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Missio Dei
La Misión de Dios
M1
Escuela Bíblica Reformada
De Esparza (EBRE)
por Juan Medendorp
Contenido
Introducción
I. La Misión
de Dios en la
Creación
A. La
Misión de Dios antes de la Creación
B. La
Misión de Dios en la Creación
C. La
Misión de Dios en la Creación del Hombre y Mujer
D. La Misión
de Dios en el Paraíso, el Jardín de Encantos
II. La Misión
de Dios en la
Caída
A. Lugar de la Redención en el Plan Eterno
B. El Origen del Pecado
C. Los Resultados del Pecado
D. La Misión
después de la Caída
III. La Misión
de Dios y el Pueblo de Israel
A. El Llamamiento de Abraham y los Patriarcas
(El Pacto con Abraham)
B. El Éxodo y el Nuevo Pueblo (El Pacto con Moisés)
C. El Reino de Israel y el Reino de Dios (El Pacto con David)
IV. La Misión
de Dios en Jesucristo
A. Jesucristo y el Pacto con David
B. Jesucristo y el Pacto con Moisés
C. Jesucristo y el Pacto con Abraham
D. Jesucristo y el Nuevo Pacto
E. El Comienzo del Cumplimiento(El Libro de los Hechos)
F. La Visión
Futura del Cumplimiento(Apocalipsis)
V. La Misión
de Dios y la
Iglesia
A. Evangelización
B. Discipulado
C. Servicio
D. Dominio
Conclusión

Introducción
¿Qué piensa usted al oír la palabra “misión”? ¿De una
institución? ¿De una persona, probablemente extranjera? Para muchos de
nosotros, misión es lo que hace la gente que viaja de país en país,
predicando el evangelio. Sin duda, eso es uno de los aspectos de la misión,
pero no es el único. En este folleto daremos una introducción al concepto
de la misión basándonos en los principios bíblicos. Después de haber leído
este libro, esperamos que su concepto de la misión sea ampliado para
incluir toda la obra de la iglesia, y también toda la obra de Dios. La
misión no es la tarea de algunos, sino de todos, porque es principalmente
la misión de Dios, como señalamos en el mismo título de este libro. Toda
misión debe ser parte de la gran misión de Dios, o terminará en nada.
La palabra “misión” deriva del verbo Latín mito, el cual
significa “mando, envío.” En cada acto de mandar hay tres
partes: él que manda, él que es mandado, y el propósito por el cual es
mandado. Cuando examinamos la misión de Dios, debemos entender que Dios
siempre es él que manda--a sí mismo en la persona de Cristo Jesús, o a
nosotros--para un propósito en particular. Misión implica, también,
distancia o separación. Si no existe esta distancia o separación, no
podemos hablar de misión. Pero la distancia no es necesariamente
geográfica. La distancia puede ser también cultural, económica, social,
religiosa o de algún otro tipo. En su sentido más sencillo, pues, la misión
es recorrer alguna distancia para cumplir con algún propósito mandado por
Dios.
Cuando hablamos de misión como evangélicos, hablamos de lo que Dios nos
manda o nos envía a hacer. Para poder entender lo que Dios nos manda a
hacer, debemos comenzar en el principio, con la misma creación. Y aun allí,
debemos tomar un paso más para atrás para hablar de los propósitos de Dios
antes de crear. ¿Porqué creó Dios el cielo y la tierra? ¿Cuál era su plan
cuando creó? Cuando entendemos la misión de Dios en su creación,
entenderemos también cual debe ser nuestra misión como iglesia. Sólo así
podemos asegurar que nuestras misiones tengan sentido y valor, porque son
parte de la misión de Dios.
I. La Misión de Dios en la Creación
Para
poder entender lo que es la misión de Dios, debemos comenzar con la
creación del mundo, porque es allí donde Dios primeramente revela sus
propósitos.
A. La Misión
de Dios antes de la
Creación
Cuando hablamos de la misión de Dios, debemos comenzar preguntando:
¿Porqué Dios creó? ¿Cuál era su propósito original? Porque podemos estar
seguros que Dios todavía pretende cumplir con ese propósito original. No es
fácil encontrar respuesta a esta pregunta. Pero hay dos cosas que debemos entender.
Primero, Dios no creó porque nos necesitaba. Dios es perfecto. En él no hay
ninguna falta. Su existencia es completa e incondicional. Nosotros no
podemos añadir nada a Dios que el no tiene ya, porque todas las cosas
proceden de Dios. Como dice Pablo cuando habló con los filósofos del
Areópago en Hechos 17:24-25,
Este es el Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él. Y como
es Señor del cielo y de la tierra, él no habita en templos hechos de manos,
ni es servido por manos humanas como si necesitase algo, porque él es quien
da a todos vida y aliento y todas las cosas.
Pues, debemos entender claramente que la creación del mundo no era para
suplir alguna necesidad en Dios.
