Primero que todo deseo agradecer a esta institución
y al profesor Gabriel Quiros por invitarme a este evento. Esta ponencia
está fundada en tres líneas.
Primero, Procuraremos definir
lo que es la ética personal y social.
Segundo, trataremos de leer y
comprender la crisis de la ética en algunos aspectos de nuestro
contexto actual, entendiendo éste como la era postmoderna
hedonista.
Tercero, a la luz de lo expuesto
trataremos de hacer una breve reflexión.
La ética es una ciencia espiritual y pertenece
a esa clase de disciplinas llamadas comúnmente humanidades.
Convenientemente se ha definido la ética
como la ciencia de la moralidad, entendiendo la moralidad como el
conjunto de juicios que la gente hace referente a lo que es correcto
o incorrecto, bueno o malo, en las relaciones interiores o entre
individuos o en los centros colectivos de inteligencia y voluntad.
Algunas veces se dice que toda ética es
social, ya que el hombre, el agente de la moralidad, es por naturaleza
social. Esto nos lleva a la verdad que cuando el hombre actúa,
otros son afectados inevitablemente por lo que él hace; sus
elecciones y decisiones tienen consecuencias sociales. Es igualmente
cierto que la conducta moral de un hombre es influida significativamente
por la comunidad en que él está integrado y por la
historia social, la cual es su herencia y, en un sentido su destino.
También es cierto que con mucha frecuencia el hombre actúa
no como un individuo aislado, sino como miembro de un grupo que
lo incluye y lo abarca, y del cual es representante inevitablemente.
Pero estos hechos importantes, no le quitan el significado o la
trascendencia a las distinciones tradicionales entre ética
personal, impersonal y social.
Los hombres, son centros únicos de conciencia
y de poder, que forman parte de un plano de existencia tanto vertical
como horizontal; razón por la cual son capaces, a través
del ejercicio de su voluntad, orientada por Dios, de trascender
a los moldes sociales. Esta trascendencia es en verdad la razón
por la cual los individuos están capacitados para trabajar
creativamente en las estructuras y los procesos sociales. (a esto
se le llama “ética personal”)
La ética personal no puede aislarse definitivamente
de la ética social, aunque, al contrario de ésta última,
no se encuentra en colectividades o comunidades o en estructuras
y arreglos impersonales. En vez de esto, se concentra en el agente
moral individual que está detrás y que participa en
éstos. La ética personal considera al hombre como
una personalidad centrada, la cual observa y valoriza el desarrollo
de él, de esos hábitos, posturas, actitudes y rasgos
que lo caracterizan como persona.
Podemos decir entonces que la ética personal
se ocupa principalmente de la autodisciplina, de la formación
de carácter, del cultivo y desarrollo de aquellas virtudes
y gracias, las cuales lo capacitan para el desempeño de sus
responsabilidades sociales y religiosas (sean éstas cuales
sean).
La ética social por otra parte, se ocupa
de la moral de los individuos así como de las realidades
colectivas y súper- individuales. Su preocupación
por el individuo es, sin embargo de una clase especial; es calificada
socialmente. Contempla al individuo como a quien da una respuesta
individual a una comunidad súper – individual, o como
a uno que, funcionando comunalmente, actúa de acuerdo con
otros a través de la agencia de algún grupo con el
cual él está afiliado. Por supuesto que la ética
social se ocupa no sólo de la conducta de los individuos
en relación con o dentro de la comunidad, sino también
de los principios moralmente significantes y las interacciones de
las comunidades como tales.
En el mar de la existencia, vivimos actualmente
la tercera ola, -como lo expresa Alvin Tofleer-. Otros filósofos
como Antonio Cruz llaman a este tiempo: “la era post- moderna”.
La verdad es, que nuestra sociedad globalizada
es dominada por una cultura en donde el sincretismo, el agnosticismo,
la irreligiosidad y el indiferentismo han creado una moda abstracta
a la que podemos llamar increencia o tal vez, poca
o ninguna fe en Dios.
Esto ha provocado el rechazo de la moral y de la
ética, para conformar una nueva fórmula de fe y moral,
conformista y caprichosa. Creemos que esta generación está
siendo invitada a asistir a lo que se le ha llamado “muerte
de la ética”. La filosofía del “todo
vale” ha acabado con ella. A su funeral se presentan
sólo dos herederas, la estética y la belleza. Van
de negro y aparentan dolor sólo porque queda bien. Los trámites
y las formalidades burocráticas ya se han realizado. Ahora
la estética sustituirá a la ética y la belleza
hará lo propio con la moral. Durante la ceremonia fúnebre,
con aire de resignación, canta Joaquín Sabrina:
Al deseo los frenos le sientan fatal,
¿Qué voy a hacer yo si me gusta el güisqui
sin soda, el sexo sin boda, las penas con pan?
