que
aparece tanto en 1 Corintios 3.10–15 como en Hebreos 12.28–29.
Es que Dios nos salvó para que llevemos fruto; nuestras vidas
un día serán probadas; lo que hacemos y no recibe aprobación
será quemado. Nótese que no es el campo lo que se quema,
sino el fruto. El creyente es salvo «más así como
por fuego» (1 Co 3.15). Así, el mensaje total de este difícil
pasaje es: Los cristianos pueden retroceder en sus vidas espirituales
y traer vergüenza a Cristo. Mientras vivan en el pecado, no pueden
ser traídos al arrepentimiento y están en peligro de recibir
el castigo divino. Si persisten, sus vidas no llevarán fruto
duradero y «sufrirán pérdida» ante el tribunal
de Cristo. Y, para que no usemos la «gracia» como excusa
para el pecado, Hebreos 10.30 nos recuerda a los creyentes: «El
Señor juzgará a su pueblo».
III. Una seguridad (6.9–20)
El escritor concluye con un pasaje tan sólido sobre la seguridad
eterna como cualquier otro que hallamos en otras partes de las Escrituras.
Indica, antes que todo, la propia vida de ellos (vv. 10–12) y
les recuerda que habían dado evidencias de ser verdaderos cristianos.
En estos versículos hallamos descritos la fe, la esperanza y
el amor, y estas tres características pertenecen a los verdaderos
creyentes (1 Ts 1.3; Ro 5.1–5). Pero les advierte en el versículo
12 a no ser «perezosos» (la misma palabra que en 5.11).
Dios ha dado sus promesas; para recibir la bendición solamente
necesitan ejercer fe y paciencia.
Luego usa a Abraham como una ilustración de la fe paciente. Es
cierto que Abraham pecó, ¡incluso repitió el mismo
pecado dos veces! Sin embargo, Dios mantuvo las promesas que le hizo.
Al fin y al cabo para que los pactos de Dios sean ciertos no dependen
de la fe de los santos; dependen sólo de la fidelidad de Dios,
quien verificó la promesa de Génesis 22.16–17 al
jurar por sí mismo: ¡y eso lo afirmó! Abraham no
recibió la bendición prometida debido a su bondad u obediencia,
sino debido a la fidelidad de Dios. Además experimentó
muchas pruebas y tribulaciones (así como lo sufrían los
lectores originales de Hebreos), pero Dios le sacó adelante.
En el versículo 17 el escritor dice que Dios hizo todo esto por
Abraham para que los «herederos» pudieran conocer la confiabilidad
del consejo y de la promesa de Dios. ¿Quiénes son esos
herederos? De acuerdo al versículo 18 todos los verdaderos creyentes
son herederos, porque somos los hijos de Abraham por fe (véase
Gl 3). Así, hay «dos cosas inmutables» que nos dan
seguridad: las promesas (porque Dios no puede mentir) y el juramento
(porque Dios no puede cambiar). La inmutable Palabra y la inmutable
Persona de Dios es todo lo que necesitamos para estar seguros de que
somos salvos y guardados por la eternidad. Tenemos una «esperanza»
que es el ancla del alma y es Cristo mismo (7.19, 20; 1 Ti 1.1). ¿Cómo
podemos «deslizarnos» espiritualmente (2.1–3) cuando
en Cristo estamos anclados al mismo cielo? Tenemos un ancla firme y
segura; y tenemos un «precursor» (Cristo) que nos ha abierto
el camino y vigilará que un día nos unamos a Él
en gloria. En lugar de asustar a los santos llevándoles a pensar
que están perdidos, este maravilloso capítulo es una advertencia
en contra de la incredulidad y del corazón no arrepentido y también
nos asegura que estamos anclados en la eternidad.
HEBREOS 7
Este capítulo nos introduce a la segunda sección principal
de Hebreos (véase el bosquejo). En ella el propósito del
escritor es mostrar que el sacerdocio de Cristo es mejor que el de Aarón
(cuyos sucesores ministraban en ese tiempo en la tierra, 8.4), porque
su sacerdocio es de un orden superior (cap. 7). Es ministrado bajo un
pacto superior (cap. 8), en un santuario superior (cap. 9), debido a
un sacrificio superior (cap. 10).
La figura clave en el capítulo 7 es ese misterioso rey sacerdote,
Melquisedec, quien aparece dos veces en todo el AT (Gn 14.17–20;
Sal 110.4). El escritor presenta tres argumentos significativos para
demostrar la superioridad de Melquisedec sobre Aarón.
I. El argumento histórico: Melquisedec y Abraham (7.1–10)
Primero, el escritor identifica a Melquisedec como un tipo de Cristo
(vv. 3, 15). Era a la vez rey y sacerdote, y también lo es Jesús.
Ningún sacerdote de la línea de Aarón se sentó
jamás en un trono. Es más, los sacerdotes aarónicos
nunca se sentaban (hablando espiritualmente), porque su trabajo nunca
se acababa. No había sillas ni en el tabernáculo ni en
el templo. Véase Hebreos 10.11–14. Todavía más,
Melquisedec fue rey de Salem, que significa «paz»; y Jesús
es nuestro Rey de Paz, nuestro Príncipe de Paz. El nombre «Melquisedec»
significa «rey de justicia», nombre que ciertamente se aplica
a Cristo, el Rey Justo de Dios. Así, en su nombre y en sus oficios,
Melquisedec es una hermosa semejanza de Cristo.
