El
cristiano es un hombre o una mujer, de principios. No actúa
movido por las conveniencias. Así, los distintos elementos
que conforman su carácter (expresados en las Bienaventuranzas
) los pone en práctica no sólo cuando las circunstancias
son favorables, o encuentra comprensión o aceptación
por parte de los demás o no le crean problemas. No cree
en una ética situacional o utilitaria. Para él
lo blanco es blanco y lo negro es negro, aquí y en la
China, en el siglo I y en el siglo XXI.
No se parece en nada al sacerdote Urías,
que lo mismo le daba oficiar en el altar del Señor que
en el altar pagano que mandó construir el Rey Acáz
(2 Reyes 16).
El cristiano que actúa conforme a sus principios, pues
está expuesto a toda clase de hostilidades en un mundo
que ha arrojado por la borda los principios morales (si es que
alguna vez los tuvo) y se ha acomodado en su pragmatismo: todo
es de color del cristal con que se mira.
Así cuando es honesto le califican de tonto; cuando es
misericordioso o procura la paz, le tildan de cobarde; cuando
actúa con justicia le acusan de legalista. En definitiva,
el cristiano consecuente se caracteriza por ser un perseguido:
de una forma u otra, por unas personas u otras, está
abocado a sufrir persecución. No que la persecución
misma forme parte de su carácter, puesto que es un factor
extremo, sino que, al ser recibida con actitud sumisa y abnegada,
forma su carácter en este sentido.
La causa esencial de la persecución
que sufre el cristiano se atribuye a la justicia (Mateo 5:10).
Como ya se apuntó al tratar el hambre y la sed de justicia
de cristiano, no se trata aquí de una persecución
sufrida en la lucha por una justicia puramente social y humana.
Es cierto que muchos sufren persecución al luchar por
ciertos ideales de justicia.
Muchos han llegado a dar su vida por causas que tenemos que
reconocer como justas.
Pero esto nos hace acreedores de la Bienaventuranza que aquí
se menciona, ni siquiera les confiere el carácter cristiano
que, como hemos visto anteriormente, tiene un origen sobrenatural.
La justicia de la que aquí se trata es la misma que se
menciona en la cuarta Bienaventuranza: una justicia que es,
ante todo, personal y espiritual; que se busca practicar para
alabar a Dios, no a los hombres, y que en definitiva es la justicia
de Dios mismo. “Pero buscad primero el Reino de Dios y
su Justicia y todas estas cosas os serán añadidas
(Mateo. 6:33)
Se trata no en primer lugar de la justicia
de los derechos humanos, sino de la justicia de los derechos
de Dios, a quien la sociedad parece no concederle ningún
derecho y sólo le atribuye responsabilidades. No confundamos
cristianismo con humanismo, pues si bien ambos buscan, en última
instancia, el bien del hombre, su concepto del bien y el camino
para alcanzarlo son tan dispares que no tienen prácticamente
nada en común: el humanismo es antropocéntrico,
mientras que el cristianismo es teocéntrico.
A simple vista, puede parecer chocante que
alguien sufra por causa de la justicia.
Generalmente, las virtudes humanas, incluyendo la de la justicia,
suelen ser objeto de la alabanza de la sociedad.
En buena lógica, quienes deberían ser perseguidos
no son los que hacen el bien, sino los que hacen el mal. Pablo
mismo asegura que quien hace el bien es acreedor de los elogios
de las autoridades (Romanos 13:3) ¿Cómo se entiende
pues, que el cristiano sea perseguido por causa de la justicia?
En primer lugar, la justicia que busca el cristiano tiene como
meta la gloria de Dios.
Esto choca frontalmente con las metas y objetivos de los seres
humanos que buscan meramente el bien temporal del hombre.
Puesto que la justicia del cristiano busca la gloria de Dios,
en muchos casos no va a ser del agrado de los hombres, porque
para ello tendría que estar en consonancia con los intereses
del mundo. “Ellos son del mundo” dijo Juan, “
por eso hablan de parte del mundo, y el mundo los oye”
(1Juan 4:5)
Y el Señor mismo advirtió: “si fuerais del
mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del
mundo, sino que os escogí de entre el mundo, por eso
el mundo os odia”.(Juan 15:19)
Y es que la justicia del cristiano condena
al mundo, pues le muestra que todo lo bueno que haga no le justifica
delante de Dios. En efecto, el verdadero cristiano jamás
va a utilizar su justicia como un mérito para ir al Cielo,
y por ende, está diciéndole al mundo que nadie
más podrá lograrlo por ese camino. Y nada hay
que irrite más al pecador que se le diga que todas sus
obras justas son como “trapos de inmundicia”(Isaías
64:6).