Esta es una letra pegadiza que intenta consolar
a los asistentes. Se trata de aquella antigua melodía, recordada
por todos, que procuraba infundir coraje para seguir viviendo al
margen de cualquier creencia. La única finalidad de esta
canción es convencer a las personas de que, en estos tiempos,
no hay porqué obedecer las reglas y las normas. El brindis
que se propone es doble: ¡ No a la moralidad, sí
al desenfreno y al placer!, y también ¡manifiesta tus
sentimientos como te dé la gana, sin reglas sin límites!
Hoy el principio ético que goza de mayor
aceptación es el de “vale lo que me agrada,
no vale lo que no me agrada” y “ siempre puedo hacer
lo que quiero”.
Hoy día hay tantas reglas morales como necesidades
tiene cada cual. Lo que determina la moralidad son las preferencias
y los sentimientos del Yo. Las acciones están bien, o están
mal, en función de la felicidad o el placer que producen.
A esta actitud se le ha llamado hedonismo.
Esta corriente hedonista viene revalorizando el
tiempo libre, la cultura del ocio se desarrolla, y por todas partes,
proliferan las ofertas para matar el tiempo. Todo un abanico de
ofrecimientos se colecciona a gusto del cliente. Esta cultura del
placer procura suavizar todo aquello que pueda resultar molesto.
La nueva ética hedonista, en la que todo
adverso o lo que supone esfuerzo y disciplina ya ha pasado de moda
sustituido por el culto a la realización inmediata de los
deseos, origina individuos que sólo se preocupan por satisfacer
sus necesidades propias. Hombres y mujeres que viven separados,
a la vez, de sus antepasados, de sus descendientes y también
de sus contemporáneos. Es la independencia más total
y absoluta. Se trata del acentuado individualismo contemporáneo.
Una de las principales características de la postmodernidad
en que vivimos.
Las estrellas de esta época, los pequeños
héroes, son hombres y mujeres comunes y mediocres, sin ningún
tipo de preparación especial y vivencial, pero capaces de
compartir problemáticas de su mundo privado con el gran público.
Esto ha provocado que entre el virtuoso y el vulgar ya no exista
tanta distancia. Lo chabacano se aproxima a lo sublime hasta homogenizarse.
Esta nueva era individualista del consumo reduce,
a la vez, las diferencias entre los individuos. En la ética
hedonista postmoderna lo masculino y femenino se han mezclado y
han perdido sus características diferenciadas de antes; la
homosexualidad de masa empieza a no ser considerada como una perversión,
se admiten todas las sexualidades o casi forman combinaciones inéditas;
el comportamiento de los jóvenes y de los no tan jóvenes
tiende a acercarse: en unos pocos decenios éstos se han adaptado
al culto de la juventud, a la llamada edad “psi”,
a la educación permisiva, al divorcio, a
los atuendos informales, a los pechos desnudos y a los juegos y
deportes.
El resultado final es hacer idéntico lo
que era diferente. Estandarizar las distintas identidades sociales.
Igualar las generaciones y normalizar los sexos. Esta sociedad postmoderna,
afirma que ya no son los adolescentes los que, para escapar del
mundo, se refugian en sus identidades colectivas; el mundo es el
que corre alocadamente tras la adolescencia. El largo proceso de
conversión al hedonismo del consumo, culmina hoy con la idolatría
de los valores juveniles. La sociedad actual postmoderna se ha vuelto
adolescente.
Estamos viviendo en un mundo egoísta, en
el que las relaciones entre los seres humanos se han vuelto tremendamente
interesadas. Hoy se corteja a las personas por el interés.
Por lo que puede obtenerse de ellas. Hoy día se crean escuelas
y educadores especializados para enseñar este comportamiento.
Si se trata de convencer, lo mejor es prepararse. Si hay que persuadir,
se recurre a los profesionales de la comunicación. El buen
orador debe también aprender a dominar al auditorio para
obtener, sea como sea, aquello que le interesa. De esta manera las
relaciones humanas se han transformado en relaciones de posesión
y dominio.
Los superiores abusan de sus subordinados mientras
halagan a los que están por encima de ellos. El chantaje
se utiliza frecuentemente como moneda de cambio. Lo importante es
conseguir provecho, admiración o, al menos, provocar la cochina
envidia de los demás.
¿Qué repercusiones está teniendo,
en la actualidad, este comportamiento ególatra sobre la relación
entre los sexos?
Bajo la influencia del neofeminismo, las relaciones
entre el hombre y la mujer se han deteriorado considerablemente,
liberadas de las reglas pacificadoras de la cortesía. La
mujer, con sus exigencias sexuales y sus capacidades orgásmicas
vertiginosas, se convierte para el hombre en una compañera
amenazadora, que intimida y genera angustia.
