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27 de Abril

Persecusión
El cristiano es un hombre o una mujer, de principios. No actúa movido por las conveniencias. Así, los distintos elementos que conforman su carácter (expresados en las Bienaventuranzas ) los pone en práctica no sólo cuando las circunstancias son favorables, o encuentra comprensión o aceptación por parte de los demás o no le crean problemas. No cree en una ética situacional o utilitaria. Para él lo blanco es blanco y lo negro es negro, aquí y en la China, en el siglo I y en el siglo XXI.

No se parece en nada al sacerdote Urías, que lo mismo le daba oficiar en el altar del Señor que en el altar pagano que mandó construir el Rey Acáz (2 Reyes 16).
El cristiano que actúa conforme a sus principios, pues está expuesto a toda clase de hostilidades en un mundo que ha arrojado por la borda los principios morales (si es que alguna vez los tuvo) y se ha acomodado en su pragmatismo: todo es de color del cristal con que se mira.
Así cuando es honesto le califican de tonto; cuando es misericordioso o procura la paz, le tildan de cobarde; cuando actúa con justicia le acusan de legalista. En definitiva, el cristiano consecuente se caracteriza por ser un perseguido: de una forma u otra, por unas personas u otras, está abocado a sufrir persecución. No que la persecución misma forme parte de su carácter, puesto que es un factor extremo, sino que, al ser recibida con actitud sumisa y abnegada, forma su carácter en este sentido.

La causa esencial de la persecución que sufre el cristiano se atribuye a la justicia (Mateo 5:10). Como ya se apuntó al tratar el hambre y la sed de justicia de cristiano, no se trata aquí de una persecución sufrida en la lucha por una justicia puramente social y humana. Es cierto que muchos sufren persecución al luchar por ciertos ideales de justicia.
Muchos han llegado a dar su vida por causas que tenemos que reconocer como justas.
Pero esto nos hace acreedores de la Bienaventuranza que aquí se menciona, ni siquiera les confiere el carácter cristiano que, como hemos visto anteriormente, tiene un origen sobrenatural.
La justicia de la que aquí se trata es la misma que se menciona en la cuarta Bienaventuranza: una justicia que es, ante todo, personal y espiritual; que se busca practicar para alabar a Dios, no a los hombres, y que en definitiva es la justicia de Dios mismo. “Pero buscad primero el Reino de Dios y su Justicia y todas estas cosas os serán añadidas (Mateo. 6:33)

Se trata no en primer lugar de la justicia de los derechos humanos, sino de la justicia de los derechos de Dios, a quien la sociedad parece no concederle ningún derecho y sólo le atribuye responsabilidades. No confundamos cristianismo con humanismo, pues si bien ambos buscan, en última instancia, el bien del hombre, su concepto del bien y el camino para alcanzarlo son tan dispares que no tienen prácticamente nada en común: el humanismo es antropocéntrico, mientras que el cristianismo es teocéntrico.

A simple vista, puede parecer chocante que alguien sufra por causa de la justicia.
Generalmente, las virtudes humanas, incluyendo la de la justicia, suelen ser objeto de la alabanza de la sociedad.
En buena lógica, quienes deberían ser perseguidos no son los que hacen el bien, sino los que hacen el mal. Pablo mismo asegura que quien hace el bien es acreedor de los elogios de las autoridades (Romanos 13:3) ¿Cómo se entiende pues, que el cristiano sea perseguido por causa de la justicia?
En primer lugar, la justicia que busca el cristiano tiene como meta la gloria de Dios.
Esto choca frontalmente con las metas y objetivos de los seres humanos que buscan meramente el bien temporal del hombre.
Puesto que la justicia del cristiano busca la gloria de Dios, en muchos casos no va a ser del agrado de los hombres, porque para ello tendría que estar en consonancia con los intereses del mundo. “Ellos son del mundo” dijo Juan, “ por eso hablan de parte del mundo, y el mundo los oye” (1Juan 4:5)
Y el Señor mismo advirtió: “si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia”.(Juan 15:19)

Y es que la justicia del cristiano condena al mundo, pues le muestra que todo lo bueno que haga no le justifica delante de Dios. En efecto, el verdadero cristiano jamás va a utilizar su justicia como un mérito para ir al Cielo, y por ende, está diciéndole al mundo que nadie más podrá lograrlo por ese camino. Y nada hay que irrite más al pecador que se le diga que todas sus obras justas son como “trapos de inmundicia”(Isaías 64:6).