Segundo, el amor de Dios es la única base adecuada para entender la creación
del mundo. A través de la historia, muchos han intentado entender los
propósitos de Dios en la creación. Obviamente, Dios no creó para sí mismo,
porque como ya vimos, Dios no necesita nada. Por otro lado, no podemos
decir que Dios creó para sus criaturas en general, ni tampoco para el ser
humano en particular, porque el fin de todas las cosas no puede residir en
la creación, sino debe residir en Dios. Dios debe ser ambos el principio y
el fin de todas las cosas como dice Jesucristo en Apocalipsis 22:13,
“Yo soy el Alfa y la
Omega, él primero y el último, el principio y el
fin." Todas las cosas comienzan y terminan en Dios.
¿Qué podría ser, entonces, lo que satisface los dos aspectos de
encontrar su fin en Dios sin añadir nada a Él? La respuesta se encuentra en
las pocas declaraciones bíblicas que indican algo de los propósitos de Dios
en la creación. Principal entre ellas es Isaías 43:7, “todos los
llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los
hice.” La creación es para la gloria de Dios. “Porque de él, y
por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos.
Amen” (Romanos 11:36).
Pero esto también puede parecer que da apoyo al error de pensar que a
Dios le falta algo, porque cuando hablamos así, parece que Dios está
buscando gloria de sus criaturas, como si necesitase gloria. Pero aquí hay
un mal entendimiento acerca la gloria de Dios. Si nos basamos en conceptos
humanos de gloria, caemos en la trampa de pensar que a Dios le gusta tener
grandes demostraciones de su poder y riqueza para que la gente le alabe. Si
así fuera, Dios sería tan egoísta como los peores de los reyes humanos, que
solo buscan ser admirados por los demás. La gloria de Dios no consiste en
estas cosas sino en el opuesto, en el amor sacrificial.
Es interesante ver donde aparece la gloria de Dios en la Biblia. Normalmente
se ve la gloria de Dios en relación con el tabernáculo o templo. Allí en el
medio del sistema sacrificial de Israel, la gloria de Dios es manifiesta. Y
sobre todo, la gloria de Dios se manifiesta en la persona de Jesucristo.
Juan 1:14 nos testifica acerca de esta gloria. “Y el verbo fue hecho
carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del
unigénito del Padre), lleno de gracia y verdad.” Además tenemos las
palabras de Jesús en Juan 12:23-28,
Y Jesús les respondió diciendo: -- Ha llegado la hora para que el Hijo
del Hombre sea glorificado.
De cierto, de cierto os digo que a menos que el grano de trigo caiga en la
tierra y muera, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. El que ama su
vida, la pierde; pero el que odia su vida en este mundo, para vida eterna
la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estoy, allí también
estará mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. Ahora está turbada
mi alma. ¿Qué diré: "Padre, sálvame de esta hora"? ¡Al contrario,
para esto he llegado a esta hora! Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino
una voz del cielo: "¡Ya lo he glorificado y lo glorificaré otra
vez!"
Aquí vemos claramente que Dios es glorificado en Jesucristo por medio de
su muerte sacrificial. Esto también explica porque Pedro podía decir en 1
Pedro 1:18-20,
Tened presente que habéis sido rescatados de vuestra vana manera de vivir,
la cual heredasteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro
o plata,
sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin
contaminación.
Él, a la verdad, fue destinado desde antes de la fundación del mundo, pero
ha sido manifestado en los últimos tiempos por causa de vosotros.
Jesucristo “fue destinado desde antes de la fundación del
mundo” a ser nuestro cordero sacrificial. Esto significa que los
propósitos de la redención residían ya en la mente de Dios antes de crear.
Allí se ve la gloria de Dios, en su amor sacrificial para con su creación.
La gloria de Dios es el fin de toda la creación, y Dios es glorificado
cuando sus criaturas, hechas en la imagen y semejanza de Dios, viven en
armonía a base de su amor sacrificial los unos con los otros. Dios en sí es
amor, nos dice 1 Juan 4:8. El Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
vive en una comunidad de amor sacrificial desde la eternidad. Esta es su
gran gloria, y es esta gloria que Dios desea manifestar en nosotros. Como
dice Pablo en Romanos 8:15-18,
El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que
somos hijos de Dios.
Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos
con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con
él seamos glorificados. Porque considero que los padecimientos del tiempo
presente no son dignos de comparar con la gloria que pronto nos ha de ser
revelada.
Cuando nosotros “padecemos juntamente con él,” practicando
así el amor sacrificial, la gloria de Dios es manifestada en nosotros, y
Dios es alabado. El amor de Dios es lo que dio origen a la creación, y
sigue siendo su destino.
B. La Misión
de Dios en la Creación
Con el propósito de hacer su gloria manifiesta por medio del amor sacrificial,
Dios creó al mundo. Y en el mismo acto de crear, podemos discernir en que
consiste ese amor: orden y vida. La historia de la creación se divide en
dos partes. En los primeros tres días (Génesis 1:1-13), Dios establece
orden en su creación. El establecimiento del orden es principalmente una
obra de separación. En su crear, Dios introduce elementos que hace posible
la vida. En el primer día, Dios crea la luz, y después separa la luz de las
tinieblas. He aquí el primer elemento del orden necesario para la
existencia de vida. Donde no hay luz, no hay vida. En el segundo día, Dios
separa las aguas de arriba de las aguas debajo por medio de una expansión.