El trato que la mujer suele recibir en la producción
cinematográfica actual, pródiga de escenas de violaciones
y vejaciones, sería una evidencia de este creciente e imparable
odio contra la mujer. De manera recíproca el feminismo ha
originado también sentimientos de animadversión hacia
el hombre y hacia todo lo que, hasta ahora, éste ha representado.
Sería imposible ver con buenos ojos a quien se considera
opresor, tirano, enemigo y fuente de continua frustración
sexual. Tales sentimientos enfrentados estarían en la base
de esa especie de guerra sexual que se observa en nuestra época.
La batalla entre lo masculino y femenino.
El amor, entre hombre y mujer, se ha convertido
en uno de los mitos de nuestro tiempo. Este, ha llegado a transformarse
en una palabra vacía. Un concepto hueco que ha perdido casi
todo su significado. Desde luego que existe todavía “amor”
pero, actualmente, se considera como una divina palabra de la que
no habría que esperar demasiado. Esto no significa que uno
no pueda pegar la lotería pero, lo que se debería
tener claro es que, si no la pega, tampoco hay que amargarse.
Lo importante, para el individuo actual, es no
sufrir. Que nada nos quite el sueño, ni siquiera el amor.
Pero, por el contrario, la imagen del amor que se vende en los medios
de comunicación es la de un amor romántico “rápido”,
apasionado pero fácil, intenso y a la vez poco duradero,
indisolublemente asociado a la relación genital.
Es importante observar que del juego de la guerra
sexual se ha pasado al de la más pura neutralidad. Si antes
la sexualidad se basaba en el placer, hoy predomina el artificio
sobre el goce. El cambio de sexo o de vestimenta, propios de los
travestis, sería el indicativo de lo que está ocurriendo
en la sociedad actual. De la misma manera en que todos podemos llegar
a ser mutantes biológicos, también seríamos
transexuales en potencia.
Las preferencias eróticas, la moda, el ritmo,
las formas y muchos de los artistas que gustan hoy señalarían
que “todos somos simbólicamente transexuales”.
Como ejemplo claro de esto podemos ver la nitroglicerina artificial
de Madonna, o el encanto andrógino y frankensteiniano de
Michael Jackson. Estos y otros más son mutantes, travestis,
seres genéticamente barrocos cuyo look erótico oculta
la indeterminación genérica.
Realmente esta sociedad actual en la que nosotros
los educadores nos desarrollamos, recibe lo presente y cotidiano
así como la supremacía de lo estético, el individualismo
y el hedonismo narcisista, como las raíces desde donde brotan
todos los demás valores y contravalores para nutrir todo
nuestro ser, aún sin percatarnos – en su gran mayoría
- de lo que estamos viviendo y aceptando.
Todo este sistema de vida actual está afectando
profundamente todas las bases éticas y morales, generando
un gran cambio en los valores humanos y las estructuras de nuestra
sociedad.
El la actualidad la gran mayoría de la sociedad
no le interesa conocer la realidad total del mundo o de las cosas.
Se conforma sólo con la realidad parcial y momentánea
que perciben sus sentidos.
De ahí resulta una visión personal
subjetiva sin norte ni orientación fija. La objetividad de
los grandes fines desaparece y como alternativa queda un pensamiento
débil y fragmentado.
La razón ha demostrado su insuficiencia
para explicar las calamidades que han azotado a la humanidad durante
el presente siglo. La historia de la razón sería la
historia de los desengaños de la razón, o lo irracional
de la razón. Al perderse el fundamento de la razón
el centro de la moral y de la persona es el Yo, los sentimientos
y los gustos individuales.
Por otro lado la ética, propia del pensamiento
moderno ha llegado a su final y, en la actualidad lo que vemos es
una multiplicación de”micro éticas” escépticas
y desorientadas. La alternativa que brinda esa sociedad postmoderna
es la estetización de la vida, la eliminación de toda
norma, el relativismo de las conductas y el politeísmo de
los valores.
En esta sociedad actual, tenemos un problema serio
en cuanto a la culpabilidad o responsabilidad de los actos de las
gentes. En nuestro país han existido una serie de desfalcos
y robos de cuello blanco, y los culpables no han aparecido o no
han sido castigados – hablo del caso del Banco Anglo y otros-.
En el reino de la moral subjetiva, en el que “todo vale”,
se hace difícil distinguir entre lo que está bien
y lo que está mal. Todo depende del momento y del criterio
de cada persona. Esto hace imposible que pueda darse el sentimiento
de culpabilidad y la conciencia de pecado. El reino de la moral
subjetiva es, en realidad, el de la antimoral y el de la aculpabilidad.