Pero Melquisedec también se asemeja a Cristo en su origen. La
Biblia no contiene ningún registro de su nacimiento o muerte.
Por supuesto, esto no significa que Melquisedec no tuvo padres o que
nunca murió. Simplemente significa que el registro del AT guarda
silencio respecto a estos asuntos. De este modo Melquisedec, como Cristo,
«no tiene principio de días, ni fin de vida»: Su
sacerdocio es eterno. Este no dependía de sucesores terrenales,
mientras que los sacerdotes aarónicos tenían que defender
su oficio mediante los registros familiares (véase Neh 7.64).
Todos los sumos sacerdotes que descendieron de Aarón murieron,
pero Cristo, como Melquisedec, mantiene su sacerdocio para siempre (vv.
8, 16, 24, 25).
Después de identificar a Cristo con el orden de Melquisedec,
el escritor ahora explica que Melquisedec es superior a Aarón,
porque Aarón, en los lomos de Abraham, dio sus diezmos a Melquisedec
aun sin haber nacido todavía. Y cuando Melquisedec bendijo a
Abraham, bendijo igualmente a la casa de Leví; y sin duda «el
menor es bendecido por el mayor» (v. 7). En la tierra, en el templo
judío, los sacerdotes recibían los diezmos; pero en Génesis
14 los sacerdotes (en los lomos de Abraham) dieron los diezmos a Melquisedec.
Este acontecimiento muestra con claridad la inferioridad del sacerdocio
aarónico.
II. El argumento doctrinal: Cristo y Aarón (7.11–25)
Después de establecer claramente los fundamentos históricos
de la superioridad de Melquisedec sobre Aarón, el escritor muestra
que Melquisedec es también superior desde un punto de vista doctrinal.
Aquí usa una cita del Salmo 110.4 como base para el argumento
y presenta tres hechos:
A. Melquisedec reemplazó a Aarón (vv. 11–19).
Cuando Dios le dijo a Cristo en el Salmo 110.4: «Tu eres sacerdote
para siempre, según el orden de Melquisedec», en realidad
ponían a un lado al sacerdocio levítico fundando en Aarón.
Es imposible que dos sacerdocios divinos operen lado a lado. El hecho
de que Dios estableciera un nuevo orden demuestra que el viejo orden
de Aarón era débil e ineficaz; también significa
que la ley bajo la cual estaba Aarón iba igualmente a ser echada
a un lado: «Pues nada perfeccionó la ley» (v. 19).
Por consiguiente, el sacerdocio no perfeccionó nada (v. 11) y
los sacrificios que estos hombres ofrecieron tampoco perfeccionaron
nada (10.1). Por supuesto, la palabra hebrea para perfecto significa
«tener una posición perfecta delante de Dios» y no
tiene nada que ver con ausencia de pecado. Aarón fue hecho sacerdote
por un mandamiento carnal, pero las funciones del sacerdocio de Cristo
es «según el poder de una vida indestructible» (v.
16) porque, a diferencia de Aarón, Cristo nunca morirá.
B. Aarón no fue ordenado por juramento (vv. 20–22).
Aun cuando Dios, en las elaboradas ceremonias que se describen en Éxodo
28–30, reconocía a Aarón y sus sucesores, no tenemos
ningún registro de juramento divino alguno que sellara ese sacerdocio.
A decir verdad, Dios no hubiera sellado con juramento su orden porque
sabía que su obra un día concluiría. Pero cuando
ordenó a Cristo para ser sacerdote lo confirmó con un
juramento inmutable.
C. Aarón y sus sucesores murieron, pero Cristo vive para siempre
(vv. 23–24).
La ley era santa y buena, pero estaba limitada por las fragilidades
de la carne. Aarón murió; y sus hijos y descendientes
también murieron. El sacerdocio era tan bueno como el hombre,
y el hombre no duraba para siempre. ¡Pero Cristo vive y no morirá
jamás! Tiene un sacerdocio inmutable porque vive por el poder
de una vida interminable. «Continúa para siempre»
de manera que intercede por el pueblo de Dios y salva (al pueblo de
Dios) «perpetuamente». Con frecuencia aplicamos el versículo
25 al perdido, pero su principal aplicación es al salvo, aquellos
por quienes Cristo intercede cada día. Sí, Él salva
«perpetuamente» y cualquier pecador puede ser perdonado.
Pero el punto aquí es que a quienes Él ha salvado están
salvos para siempre, ¡por la eternidad!
III. El argumento práctico: Cristo y el creyente (7.26–28)
«Porque tal sumo sacerdote nos convenía» (v. 26),
o sea, era apropiado para nosotros, se ajustaba a nuestras necesidades.
Ningún descendiente de Aarón podría encajar en
la descripción de Cristo dada en estos versículos. Estos
hombres no fueron «santo, inocente, sin mancha». Aarón
hizo un becerro de oro y guió a Israel a la idolatría.
Y los hijos de Elí fueron culpables de glotonería e inmoralidad
(1 S 2.12ss). Pero tenemos un sumo Sacerdote perfecto: Él es
más santo que ningún otro sacerdote en la tierra, porque
ministra en el tabernáculo del cielo en la misma presencia de
Dios.