Así Dios provee una atmósfera para que los seres vivientes pueden respirar.
En el tercer día, Dios separa los mares de tierra seca, para que las
criaturas tenga donde ponerse los pies. Vemos que Dios aquí comienza a
establecer el orden. Pero no termina la obra todavía. Dios permite que
queden las tinieblas. Dios permite que la expansión divide el cielo de la
tierra. Dios permite que el mar amenazador continúe. La creación introduce
los elementos del orden pero no los extiende completamente por toda la
creación.
Después de haber establecido este orden, Dios procede a poblar el orden
con los seres correspondientes (Génesis 1:14-27). En el cuarto día, Dios
crea las luces de día y de noche (aunque en este caso no podemos hablar
quizás de seres vivientes). En el quinto día, Dios puebla el agua debajo y
la atmósfera creados en el segundo día con peces y aves respectivamente. En
el sexto día Dios puebla la tierra seca con animales y seres humanos. Así,
en la creación, el amor de Dios se revela en el establecimiento de orden y
la producción de vida.
Pues, orden y vida llegan a ser la expresión creativa del amor de Dios, y
donde hay orden y vida, allí hay reposo.
C. La Misión
de Dios en la Creación
del Hombre y Mujer
Es interesante ver, también, como estos dos aspectos del amor creativo
de Dios se manifiestan en la bendición que Dios pronuncia sobre el hombre y
la mujer al crearlos. Génesis 1:28 nos relata esta primera bendición:
"Fructificad y multiplicad y llenad la tierra; sojuzgadla y
señoread en los peces del mar, las aves del cielo y todas las bestias que
se mueven sobre la tierra."
El hombre recibe en esta bendición una doble tarea: establecer orden
(sojuzgar, señorear) y producir vida (fructificar, multiplicar, y llenar la
tierra). Dios ahora invita al ser humano a participar en su amor creativo
por encomendarle la continuación de esa obra de creación. Y en esto el ser
humano encuentra su bendición.
Esto quiere decir que nosotros los seres humanos, cumplimos con la misión
de Dios cuando establecemos el orden de Dios--en nuestra vida, en nuestras
iglesias, en nuestras sociedades y en la creación. Pero en esto, el amor
sacrificial sigue siendo fundamental. No podemos establecer un orden
cualquier, sino es precisamente el orden de Dios, manifestado en su gran
sacrificio para sus criaturas, que encontramos la respuesta. Cuando
entendemos que todo orden procede de esta disposición básica, de amor
sacrificial, entenderemos también el secreto de la vida. Porque es
solamente a base de este amor que la vida es posible, y que abunda. Jesús
lo dijo claramente en Juan 10:10, “Yo he venido para que tengan vida,
y para que la tengan en abundancia.” El orden manifestado en la vida
y muerte de Jesús, caracterizado por su sacrificio continuo para su
creación, es el único orden que puede dar vida. Todo otro orden suprime y
quita la vida. El amor sacrificial permite que la vida abunda. Dios nos
llama a vivir este orden en nuestra relación con Él, en nuestra relación
con nuestro prójimo, y con nuestra relación con toda la creación. Solo así
veremos la vida eterna.
D. La Misión
de Dios en el Paraíso, el Jardín de Encantos
El huerto de Edén significa, literalmente, “el jardín de
encantos.” Dios creó al ser humano a participar en su amor, y por
medio de su amor, en su obra creadora. Al bendecir al ser humano, Dios le
entregó la tarea de establecer orden, y así también la vida, por medio del
amor sacrificial. En el huerto de Edén, vemos como esta bendición se
realizó. En Génesis 2:15 la
Biblia nos relata que el hombre es puesto en el jardín
“para que lo labrara y lo guardase.” Hay dos tareas dadas aquí
al ser humano en el huerto de Edén. Primero, el hombre debe
“labrar” el jardín. El verbo aquí en Hebreo tiene
principalmente el sentido de “servir.” El hombre es puesto en
la tierra para servirla. Aquí vemos otra vez la naturaleza del orden de
Dios. El orden de Dios deriva del amor sacrificial. Es un orden establecido
por el servicio--a Dios, al prójimo, a la creación. Este orden entonces
protege o “guarda” el ambiente de Dios, y permite la vida. Una
vez más vemos que la tarea del ser humano es establecer orden y vida por
medio del amor sacrificial que nos caracteriza como imagen y semejanza de
Dios.
II. La Misión
de Dios en la Caída
A pesar de que Dios vio todo lo que había creado y dijo que era
“bueno,” las cosas no quedaron así. Después de haberle provisto
al ser humano todo lo necesario para su vida, y después de haberlo invitado
a participar en comunión con él y a continuar su obra creadora en la
creación, el ser humano destruyó su propio paraíso, invitando a Satanás a
que entrare en él por medio de la desobediencia. Esa desobediencia causó
grave daño al ser humano, y por medio de él, a toda la creación. El pecado
había entrado en la creación, y como dice Romanos 6:23, la paga del pecado
es muerte.