Las ideas colectivistas, que aspiran a fomentar
la confianza en el Estado para que éste distribuya equitativamente
las riquezas se ha visto fracasado y esteriotipado por el individualismo.
La persona ya no se concibe al servicio de la colectividad sino
que deberá ser ésta, la sociedad, la que se subordine
a la persona.
Hace unos años atrás el hombre estaba
seguro de lo que creía. Hoy aquella seguridad se ha perdido.
El desencanto de la razón y la fragmentación de todas
las creencias han producido el “pasotismo” que se manifiesta
sobretodo en el lenguaje juvenil; con el tópico “yo
paso”, el cual expresa el desinterés y la desconfianza
en todo aquello que antaño ofrecía seguridad.
Lo mismo puede afirmarse de los razonamientos “fuertes”
del hombre moderno. Los ilustrados por ejemplo, estaban convencidos
de que el desarrollo del conocimiento humano no sólo contribuía
a comprender mejor la naturaleza sino que también proporcionaría
progreso moral, justicia social y felicidad en todos los hombres.
Hoy día se ha comprobado el fracaso de todas estas esperanzas.
La razón “fuerte” se ha roto para dar paso al
tiempo del pensamiento débil “Light”, relativo,
inseguro y desilusionado.
El esfuerzo y la laboriosidad eran virtudes fundamentales.
Hoy esto ha sido sustituido por el placer. Esta generación
ha optado por la cultura placentera que se ocupa sólo de
lo que le satisface. El saber se busca en el placer.
En el pasado el hombre se identificó con
el mítico Prometeo quien arriesgaba su vida, trajo a la tierra
el fuego de los dioses para que los mortales pudieran progresar.
Sin embargo hoy en día se prefiere el mito
de Narciso, a quién no le interesa el progreso de la humanidad
sino tan sólo la realización de su propia persona..
La seriedad y compostura moderna emanaban de la
aceptación de unos principios morales absolutos. Había
que guardar la forma porque ésta evidenciaba la existencia
de un fondo moral auténtico e incuestionable. No sólo
era necesario ser bueno sino parecerlo. Esto ha cambiado hoy. Al
disociarse la moralidad de las acciones humanas ya no hay porqué
guardar las apariencias. Hoy no preocupa ser bueno ni tampoco parecerlo.
Lo importante es ser feliz, viviendo con sinceridad, en el mundo
de la informalidad. Ahora, el peligro de esta actitud es que de
la amoralidad a la inmoralidad sólo hay un paso. El que,
por desgracia, se da con demasiada frecuencia.
Como pudimos leer en la sociedad, se puede comprobar
fácilmente que en estos tiempos se han abolido casi todas
las diferencias que antes existían entre los valores. La
moda ha abolido la diferencia entre bello y feo. La po1ítica
ha abolido la diferencia entre lo bueno y lo malo. La liberación
sexual ha abolido las diferencias entre las mujeres y los hombres,
entre padres e hijos, entre vivos y muertos (piense en la inseminación
artificial con semen de difuntos)
Todos los términos y todos los caminos son
indiferentes, todas las relaciones son simétricas y todas
las operaciones son reversibles. Flotamos en el vacío, porque
nosotros aunque no lo queramos somos parte de este mar llamado sociedad,
en la que cada ola que origina nos afectar, ya sea con sus vertiginosas
corrientes como por sus golpes tempestuosos.
Ante esta realidad social, lo que nos queda como
educadores, es entregarnos o reivindicar una moral de brújula.
La moral de hoy ha quedado fragmentada, sin principios fijos en
los que podamos apoyarnos como formadores. Esta corriente actual
ha dado origen a tantas reglas morales como necesidades tiene cada
cual. La educación debe continuar proponiendo unos puntos
de referencia sólidos y estables. Frente a la llamada “moral
del radar”, que busca cualquier coordenada o explicación
que le sea útil o le pueda servir para satisfacer los deseos
de cada momento, el educador de hoy puede presentar la “moral
de brújula”, orientada ha buscar siempre, el norte
permanente de los principios de Dios plasmados en su Palabra (LA
BIBLIA).
El hombre de hoy, convencido de que lo que cuesta
es el aquí y el ahora, ha perdido toda esperanza de futuro.
Por eso tenemos el deber de mostrar nuestra responsabilidad ante
el llamado a ser Apóstoles de Dios en la educación.
Aplicando y enseñando métodos morales mediante los
procedimientos que estén legitimados por la moral de Dios.
Cuando la enseñanza se emite por medio de
la manipulación, la violencia, el engaño, la mediocridad,
y el interés material, o va acompañada de hipocresía
por no ir asociada de un modelo ejemplar de vida por parte del educador,
deja inmediatamente de ser valiosa para el educando.