Aarón y sus hijos tenían que ofrecer sacrificios diarios,
por sí mismos primero y luego por el pueblo. Cristo es sin pecado;
no necesita sacrificios. Y el solo sacrificio que ofreció resolvió
eternamente el problema del pecado. Todavía más, se ofreció
a sí mismo en sacrificio y no la sangre de toros ni de machos
cabríos.
Es fácil ver, entonces, que el orden de Melquisedec es superior
al de Aarón. La historia ha demostrado este punto porque Abraham
honró a Melquisedec por sobre Leví; se ha demostrado doctrinalmente
porque la afirmación del Salmo 110.4 así lo define: Dios
creó un nuevo orden de sacerdocio en la ley; y se ha demostrado
en forma práctica, porque ningún hombre jamás podría
calificar para ser sumo Sacerdote, sino sólo Jesucristo. No hay
necesidad de buscar más allá de Cristo: Él es todo
lo que necesitamos.
HEBREOS 8
Después de demostrar que el sacerdocio celestial de Cristo es
de un mejor orden, el escritor ahora muestra que este sacerdocio se
realiza mediante un mejor pacto. Los sacerdotes levíticos ministraban
de acuerdo al antiguo pacto que Dios hizo con Israel en el Sinaí.
El mismo hecho de que Dios lo llama «antiguo pacto» al introducir
un «nuevo pacto» demuestra que el sacerdocio levítico
antiguo había sido puesto a un lado en la cruz. Para evitar que
sus lectores retrocedieran a Aarón y al antiguo pacto el escritor
demuestra, en el capítulo 8, la superioridad del nuevo pacto.
¿De qué forma es el nuevo pacto mejor que el antiguo?
I. El Sacerdote superior del nuevo pacto (8.1)
El versículo 1 es un «resumen» de los argumentos
anteriores. «Tenemos tal sumo sacerdote» (según se
ha descrito en 7.26–28), un sumo Sacerdote que ya ha demostrado
ser superior a Aarón. Cristo, nuestro sumo Sacerdote, se ha sentado,
puesto que su obra de redención está terminada. Ningún
sacerdote de la línea de Aarón se sentó jamás.
Tampoco ningún sacerdote levítico se sentó jamás
en un trono. Cristo es nuestro Rey-Sacerdote en el cielo; y como es
un mejor sumo Sacerdote, es mediador de un mejor pacto. Es cierto que
no ministraría un viejo pacto desde el cielo; un nuevo sumo Sacerdote
exige un nuevo y mejor pacto.
II. El lugar superior del nuevo pacto (8.2–5)
Puesto que Jesús vino de la tribu de Judá, no de Leví,
no habría sido considerado para servir como sacerdote. Hallamos
a Cristo en los atrios del templo mientras estaba en la tierra, pero
nunca en el Lugar Santo o en el Lugar Santísimo. Pero esto sólo
prueba la superioridad del nuevo pacto: se ministra desde el cielo y
no desde la tierra.
El escritor añade otro argumento: el original; el tabernáculo
terrenal (y el templo) no eran sino copias del celestial. Moisés
copió el tabernáculo del modelo que Dios le reveló
en el monte (Éx 25.9, 40). Los judíos reverenciaban su
templo, su mobiliario y sus ceremonias; sin embargo, estas cosas eran
simplemente sombras de la realidad en el cielo. Retroceder al antiguo
pacto quería decir olvidarse de las realidades del cielo por
las imitaciones terrenales. Cuánto mayor es tener un sumo Sacerdote
ministrando en un santuario celestial.
III. Las promesas superiores del nuevo pacto (8.6–13)
Este pasaje contiene el argumento clave de este capítulo: las
promesas del nuevo pacto son mucho mejores que las del antiguo pacto.
Por consiguiente, el sacerdocio de Cristo, que se basa en mejores promesas,
debe ser un mejor sacerdocio en sí mismo y lo es. Primero, lea
Jeremías 31.31–34 y luego note que estas mejores promesas
son:
A. La promesa de la gracia (vv. 6–9).
En los versículos 8–13 Dios afirma seis veces que hará
algo. ¡Esto es gracia! El antiguo pacto era un yugo de esclavitud,
exigiendo obediencia perfecta. Pero el nuevo pacto hace énfasis
en lo que Dios hará por su pueblo, no en lo que ellos deben hacer
por Él. Nótese que Dios no halló falta en el antiguo
pacto, sino en la gente. La ley es espiritual, pero el ser humano es
carnal, «vendido al pecado», dice Romanos 7.14; y Romanos
8.3 deja en claro que la ley «era débil por la carne».
En otras palabras, el fracaso de Israel no se podía achacar a
debilidad alguna en el antiguo pacto, sino a la debilidad de la naturaleza
humana. Es aquí, entonces, que la gracia interviene; lo que la
ley no podía hacer debido a la debilidad del hombre, Dios lo
logró mediante la cruz.
B. La promesa de un cambio interno (v. 10).
Léase en Jeremías 31.31 la promesa del nuevo pacto y nótese
que involucra un cambio interno, del corazón. Léase en
2 Corintios 3 para tener una luz adicional sobre este maravilloso tema.
El antiguo pacto lo escribió el dedo de Dios en tablas de piedra,
pero el nuevo pacto lo escribe el Espíritu en el corazón
humano. Una ley externa nunca puede cambiar a una persona; debe llegar
a ser parte de la vida interna para que pueda cambiar la conducta. Véase
Deuteronomio 6.6–9. Esto es lo que significa Romanos 8.4: «Para
que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros». Esto lo logra,
por supuesto, el Espíritu Santo, quien nos capacita para obedecer
la Palabra de Dios.