A. Lugar de la
Redención en el Plan Eterno
Pero aun esto no pudo parar los planes de Dios para su creación. Dios en
su gran sabiduría contempló ya de ante mano las consecuencias que iban a
traer el pecado al mundo, y así ya de ante mano predestinó el remedio.
Porque la Biblia
nos relata que ya desde antes de la fundación del mundo, Dios estaba obrando
para lograr nuestra salvación. Efesios 1:4 dice que fuimos escogidos en
Cristo Jesús desde antes de la fundación del mundo para ser santos y sin
mancha. Pero esto implica redención. La redención de los escogidos era
parte del plan de Dios ya antes de la creación. En 2 Timoteo 1:9 vemos que
la gracia de Jesucristo nos fue dado antes del comienzo del tiempo. Esto
también muestra que la misericordia de Dios hacia el pecador tenía su
comienzo ya antes del principio. Y como ya vimos, 1 Pedro 1:20 nos relata
que Jesús fue destinado a ser nuestro cordero desde antes la fundación del
mundo. Pero si el pecado no fuera contemplado, tampoco necesitaríamos un
cordero. Dios sabe todas las cosas, del pasado, del presente y del futuro.
Y Dios supo también que el hombre caería, por eso predestinó nuestra
salvación desde antes de crear.
B. El Origen del Pecado
Dios estaba ya preparado para lo que después sucedió. El ser humano,
bajo la tentación del diablo, se alejó del amor sacrificial que Dios había
puesto como base de la creación, apartándose a la vez de la obra creativa
de orden y vida que Dios había dejado en sus manos. En lugar del amor
sacrificial vino la envidia y el egoísmo. En vez de orden y vida vino
desorden y muerte. Génesis 3:6 dice que el árbol del conocimiento del bien
y mal, del cual Dios había prohibido el comer y del cual ambos Adán y Eva
comieron en desobediencia a Dios, era “codiciable” para
alcanzar la sabiduría (Génesis 3:6). La palabra clave aquí es
“codiciable.” Esta misma palabra aparece en el décimo
mandamiento de Éxodo 20:17, que dice, "No codiciarás.” Codiciar
es querer algo que pertenece a otro. Pero al codiciar, no estamos pensando
en los otros sino en nosotros mismos. La codicia destruye el amor
sacrificial. Y así la base de la obra creativa de Dios fue amenazada por la
actitud indigna de su propia criatura. El egoísmo humano suplantó el amor
sacrificial de Dios y en vez de producir orden y vida produjo desorden y
muerte.
C. Los Resultados del Pecado
Los resultados del pecado eran inmediatos. El hombre y la mujer sintieron
vergüenza. Ya la relación de amor sacrificial que existía entre el hombre y
la mujer fue afectada por un sentimiento de vulnerabilidad que no permitía
una relación tan abierta y directa. Ya se sentían la necesidad de cubrirse,
de no revelarse, de esconderse del otro. Esta misma reacción fue evidente
en su relación con Dios. Cuando Dios llama a Adán y Eva, ellos se esconden
por temor. Pero como dice 1 Juan 4:18, “En el amor no hay temor, sino
que el perfecto amor echa fuera el temor.” De repente la ausencia del
amor sacrificial cambió la relación entre Dios y el ser humano de una
relación abierta y directa, a una relación marcada por la vergüenza y el
temor.
Al encontrar esta situación, Dios pronunció su veredicto sobre toda la
creación. Primero se dirige a la serpiente, a la que Dios maldice. Dios
pone enemistad entre la simiente de la serpiente, y la de la mujer (3:15).
La existencia humana sería marcada por una lucha continua entre la simiente
de la serpiente y la de la mujer. No es muy claro quien es la simiente de
la serpiente, pero probablemente esta frase refiere a todos aquellos que
descienden espiritualmente del diablo, sean demonios, sean espíritus
inmundos, sean los seres humanos bajo el dominio del diablo. Todos aquellos
estarán en lucha contra la simiente de la mujer. Otra vez no sabemos
exactamente quien es a la simiente de la mujer. Sin duda, implica la
simiente perfecta de ella, Cristo Jesús, el segundo Adán y el primogénito
de la nueva creación. Por eso, este pasaje (Génesis 3:15) muchas veces es
llamado el Protoevangelio, que significa, “el primer
evangelio,” porque esta es la primera vez que encontramos una promesa
explícita del redentor. Así que la simiente de la mujer es, en primer
lugar, Jesucristo, pero probablemente significa también todos aquellos que
son renacidos por él, es decir todos los creyentes. En esta lucha entre las
dos simientes, las fuerzas del diablo harán su daño, pero al final, la
simiente perfecta de la mujer, Jesucristo, tendrá la victoria, y los que
creen en él junto con él.
Después Dios se dirige a la mujer. Dolor en parto será su lote, y la
relación mutua que disfrutaba con su esposo sería marcado por dominio y
deseo en vez del amor sacrificial. Al final Dios se dirige al hombre, y
maldice la tierra por su causa. Desde ese momento en adelante, el hombre
tendría que ganar su pan por el sudor de su frente. Los días felices del
paraíso se cambiaron en días de angustia y afán. Así la rueda está
completa. Todas las relaciones perfectas, establecidas en el amor
sacrificial son rotas: la relación entre Dios y el ser humano, la relación
entre hombre y mujer, la relación entre el hombre y la creación. Todo queda
ahora bajo la nube oscura del pecado. El orden de Dios estaba suplantado y
con él, la vida también. El ser humano perdió su dominio sobre la creación,
y ese dominio pasó a las manos de la muerte.