Otra razón por la que el cristiano es
perseguido es porque su justicia le vuelve más como Cristo.
Como dijo el Dr. Lloyrd- Jones: “Si tratas de imitar a
Cristo, el mundo te alabará; si te vuelves como Cristo,
te odiará”. Cristo fue perseguido por su justicia,
y sus discípulos han de serlo igualmente: “Acordaos
de la palabra que os dije: Un siervo no es mayor que su señor.
Si a mí me han perseguido, también os perseguirán
a vosotros; si guardaron mi palabra, también os guardarán
la vuestra” (Juan 15:20).
Y Pablo recalca: “en verdad, todos los que quieren vivir
piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos”
(2Tim 3:12).
Podemos entender, pues, que el cristiano sea
perseguido por el mundo por causa de la justicia. Lo que resulta
increíble, pero cierto, es que sufra la persecución
de otros cristianos por el mismo motivo. No importa lo sincero
y piadoso que pueda ser un creyente en su práctica de
la justicia: Si su modelo de justicia no encaja en los moldes
de otros creyentes, éstos orquestan una campaña
de desprestigio contra él; se le da el mote de legalista,
fundamentalista o fanático y se le quema en cualquier
hoguera antinomiana.
“No estamos bajo la ley sino bajo la gracia” argumentan.
No es infrecuente, por ejemplo, que un creyente sufra la mofa
de otros por su escrupulosidad en cuanto a guardar el día
del Señor. Es legítimo definir en cuanto a nuestro
concepto de la justicia, pero una cosa es diferir y otra muy
distinta perseguir.
Nos queda ahora por resolver un último
interrogante: ¿dónde reside la bienaventuranza
de los cristianos perseguidos? ¿Quiere el Señor
convertirnos en masoquistas que disfruten con el sufrimiento
infligidos por otros? En absoluto. La respuesta se podría
resumir en las palabras de Pablo a los romanos: “Pues
considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son
dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada”(Ro.
8:18) Es lo mismo que decir: “pues de ellos es el reino
de los cielos”.
Esto tiene profundas implicaciones.
1. La persecución es una de las pruebas
de que somos cristianos de verdad. Los cristianos nominales
raramente son perseguidos, y menos por causa de la justicia.
“Ay de vosotros” amonestó Jesús, ¡cuando
todos los hombres hablen bien de vosotros! Porque de la misma
manera trababan sus padres a los falsos profetas” (Lucas
6:26)
2. La Persecución demuestra que no pertenecemos
al mundo. Nuestra meta y esperanza no están en este mundo
sino en el Cielo ¡y la persecución evidencia que
vamos en la buena dirección!
3. La persecución nos permite ver más
claramente que somos herederos de Dios, puesto que nos hace
perder tantas veces las cosas que el mundo estima y nos hace
anhelar las palabras que oiremos de los labios del Señor
en el día final: “Heredad el reino preparado para
vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:34)
4. En la persecución podemos sentir
más cerca al Señor. Nos identifica más
con Aquel que fue perseguido hasta la muerte de la Cruz en nuestro
lugar. Aun los jóvenes hebreos en el horno de fuego gozaron
de la presencia del Hijo de Dios (Daniel 3:25)
5. La persecución es, en cualquier caso,
un gran privilegio para el Cristiano. Después de ser
torturados, los apóstoles “salieron de la presencia
del concilio, regocijándose de que hubieran sido tenidos
por dignos de padecer afrenta por su Nombre” (Hechos 5:41).
Todo lo que podamos hacer por Cristo es un gran honor para nosotros,
porque ni siquiera somos dignos de servirle, pero la persecución
es uno de los más altos honores que podemos recibir.
En Resumen: la persecución es dolorosa
pero inevitable para el verdadero cristiano.
¡Ay de nosotros si no somos perseguidos! La persecución
es una especie de certificado de autenticidad de los demás
aspectos del carácter cristiano. La persecución
pone de manifiesto en nosotros una virtud que corona y adorna
todas las demás, la que más nos asemeja a aquel
que fue “varón de dolores y experimentado en aflicción
. (Isaías 53:3)
Bajo ningún concepto prescindamos de esta joya en la
corona del carácter cristiano; ni por cobardía,
ni por agradar a los hombres, ya sean éstos cristianos
o paganos.
“Los justos resplandecerán como el sol en el reino
de su Padre” (Mateo 13:43)
Enseñanza 27 abril del 2003
Capilla Bethuel
Rev.
Eduardo Aparicio B.
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