C. La promesa de bendición ilimitada (v. 11).
El día vendrá cuando no habrá necesidad del testimonio
personal, porque todos conocerán al Señor. El cumplimiento
final de esta promesa, por supuesto, espera el establecimiento del reino.
«Todos me conocerán» (v. 11) es un paralelo a la
promesa del Antiguo Testamento que se repite: «La tierra será
llena del conocimiento de Jehová» (Is 11.9), tanto para
judíos como gentiles.
D. La promesa de los pecados perdonados (v. 12).
Léase Hebreos 10 y se verá que, bajo el antiguo pacto,
había memoria de los pecados, pero no su remisión. La
sangre de toros y machos cabríos podía cubrir los pecados,
pero sólo la sangre del Cordero de Dios es la que «quita
el pecado del mundo» (Jn 1.29). ¡Qué maravillosa
promesa da el nuevo pacto al pecador cargado: Sus pecados serán
perdonados y olvidados para siempre!
E. La promesa de bendición eterna (v. 13).
El mismo hecho de que Dios lo llama un «nuevo pacto» quiere
decir que el viejo pacto es obsoleto y desaparecerá. Alrededor
del tiempo en que se escribió la carta a los Hebreos las legiones
romanas se preparaban para invadir Palestina, lo cual ocurrió
en el año 70 d.C. La frase «está próximo
a desaparecer» indica que después de un breve tiempo, el
templo iba a quedar destruido y las actividades sacerdotales suspendidas.
Pero el nuevo pacto, como el sacerdocio de Cristo, duraría para
siempre.
¿Cuándo empezó a surtir efecto este nuevo pacto?
Lucas 22.20ss y 1 Corintios 11.23–26 dejan en claro que el nuevo
pacto se estableció por el derramamiento de la sangre de Cristo
en la cruz. De acuerdo a Hebreos 12.24 Cristo es ahora el Mediador del
nuevo pacto.
Pero Jeremías 31.31ss afirma que Dios prometió este nuevo
pacto a los judíos. ¿Qué derecho tenemos de aplicarlo
a la Iglesia? La respuesta está en el carácter dispensacional
del libro de Hechos. Recordemos que Hechos 1–7 es la oferta de
Dios del reino a lo judíos. Cuando el Espíritu Santo vino
a los creyentes en Pentecostés, el nuevo pacto estaba vigente.
Si la nación se hubiera arrepentido y recibido a Cristo como
el Mesías, todas las bendiciones y promesas del nuevo pacto hubieran
seguido. Pero Israel rechazó el mensaje y resistió al
Espíritu, y así la nación fue echada a un lado.
Es en este punto que Dios trajo a los gentiles al nuevo pacto y formó
la Iglesia a partir de los creyentes judíos y gentiles. Así
ahora participamos del nuevo pacto en el cuerpo de Cristo; pero la nación
de Israel algún día disfrutará de las mismas bendiciones
cuando «mirarán al que traspasaron» y se establezca
el reino (Zac 12.10).
HEBREOS 9
Hemos visto que el sacerdocio de Cristo es mejor que el de Aarón
porque pertenece a un mejor orden, el de Melquisedec (cap. 7) y porque
es administrado bajo un mejor pacto, o sea, el nuevo pacto (cap. 8).
Aquí en el capítulo 9 veremos que el sacerdocio de Cristo
es superior debido a que es administrado en un mejor santuario.
I. El santuario inferior bajo el antiguo pacto (9.1–10)
El escritor da cinco razones por las cuales el santuario del antiguo
pacto era inferior:
A. Estaba en la tierra (v. 1).
La palabra «terrenal» significa «de este mundo, de
la tierra». Dios le dio a Moisés el modelo desde el cielo,
pero él construyó el tabernáculo (y Salomón
el templo) en la tierra y con materiales terrenales. El santuario fue
destinado divinamente y los cultos y actividades se realizaban bajo
la dirección de Dios. Sin embargo, todo era terrenal. Como veremos
en la última parte de este capítulo, el nuevo santuario
es celestial.
B. Era sólo una sombra de las cosas venideras (vv. 2–5).
Aquí el escritor describe el arreglo y el mobiliario del tabernáculo
del AT. Nótese que «en la primera parte», tanto en
el versículo 2 como en el 6, significa «la primera sección
del tabernáculo», el Lugar Santo. En el versículo
7 «la segunda parte» no se refiere al segundo tabernáculo
que se construyó después del primero que Moisés
hizo; lo que significa es la segunda división del tabernáculo:
el Lugar Santísimo. El altar de oro y la fuente estaban en el
atrio exterior. El primer velo (nótese el v. 3) colgaba entre
este atrio y el Lugar Santo. En el Lugar Santo estaban el candelero,
la mesa del pan de la proposición y el altar del incienso. Detrás
del segundo velo estaba el Lugar Santísimo, al cual sólo
el sumo sacerdote podía entrar y esto únicamente en el
Día de Expiación (Lv 16). En el Lugar Santísimo
estaba el arca del pacto. Todas estas cosas apuntaban a Cristo y eran
sombras de las grandes realidades espirituales que Dios daría
en el nuevo pacto.