D. La Misión
después de la Caída
Aunque la situación en la creación cambió después de que el pecado entró
en ella, la misión de Dios no cambió. Dios todavía pretende establecer
orden y vida por medio de su amor sacrificial, pero ahora debe cambiar de
táctica. El ser humano, en su estado pecaminoso, no puede llevar a cabo la
tarea que le fue dada en la bendición. No es capaz de adelantar los propósitos
de Dios. Esto es muy obvio en la situación que encontramos justo antes del
gran diluvio. La Biblia
nos relata que la tierra estaba llena de violencia (Génesis 6:11). ¡Cuan
lejos el hombre se encontraba de su propósito original, de establecer orden
y vida por medio del amor sacrificial! Habiendo mostrado su completa
incapacidad moral, el hombre es destruido por Dios por medio de un gran
diluvio que cubre la faz de la tierra. Solo Noé y su familia son salvados
por la gracia de Dios.
Cuando Noé y su familia salen del arca, Dios vuelve a bendecirlos. Esta
segunda bendición la encontramos en Génesis 8:22. "Fructificad,
multiplicaos y llenad la tierra.” Pero aquí falta la segunda parte de
la bendición. El hombre ya no tiene dominio sobre la creación. Este dominio
se ha entregado a otro príncipe, que reina en este mundo. El príncipe de la
destrucción. Sin embargo, Dios mismo, en su gran misericordia promete
mantener el orden en la creación. De este modo, Dios en su gran paciencia
permitió que el hombre pecaminoso continúe en la tierra delante de él,
hasta que viniera aquel que restauraría el dominio a la raza humana, el
Mesías, nuestro Jesús.
III. La Misión de Dios y el Pueblo de Israel
Después del nuevo comienzo que proveyó el diluvio, el hombre vuelve a hacer
el mal delante del Señor. Todo el mundo hablaba la misma lengua. Esto
permitió que la raza humana fuese unida. Pero en vez de usar esa unidad
para lograr los propósitos de Dios en la tierra, de establecer el orden y
vida a través del amor sacrificial, el ser humano utilizó su unidad para
lanzar un ataque contra el cielo. Los hombres se juntaron para construir
una torre que alcanzara al cielo, la morada de Dios. Así pensaban
engrandecer su nombre en la tierra. Pero Dios no pudo permitir que el
hombre se juntara a tal propósito. Así que Dios bajó y confundió las
lenguas para que el uno no entendiese al otro. Al encontrar sus lenguas
irreversiblemente confundidas, los hombre se dispersaron sobre la faz de la
tierra. Las naciones formaron, y el tribalismo garantizó que los hombres
nunca jamás se juntaran para hacer el mal. Sin embargo, la división del
mundo en naciones tampoco permitió que el hombre realizara el propósito de
Dios, de establecer orden y vida por medio del amor sacrificial. Todavía
quedó un plan para reunificar las naciones por medio del Espíritu Santo. Y
justo en el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo fue derramado
sobre los creyentes, vemos que Dios dio revés a la confusión de lenguas,
para que “cada uno los oía hablar en su propia lengua” (Hechos
2:6).
A. El Llamamiento de Abraham y los Patriarcas (El Pacto con
Abraham)
En medio de esta situación, Dios buscó la salida a través de acuerdos,
llamados “pactos,” hechos con el ser humano. El pacto fue la
forma común en los tiempos antiguos de formalizar un acuerdo entre dos
personas o partidos. El pacto pudo ser unilateral, cuando las promesas y
las condiciones eran impuestas por uno de los dos partidos. Esta situación
se presentó casi siempre cuando un soberano conquistó o libró a un pueblo.
Por haber asumido esta posición de autoridad sobre el pueblo, el soberano
tenía el derecho de imponerle las promesas y las condiciones de su
soberanía. Un pacto pudo ser también bilateral, cuando los dos partidos
entran mutuamente en el establecimiento de las promesas y las condiciones.
En la Biblia,
vemos claramente que los pactos son unilaterales. Dios pone las promesas y
Dios pone las condiciones. Esto nos muestra la naturaleza de la relación de
Dios al pueblo de Israel. Dios no entra en conversaciones bilaterales con
los representantes del pueblo de Israel, sino Dios actúa como soberano
conquistador. Dios es él que conquista o libra a su pueblo. Como soberano
absoluto, Dios mismo da sus promesas y establece las condiciones. La
redención es pura y completamente obra de Dios.
El primer pacto hecho es el pacto con Abraham. Abraham era residente en
la ciudad de Ur de los Caldeos. De allí se traslada a la ciudad de Padan
Aram, donde Dios llama a Abraham a salir de su pueblo y de su tierra para
ir a la tierra que Dios le mostraría. En el llamamiento de Abraham Dios
dice:
Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra
que te mostraré.