Otra razón por la que el cristiano es perseguido es porque su justicia le vuelve más como Cristo. Como dijo el Dr. Lloyrd- Jones: “Si tratas de imitar a Cristo, el mundo te alabará; si te vuelves como Cristo, te odiará”. Cristo fue perseguido por su justicia, y sus discípulos han de serlo igualmente: “Acordaos de la palabra que os dije: Un siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si guardaron mi palabra, también os guardarán la vuestra” (Juan 15:20).
Y Pablo recalca: “en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos” (2Tim 3:12).

Podemos entender, pues, que el cristiano sea perseguido por el mundo por causa de la justicia. Lo que resulta increíble, pero cierto, es que sufra la persecución de otros cristianos por el mismo motivo. No importa lo sincero y piadoso que pueda ser un creyente en su práctica de la justicia: Si su modelo de justicia no encaja en los moldes de otros creyentes, éstos orquestan una campaña de desprestigio contra él; se le da el mote de legalista, fundamentalista o fanático y se le quema en cualquier hoguera antinomiana.
“No estamos bajo la ley sino bajo la gracia” argumentan. No es infrecuente, por ejemplo, que un creyente sufra la mofa de otros por su escrupulosidad en cuanto a guardar el día del Señor. Es legítimo definir en cuanto a nuestro concepto de la justicia, pero una cosa es diferir y otra muy distinta perseguir.

Nos queda ahora por resolver un último interrogante: ¿dónde reside la bienaventuranza de los cristianos perseguidos? ¿Quiere el Señor convertirnos en masoquistas que disfruten con el sufrimiento infligidos por otros? En absoluto. La respuesta se podría resumir en las palabras de Pablo a los romanos: “Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada”(Ro. 8:18) Es lo mismo que decir: “pues de ellos es el reino de los cielos”.
Esto tiene profundas implicaciones.

1. La persecución es una de las pruebas de que somos cristianos de verdad. Los cristianos nominales raramente son perseguidos, y menos por causa de la justicia. “Ay de vosotros” amonestó Jesús, ¡cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Porque de la misma manera trababan sus padres a los falsos profetas” (Lucas 6:26)

2. La Persecución demuestra que no pertenecemos al mundo. Nuestra meta y esperanza no están en este mundo sino en el Cielo ¡y la persecución evidencia que vamos en la buena dirección!

3. La persecución nos permite ver más claramente que somos herederos de Dios, puesto que nos hace perder tantas veces las cosas que el mundo estima y nos hace anhelar las palabras que oiremos de los labios del Señor en el día final: “Heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:34)

4. En la persecución podemos sentir más cerca al Señor. Nos identifica más con Aquel que fue perseguido hasta la muerte de la Cruz en nuestro lugar. Aun los jóvenes hebreos en el horno de fuego gozaron de la presencia del Hijo de Dios (Daniel 3:25)

5. La persecución es, en cualquier caso, un gran privilegio para el Cristiano. Después de ser torturados, los apóstoles “salieron de la presencia del concilio, regocijándose de que hubieran sido tenidos por dignos de padecer afrenta por su Nombre” (Hechos 5:41). Todo lo que podamos hacer por Cristo es un gran honor para nosotros, porque ni siquiera somos dignos de servirle, pero la persecución es uno de los más altos honores que podemos recibir.

En Resumen: la persecución es dolorosa pero inevitable para el verdadero cristiano.
¡Ay de nosotros si no somos perseguidos! La persecución es una especie de certificado de autenticidad de los demás aspectos del carácter cristiano. La persecución pone de manifiesto en nosotros una virtud que corona y adorna todas las demás, la que más nos asemeja a aquel que fue “varón de dolores y experimentado en aflicción . (Isaías 53:3)
Bajo ningún concepto prescindamos de esta joya en la corona del carácter cristiano; ni por cobardía, ni por agradar a los hombres, ya sean éstos cristianos o paganos.
“Los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mateo 13:43)

Enseñanza 27 abril del 2003 Capilla Bethuel
Rev. Eduardo Aparicio B.


Pastor:
Rev. Eduardo Aparicio