C. Era inaccesible al pueblo (vv. 6–7).
Sólo los sacerdotes podían ministrar en el atrio y en
el Lugar Santo, y el sumo sacerdote era el único que podía
entrar en el Lugar Santísimo. Y como veremos, el santuario celestial
está abierto para todo el pueblo de Dios.
D. Era temporal (v. 8).
El velo entre los hombres y Dios le recordaba al pueblo que el camino
a su presencia aún no se había abierto. El versículo
9 dice que mientras el velo permaneciera habría dos partes en
el tabernáculo: Símbolo (figura, paralelo) de la relación
entre Dios e Israel. Cuando Cristo murió, el velo se rasgó
y así quedó abolida la necesidad de un santuario terrenal.
E. Era ineficaz para cambiar corazones (vv. 9–10).
Día tras día los sacerdotes ofrecían los mismos
sacrificios. La sangre cubría el pecado, pero nunca lo limpiaba.
Ni tampoco la sangre de animales podía cambiar los corazones
y las conciencias de los adoradores. Estas eran «ordenanzas acerca
de la carne», o sea, ceremonias relacionadas con lo externo, no
con la persona interior. Eran actos temporales, esperando la completa
revelación de la gracia de Dios en Cristo Jesús en la
cruz.
II. El santuario superior bajo el nuevo pacto (9.11–28)
En el versículo 11 cambia el cuadro y el escritor explica por
qué el santuario del nuevo pacto es superior al del antiguo y
por qué el sacerdocio de Cristo es superior al de Aarón.
A. Es un santuario celestial (v. 11).
Cristo es un sumo Sacerdote de los «bienes venideros». Su
santuario celestial es mucho más grande y perfecto porque no
fue hecho de manos humanas. Se recalca que no es «de esta creación»,
puesto que pertenece a la nueva creación. El tabernáculo
terrenal pertenecía al antiguo pacto, la vieja creación,
pero el santuario de Cristo es del nuevo pacto, la nueva creación.
Véase también el versículo 24.
B. Es eficaz para cambiar vidas (vv. 12–23).
¡Qué contraste! El sumo sacerdote llevaba la sangre de
otra criatura al Lugar Santísimo muchas veces durante su vida;
pero Jesús llevó su propia sangre a la presencia de Dios
una sola vez y por todas. Los sacrificios del AT limpiaban ceremonialmente
al cuerpo (v. 13), pero no podía alcanzar al corazón ni
a la conciencia. Pero la sangre de Cristo, vertida de una vez por todas,
purifica la conciencia y da al creyente una posición inmutable
y perfecta ante Dios. Todas las ceremonias judías eran «obras
muertas» en comparación con la relación viva con
Dios bajo el nuevo pacto.
Los versículos 15–23 usan la ilustración de un testamento.
La persona hace su testamento y determina cómo distribuir su
legado. Pero la herencia no pasa a nadie sino cuando la persona muere.
Cristo tenía una herencia eterna que dar a su Iglesia y esta
herencia queda descrita en el nuevo pacto, que es «el testamento
de Cristo». Para que el testamento cobrara efecto Él tenía
que morir. Pero lo sorprendente es esto: ¡Cristo murió
para que el testamento surta efecto y luego regresó de entre
los muertos para administrar personalmente su legado! Incluso el primer
pacto, bajo Moisés, se selló con sangre (Éx 24.6–8).
Cuando se erigió el santuario terrenal también se dedicó
con sangre. Pero esta sangre de animales sólo podía producir
limpieza ceremonial, nunca limpieza interior.
El versículo 23 indica que la muerte de Cristo purificó
incluso las cosas celestiales. Estas cosas tal vez sean el pueblo de
Dios (véanse 12.22ss; Ef 2.22) el cual ha sido purificado por
la sangre de Cristo; o tal vez sugiera que la presencia de Satanás
en el cielo (Ap 12.3ss) exigía una limpieza especial del santuario
celestial.
C. Es el cumplimiento y no la sombra (v. 24).
Los sacerdotes aarónicos ministraban en un tabernáculo
temporal; apuntaba a un Cristo que todavía no había venido.
Cristo no ministra en un tabernáculo hecho por hombres, lleno
de imitaciones terrenales; ministra en un santuario celestial que es
el cumplimiento de estas prácticas del AT. El sumo sacerdote
rociaba la sangre sobre el propiciatorio y por el pueblo, pero Cristo
nos representa ante la misma presencia de Dios. Qué tragedia
cuando la gente se aferra a las ceremonias religiosas que agradan a
los sentidos y no logran aferrarse, por fe, al gran ministerio celestial
de Cristo.
D. Se basa en un sacrificio completo (vv. 25–28).
La superioridad del sacrificio de Cristo es el tema del capítulo
10, pero también se menciona aquí. El trabajo del sacerdote
nunca se acababa porque los sacrificios tampoco se acababan. La muerte
de Cristo fue definitiva. Apareció «en la consumación
de los siglos» para quitar el pecado, no simplemente para cubrirlo.
El velo se rompió y el camino a la presencia de Dios se abrió.
Cristo aparece en el cielo por nosotros; podemos entrar a la presencia
de Dios. El judío del AT no tenía acceso a la presencia
inmediata de Dios; jamás se hubiera atrevido siquiera a entrar
al Lugar Santísimo. Pero debido a la obra completa de Cristo
en la cruz («Consumado es») tenemos un camino abierto a
Dios a través de Él.