Yo haré de ti una gran nación. Te bendeciré y engrandeceré tu nombre, y
serás bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré. Y en ti
serán benditas todas las familias de la tierra. (Génesis 6:1-4)
Estas palabras importantísimas establecieron el pueblo de Israel y
abrieron el camino para el futuro Mesías.
Es importante notar aquí tres aspectos de este llamamiento de Abraham.
Primero, Dios es él que logra la grandeza para su siervo Abraham. Como
dice, “Te bendeciré y engrandeceré tu nombre.” En claro
contraste con los constructores de la torre de Babel, quienes querían engrandecer
su propio nombre, aquí vemos que Dios promete engrandecer el nombre de
Abraham. Segundo, la relación de las de más personas con la bendición de
Dios dependen de su relación con Abraham. Como tratan a Abraham, así
también serán tratados. Tercero, y más importante, Dios promete bendecir a
todas las naciones por medio de Abraham. Dios nunca pierde de la vista el
plan de establecer orden y vida en toda la raza humana. Si recordamos que
la primera bendición de Dios era de participar en el establecimiento de
orden y vida por medio del amor sacrificial, ya entendemos que todas las
naciones volverán a participar en esta bendición por medio de Abraham.
Abraham sería el punto de enlace entre las naciones y la bendición de Dios.
No hay otro camino por ahora sino por medio de Abraham y sus descendientes.
Pero eso implica que Abraham y sus descendientes tendrán una
responsabilidad inmensa, de hacer llegar la bendición de Dios a las
naciones.
Abraham obedeció a Dios, salió de su tierra, y fue a la tierra de Canaán.
Abraham creyó las promesas que Dios en su misericordia le había hecho, y
esto le fue contado por justicia. De allí Dios confirmó su pacto con
Abraham, especificándole que la tierra sería la herencia de su simiente.
Pero tan pronto que Dios termina de hacer pacto con Abraham, comienza el
juego. Abraham y Sara perdieron la confianza de que Dios les iba a proveer
un heredero, y tomaron las cosas en sus propios manos. Abraham se acuesta
con la sirvienta de Sara para así ayudarle un poco a Dios y engendrar el
heredero prometido. Pero el heredero verdadero no podía ser producto de
artimañas humanas, sino tenía que ser el verdadero hijo de la promesa, un
hijo milagroso proveído por Dios.
Pues, Dios rechaza a Ismael, el producto de la unión de Abraham y Agar, la
sirvienta de Sara, y en su lugar, les da un niño milagroso por medio del
vientre casi muerto de Sara. Para demostrar claramente la naturaleza del
pacto de la promesa, Dios demanda de Abraham la señal de la circuncisión.
En la circuncisión, el prepucio es quitado del órgano sexual del varón,
para mostrar claramente que los verdaderos herederos del pacto con Abraham
no nacen de la carne, sino del Espíritu de Dios (¡vea Gálatas 4:21-31!).
Así estableció, por medio de Abraham, su pacto con el pueblo de Israel,
para que ellos sean la fuente de bendición para todas las naciones del
mundo. Por medio de esta nación Dios establecería el orden divino entre los
seres humanos, y así proveería vida para el mundo.
B. El Éxodo y el Nuevo Pueblo (El Pacto con Moisés)
En pocas generaciones, los descendientes de Abraham, ahora la nación de
Israel, cayeron en la esclavitud en Egipto. Esto muestra una vez más la
incapacidad de los seres humanos de cumplir con la tarea que Dios ha
encomendado a la raza humana. Obviamente, bajo la esclavitud, no podían
cumplir con la tarea tan importante de ser una bendición para todas las
naciones. Pues, Dios volvió a llamar a su pueblo para sacarlo de la
esclavitud. Dios actuó con poder en esta situación para librar a su pueblo.
Él mandó diez plagas para romper el dominio del Faraón, gobernador de
Egipto. Así logró el gran éxodo de su pueblo, y según las promesas hechas a
Abraham, él buscó hacer de este pueblo una bendición para todas las
naciones.
Para comenzar el proceso de preparar un pueblo para establecer orden y
vida en el mundo, Dios hace nuevo pacto con el pueblo de Israel. Cuando el
pueblo estaba esperando el pacto de Dios al pie del monte de Sinaí, Dios
expresó su voluntad para con el pueblo de Israel, para así establecer su
orden entre ellos:
Ahora pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi pacto, seréis para
mí un pueblo especial entre todos los pueblos. Porque mía es toda la
tierra, y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación
santa." Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.
Dios demandó de su pueblo que vuelvan a la tarea original dada al ser
humano, para que cumplan con la misión que Dios como representantes de
todas las naciones. Así serían un “reino de sacerdotes.” Estas
palabras sencillas indican dos cosas importante y fundamental. Primero,
serán un reino. Esto implica dominio. El dominio fue perdido por el pecado
del ser humano, pero ahora puede volver por medio del cumplimiento del
pacto. El segundo es la santidad. La santidad viene a base de redención y
obediencia. En estas palabras, Dios comunica su intención de hacer del ser
humano el instrumento del orden divino, para así hacerle a la vez el canal
de la vida.
Dios pone la base de esta santidad cuando de su propia boca emite las
palabras de los diez mandamientos. Los diez mandamientos representan la ley
moral de Dios para todas las generaciones. Los que guarden esta ley, serán
santos delante del Señor, y la santidad es la fuerza que el ser humano
necesita para así cumplir con la misión de Dios de establecer orden y vida.
El pacto de la ley con Moisés, pues, fue una expresión de la perfecta
voluntad de Dios para con su pueblo. De esta manera, Dios señaló a su
pueblo el camino hacia la salvación y a la vez el cumplimiento de los
propósitos de Dios en el mundo. Por medio del cumplimiento de la ley,
Israel sería la nación por medio de la cual el dominio volvería al ser
humano para que pudiera establecer el orden de Dios en el mundo como fuente
de vida.
No era solamente para el beneficio del pueblo de Israel que fue establecido
este pacto. Es obvio que el propósito de Dios se extiende hacia todas las
naciones en versículos como Levítico 25:10... y pregonareis libertad en la
tierra a todos sus moradores... ¨ También se ve en el cuidado que se
extendía hacia con los extranjeros que vivían en medio del pueblo hebreo.
C. El Reino de Israel y el Reino de Dios (El Pacto con David)
Aunque los propósitos de Dios eran muy claros y sencillos en el pacto
con Moisés, otra vez más, el factor de la debilidad humana no permitió que
los propósitos sean cumplidos. Aunque Dios proveyó una ley específica y una
tierra prometida en la cual practicarla, el cumplimiento del pacto fue
diminuyéndose entre el pueblo de Israel. En la época de los jueces, la
situación se deterioró hasta el punto donde “cada uno hacía lo que
bien le parecía” (Jueces 21:25). Fue más y más evidente que aun en el
pueblo elegido faltaban los recursos espirituales para cumplir con los
propósitos de Dios. El mismo versículo de Jueces 21:25 nos explica porque:
“En estos días no había rey en Israel.” Con cada día fue más
claro que el pueblo de Dios necesitaba una cabeza, un representante, que no
sólo pudiera liderarles en los asuntos del pacto, sino que pudiera cumplir
el pacto por ellos. Estos deseos se enfocaron en el personaje del rey, un
rey que el pueblo deseaba y en verdad necesitaba, pero no como ellos
pensaron. No necesitaban un rey “como tienen todas las
naciones,” como pidió el pueblo en 1 Samuel 8:5, sino necesitaban un
rey divino, quien pudiera cumplir el pacto de Dios.
Después del fracaso del reino de Saúl, el primer rey de Israel, Dios
elige un rey según su propio corazón (1 Samuel 13:14) para así avanzar los
propósitos de su reino. En la persona de David, Dios se acerca una tercera
vez para hacer pacto con el pueblo de Israel.
En este tercer pacto, Dios promete al rey David que él levantaría de sus
entrañas un rey quien se sentaría sobre su trono. El reino de este
descendiente de David sería un reino eterno. Además, el rey sería el hijo
de Dios (2 Samuel 7:14). Con este nuevo pacto, Dios proveyó al pueblo de
Israel la promesa de un rey que cumpliría su pacto y que lideraría al
pueblo en sendas de justicia.
Cada nuevo pacto que Dios hizo con Israel no era para anular el pacto
anterior, sino, para confirmarlo. Es decir, el pacto con David era un medio
de cumplir con el pacto anterior de Moisés. El rey prometido sería aquel
que cumpliría y haría al pueblo cumplir con la ley de Dios. El pueblo, por
su lado, cumpliendo la ley de Dios, haría realidad el pacto hecho con
Abraham. Y al cumplir con el pacto con Abraham, cumplirían la misión de
Dios en la creación de establecer orden y así vida en toda la tierra.
De hecho, la extensión de la gracia de Dios hacia las naciones era parte
del propósito de Dios para la nación de Israel. Esto es un tema repetido y
dominante en el Antiguo Testamento. La posición de la Tierra Prometida,
en el puro centro del Mundo Antiguo y directamente encima de las rutas
principales de comercio entre África, Asia y Europa, sirve como muestra que
Dios quería que su Pueblo trate con el mundo. Según Isaías 49:6, no era
solamente para salvar este pueblo escogido, sino para que sea luz a las
naciones, para que sea salvación hasta lo postrero de la tierra. En Salmos
46 hasta 49, se encuentran versículos dirigidos a las naciones, los
pueblos, y los reyes de la tierra. En Salmo 67, las naciones reciben la
exhortación de alabar a Dios: TODOS los pueblos, hasta los términos de la
tierra! Y Salmo 96:10 nos manda, ¨ decid entre las naciones, Jehová reina!¨
Al cerrar el Antiguo Testamento, vemos que el rey prometido no llegó. Y
con cada generación, el deseo y la ansiedad para ver al rey justo
aumentaba. Oímos en la voz del profeta Isaías el ardor para el rey
venidero.