Nótese que en los versículos 24–28 se usa tres veces
la expresión «presentarse» o «aparecer».
Vemos que Cristo se presentó en el pasado para quitar el pecado
(v. 26), en la actualidad se presenta en el cielo por nosotros (v. 24)
y aparecerá en el futuro para llevarnos a la gloria (v. 28).
Cuando el sumo sacerdote desaparecía en el interior del tabernáculo
en el Día de Expiación, el pueblo esperaba fuera con expectación
hasta que volvía a aparecer. Tal vez Dios rechazaba la sangre
y mataba al sumo sacerdote. ¡Qué gozo había cuando
este salía de nuevo! ¡Y qué gozo tendremos cuando
nuestro sumo Sacerdote aparezca para llevarnos a nuestro Lugar Santísimo
celestial, para vivir con Él para siempre!
HEBREOS 10
Este capítulo cierra la sección sobre «el sacerdocio
superior» (7–10) explicando que el sacerdocio de Jesucristo
se basa en un sacrificio superior: el sacrificio de Cristo mismo. El
escritor da tres razones por las cuales el sacrificio de Cristo es superior
a los descritos en el AT.
I. El sacrificio de Cristo quita el pecado (10.1–10)
A. Los sacrificios del AT eran ineficaces (vv. 1–4).
Por un lado, pertenecían a la edad de los tipos y las sombras,
y por consiguiente jamás podían cambiar el corazón.
Se repetían «cada año» (v. 1) y «día
tras día» (v. 11), demostrando así que no podían
quitar el pecado. De otra manera el sumo sacerdote y sus ayudantes no
hubieran tenido que repetir estas acciones. Como lo explica Hebreos
9.10–14, los rituales del AT se referían sólo a
cosas externas e impureza ceremonial. Los sacrificios eran una «recordación
de pecados», pero no una remisión de pecados (véase
9.22). En la Cena del Señor recordamos a Cristo, no a nuestros
pecados (1 Co 11.24; Lc 22.19), porque Él los ha olvidado (8.12).
B. El sacrificio de Cristo es eficaz (vv. 5–20).
Aquí el escritor cita el Salmo 40.6–8. El Espíritu
Santo ha cambiado de: «Has abierto mis oídos», a:
«Mas me preparaste un cuerpo». La referencia puede ser a
Éxodo 21.1–6. En el año del jubileo se ordenaba
a los judíos que dejaran en libertad a sus siervos hebreos. Pero
si el criado quería a su amo y deseaba permanecer con él,
se le marcaba perforando su oreja. Desde ese momento su cuerpo le pertenecía
al amo de por vida. Cuando Cristo vino al mundo el Espíritu le
preparó un cuerpo y Él se dedicó por entero a la
voluntad de Dios y dependía de ella. Ese cuerpo sería
sacrificado en la cruz por los pecados del mundo. Pasajes tales como
el Salmo 51.10, 16, 1 Samuel 15.22 e Isaías 1.11ss dejan en claro
que Dios no vio ninguna salvación completamente terminada en
la sangre de los animales; quería el corazón del creyente.
En los versículos 8–9 el escritor usa las palabras de Cristo
para mostrar que Dios, a través de Cristo, dejó a un lado
el primer pacto con sus sacrificios de animales y estableció
uno nuevo con su propia sangre. Debido al sometimiento de Cristo a la
voluntad de Dios hemos sido apartados para Él (santificados)
de una vez y para siempre.
II. El sacrificio de Cristo no necesita repetirse (10.11–18)
Nótense los contrastes: los sacerdotes del AT se ponían
de pie diariamente, pero Cristo se sentó; el sacerdote del AT
ofrecía los mismos sacrificios con frecuencia; Cristo ofreció
un solo sacrificio (Él mismo) una sola vez. Por una sola ofrenda
Dios ha otorgado la posición correcta, o sea, perfecta, cabal,
para siempre, a los que se han apartado mediante la fe en Cristo. (En
el v. 10 somos santificados de una vez por todas; en el v. 14 somos
santificados diariamente. Esta santificación es posicional y
progresiva.) Los sacrificios del AT recordaban los pecados, pero el
sacrificio de Cristo hace posible la remisión de los pecados
(v. 18). Remisión quiere decir: «enviar lejos». Nuestros
pecados han sido perdonados y enviados lejos para siempre (Sal 103.12;
Miq 7.19). En el Día de Expiación (Lv 16) el sumo sacerdote
confesaba los pecados de la nación sobre la cabeza del chivo
expiatorio y luego el macho cabrío era llevado al desierto y
dejado allí en libertad. Esto fue lo que Cristo hizo con nuestros
pecados. Ya no hay más sufrimiento por el pecado porque no hay
más recordación del pecado. El Espíritu Santo testifica
a nuestros corazones y tenemos la bendición de ese nuevo pacto
prometido (vv. 14–17; Jer 31.33ss).
III. El sacrificio de Cristo abre el camino hacia Dios (10.19–39)
A. Explicación (vv. 19–21).
El escritor repasa las bendiciones que los creyentes tienen por la muerte
de Cristo que ocurrió una vez y para siempre. Debido a que en
Cristo tenemos una posición perfecta, podemos tener confianza
(literalmente «libertad de palabra») para acercarnos a su
presencia. Ningún velo se interpone entre nosotros y Dios. Ese
velo del tabernáculo simbolizaba el cuerpo humano de Cristo,
porque cubría la gloria de Dios (Jn 1.14). Cuando su cuerpo fue
ofrecido, el velo se rompió. Tenemos un nuevo camino basado en
el nuevo pacto; tenemos un camino de vida, debido a que tenemos un sumo
Sacerdote viviente (7.25). La familia de Dios (la Iglesia) tiene un
gran sumo Sacerdote en gloria.
B. Invitación (vv. 22–25).
Hay tres afirmaciones de invitación aquí (véase
también 6.1): (1) «Acerquémonos» en lugar
de alejarnos o deslizarnos; (2) «mantengamos firme» nuestra
profesión (testimonio) de fe (o esperanza, como dicen algunas
traducciones), sin vacilar debido a las pruebas; (3) «considerémonos»
unos a otros y, con nuestro ejemplo, estimulando a otros creyentes a
ser fieles a Cristo. Debemos estimularnos al amor (véase 1 Co
13.5). La confianza que tenemos en el cielo debe guiarnos al crecimiento
y a la dedicación espiritual en la tierra. Parece que estos creyentes,
debido a las pruebas, estaban descuidando el compañerismo cristiano
y el estímulo mutuo que los creyentes necesitan el uno del otro.
Puesto que Cristo es nuestro sumo Sacerdote y porque somos un reino
de sacerdotes (1 P 2.9), debemos congregarnos para la adoración,
la enseñanza y para rendir culto y servicio. El judío
del AT no podía entrar en el tabernáculo y el sumo sacerdote
no podía entrar en el Lugar Santísimo cuando quería.
Pero, mediante el sacrificio de Cristo, tenemos un camino vivo al cielo.
Podemos llegarnos a Dios en cualquier momento. ¿Aprovechamos
este privilegio?
C. Exhortación (vv. 26–39).
Esta es la cuarta de las cinco exhortaciones (véase el bosquejo).
Advierte en contra del pecado voluntario. Por favor, recuerde que esta
exhortación es para los creyentes, no para los inconversos, y
se relaciona a las otras tres exhortaciones anteriores. Los cristianos
indiferentes empiezan a alejarse debido a la negligencia; luego dudan
de la Palabra; después se endurecen contra la Palabra; y el siguiente
paso es el pecado deliberado y el rechazo de la herencia espiritual.
Nótense los hechos importantes de este pecado en particular.
No es uno que se comete una sola vez; «si pecáremos voluntariamente»
en el versículo 26 debe entenderse como «voluntariamente
queremos seguir pecando». Es el mismo tiempo gramatical continuo
como en 1 Juan 3.4–10: «El que peca continua y habitualmente
no ha nacido de Dios». Así, este pasaje no se refiere al
«pecado imperdonable», sino de una actitud hacia la Palabra,
actitud a la cual Dios llama rebelión voluntaria. En el AT no
había sacrificios para los pecados deliberados, con presunción
(véanse Éx 21.14; Nm 15.30). Los pecados de ignorancia
(Lv 4) y los que resultaban de los arranques de pasión estaban
cubiertos; pero los pecados voluntarios merecían sólo
el castigo.
El versículo 29 nos recuerda que Dios tiene en alta estima nuestra
salvación (y el derramamiento de la sangre que la compró).
El Padre valora a su Hijo; el Hijo vertió su sangre; el Espíritu
aplica al creyente los méritos de la cruz. Para nosotros, el
pecado voluntario es pecar contra el Padre y el Hijo y el Espíritu.
El escritor cita a Deuteronomio 32.35, 36 para mostrar que Dios, en
el AT, tuvo el cuidado de que su pueblo (no los inconversos) cosechara
lo que sembraba y fuera juzgado cuando desobedeciera voluntariamente.
El hecho de que era su pueblo del pacto hacía que sus obligaciones
fueran mucho mayores (Am 3.2). Dios juzga a su pueblo; véanse
Romanos 2.16; 1 Corintios 11.31, 32 y 1 Pedro 1.17. Por supuesto, esto
no es el juicio eterno, sino más bien su castigo en esta vida
y la pérdida de recompensa en la venidera. Nótense los
versículos 34–35, en donde el escritor enfatiza la recompensa
por la fidelidad, no por la salvación. Véanse también
1 Corintios 3.14, 15; 5.5; 9.27 y 11.30.
En los versículos 32–39 (como en 6.9–12) da una seguridad
maravillosa a estos creyentes de que sus vidas habían demostrado
que verdaderamente habían nacido de nuevo. Estaban entre los
que habían puesto su fe en Cristo (Hab 2.3, 4) y por consiguiente
no podían «salir» como lo hicieron los que en realidad
no eran salvos (1 Jn 2.19). Su destino es la perfección, no la
perdición, debido a que tienen a Cristo en sus corazones y esperan
su venida.
HEBREOS 11
Este capítulo ilustra la lección de 10.32–39 y muestra
que a través de toda la historia hombres y mujeres han hecho
lo imposible por la fe. «El justo vivirá por fe»
afirma 10.38. Este capítulo muestra que la fe puede conquistar
en cualquier circunstancia.
I. La fe descrita (11.1–3)
La fe bíblica verdadera no es una clase emocional de anhelos
ensoñadores; es una convicción interna basada en la Palabra
de Dios (Ro 10.17). En el versículo 1 el término certeza
(sustancia, en la versión de 1909) significa «seguridad»
y convicción significa «prueba», «demostración».
Así, cuando el Espíritu Santo nos da fe por medio de la
Palabra, ¡la misma presencia de esa fe en nuestros corazones es
toda la seguridad y evidencia que necesitamos! El Dr. J. Oswald Sanders
dice: «La fe capacita al alma creyente a enfrentar el futuro como
presente y lo invisible como visto». Por medio de la fe podemos
ver lo que otros no pueden ver (nótense los vv. 1, 3, 7, 13 y
27). Cuando hay verdadera fe en el corazón Dios da testimonio
a ese corazón por su Espíritu (nótense los vv.
2, 4, 5 y 39). Por fe Noé vio el juicio que venía, Abraham
vio una ciudad futura, José vio el éxodo de Egipto y Moisés
vio a Dios.
La fe consigue cosas debido a que hay poder en la Palabra de Dios, como
se ilustra por la creación, conforme al versículo 3. ¡Dios
habló y fue hecho! Dios todavía nos habla hoy. Cuando
creemos lo que Él dice, el poder de la Palabra logra maravillas
en nuestras vidas. La misma Palabra que actuó en la vieja creación
actúa en la nueva creación.
II. La fe demostrada (11.4–40)
A. Abel (v. 4; Gn 4.3ss).
Dios pidió un sacrificio de sangre (Heb 9.22) y Abel tuvo fe
en esa palabra. Sin embargo, Caín no mostró fe y fue rechazado.
Dios testificó de la fe de Abel al aceptar su sacrificio; y por
este testimonio Abel todavía nos habla hoy.
B. Enoc (vv. 5–6; Gn 5.21–24).
En una época impía Enoc vivió una vida consagrada;
lo hizo al confiar en la Palabra de Dios. Véase Judas 14ss. Creyó
que Dios le recompensaría por su fe y Dios lo hizo así
al llevarle al cielo sin que viera muerte. La recompensa de la fe es
importante en Hebreos (10.35; 11.26; 12.11).
C. Noé (v. 7; Gn 6–9).
Nadie había visto, ni esperaba, juicio mediante un diluvio; Noé
lo vio por fe. La fe conduce a las obras. La actitud y acciones de Noé
condenaron al mundo incrédulo y perverso que lo rodeaba.
D. Abraham (vv. 8–19; Gn 12–25).
Aquí tenemos al gran «padre de los creyentes» que
es uno de los más grandes ejemplos de fe en el AT. Abraham creyó
a Dios sin saber dónde (vv. 8–10), sin saber cómo
(vv. 11–12), sin saber cuándo (vv. 13–16) y sin saber
por qué (vv. 17–19). Fue la fe en la Palabra de Dios lo
que le hizo dejar su casa, vivir como peregrino y seguir a dondequiera
que Dios le guiaba. La fe le dio a Abraham y a Sara el poder para tener
un hijo cuando estaba «ya casi muerto». Abraham y sus descendientes
peregrinos no retrocedieron, como los líderes hebreos se vieron
tentados a hacerlo, sino que mantuvieron sus ojos en Dios y persistieron
en avanzar hasta la victoria (vv. 13–16; 10.38, 39).
E. Isaac (v. 20; Gn 27).
Creyó la Palabra que le había trasmitido Abraham y confirió
la bendición a Jacob.
F. Jacob (v. 21; Gn 48).
A pesar de sus fracasos Jacob tenía fe en la Palabra de Dios
y bendijo a Efraín y Manasés antes de morir.
G. José (v. 22; Gn 50:24ss; Éx 13.19; Jos 24.32).
José sabía que Israel un día sería libertado
de Egipto, porque eso es lo que Dios le prometió a Abraham (Gn
15.13–16). Es asombroso que José incluso tuviera fe después
de atravesar tantas pruebas y de haber vivido en Egipto casi toda su
vida.
H. Moisés (vv. 23–29; Éx 1–15).
Los padres de Moisés tuvieron fe para esconderlo puesto que Dios
les había dicho (de alguna manera) que era un niño especial
(Hch 7.20). La fe de Moisés le llevó a rehusar la posición
en Egipto y a identificarse con Israel. De nuevo vemos la recompensa
de la fe (v. 26) en contraste con los placeres temporales del pecado.
La fe en la Palabra condujo a la liberación en la Pascua (¡cómo
deben haberse mofado los egipcios al ver la sangre en los postes de
las puertas!) y a cruzar el Mar Rojo.
I. Josué (v. 30; Jos 1–6).
Dios prometió a Josué entregarle a Jericó y la
fe en esa promesa lo llevó a la victoria. Israel marchó
alrededor de la ciudad durante siete días y deben haberles parecido
ridículos a los habitantes de Jericó, pero la fe de los
judíos fue recompensada.
J. Rahab (v. 31; Jos 2; 6.22–27).
Su confesión de fe está en Josué 2.11. Su fe la
llevó a obrar (Stg 2.25) al arriesgar su vida para salvar a los
espías. A pesar de que era una prostituta fue salva por fe y
fue hasta incluida entre los antepasados humanos de Cristo (Mt 1.5).
Su fe fue contagiosa porque también gan&oa