El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz. A los que habitaban en
la tierra de sombra de muerte, la luz les resplandeció. Le aumentaste la
gente y acrecentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran
en la siega, como se gozan cuando reparten el botín. Porque como en el día
de Madián, tú has quebrado el yugo que cargaba, la vara de su hombro y el
cetro del que lo oprime. Todo calzado del que marcha con estruendo y el
manto revolcado en sangre serán para quemar, pasto para el fuego. Porque un
niño nos es nacido, un hijo nos es dado, y el dominio estará sobre su
hombro. Se llamará su nombre: Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre
Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su dominio y la paz no tendrán fin
sobre el trono de David y sobre su reino, para afirmarlo y fortalecerlo con
derecho y con justicia, desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de
los Ejércitos hará esto. (Cap. 9)
El rey venidero restauraría el pueblo de Israel, pero a su vez sería una
luz para todas las naciones. Al rey venidero volvería el dominio perdido
por el humano pecaminoso, y él establecería orden y vida por toda la
tierra. Y así la misión de Dios se cumpliría, por medio de este rey de
gloria. ¿Quién sería el rey de gloria?
IV. La Misión de Dios en
Jesucristo
En un pesebre en Belén, nació un niño llamado Jesús. Pero su nacimiento
no fue un nacimiento cualquier. Al contrario, fue acompañado por señales y
mensajes divinos. Una virgen, llamado María, fue elegido para dar a luz a
un hijo varón, pero el hijo nacería por el poder del Espíritu Santo de Dios
y el santo ser sería el Hijo de Dios. Por igual, la profecía de Zacarías
proclamó que el niño se sentaría en el trono de David (Lucas 1:32) y que
cumpliría las promesas del santo pacto hecho por Dios con Abraham (1:73).
En Jesucristo nos es revelado quien es el rey de gloria que esperaban con
tanta ansiedad los antiguos profetas. Por fin la misión de Dios en la
creación, de establecer orden y vida en la creación por medio del dominio
del ser humano dada expresión en amor sacrificial, se cumpliría. Jesús
restauraría todas las cosas y nos pondría otra vez en el camino hacia la
bendición.
A. Jesucristo y el Pacto con David
Primero, vemos que Jesús cumplió las promesas hechas en el pacto de Dios
con David. Como vimos, Dios prometió que de sus entrañas saldría un hijo
varón quien se sentaría sobre su trono. Además, Dios establecería su reino
para siempre. Y así fue. Jesucristo es el descendiente de David (Mateo
1:6). El se sentó en el trono a la diestra de Dios (Hebreos 8:1), y todas
las cosas le han sido sujetadas (Efesios 1:20-22). Y su reino será para
siempre (Apocalipsis 11:15). En él fue restaurado el dominio sobre todas
las cosas (Mateo 28:18), porque sólo él vivió por el perfecto amor
sacrificial.
B. Jesucristo y el Pacto con Moisés
Jesucristo recibió el reino del padre porque cumplió perfectamente con su
voluntad. Jesucristo no vino a la tierra “para abrogar la ley o los
profetas, sino para cumplir” (Mateo 5:17). El “no conoció
pecado” (2 Corintios 5:21). Sólo Jesús guardó sin excepción ninguna
la ley de Dios. El “no hizo pecado, ni se halló engaño en su
boca” (1 Pedro 2:22). Jesucristo cumplió todas las condiciones del
pacto de Moisés, obedeciendo a Dios en todas las cosas, y así ganó por sí
mismo todas las bendiciones del pacto. Él reflejó puramente el orden de
Dios en santidad, para así llegar a ser la fuente de toda vida. Él fue rey,
y sacerdote (Hebreos 7:1-17). Así cuando oímos las palabras de Éxodo
19:5-6, “Si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros
seréis mi especial tesoro . . . y vosotros me seréis un reino de
sacerdotes,” entendemos que estas palabras encontraron su
cumplimiento en la persona de Jesús.
C. Jesucristo y el Pacto con Abraham
Pero como vimos antes, el pacto con David y el pacto con Moisés eran
establecido para cumplir con el pacto con Abraham. Y así fue. Jesucristo,
como rey y como fiel cumplidor del pacto, también recibió las promesas de
Abraham. Por medio de Jesús, todas las naciones reciben la bendición de
Dios. Como dice Gálatas 3:13-14:
Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros
maldición (porque está escrito: Maldito todo él que es colgado en un
madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los
gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.
La bendición viene por medio de orden y vida, dada expresión por medio del
amor sacrificial. Por medio de su amor, Jesús ahora nos llama a establecer
orden y vida en su creación. Y este amor nos llega ahora por medio del Espíritu
Santo de Jesús. Nosotros mismos faltamos la capacidad de cumplir la ley, de
establecer el orden de Dios, y de producir vida. Pero por medio del
Espíritu de Dios, dado a los que creen en Cristo Jesús, recibimos poder de
lo alto para llenar perfectamente los requisitos divinos en Cristo Jesús.
D. Jesucristo y el Nuevo Pacto
Jesús cumplió todas las condiciones de todos los pactos que Dios había
establecido con el ser humano, y a base de su cumplimiento perfecto, el ha
recibido todas las bendiciones de todos los pactos. Pero Jesús también
habla del “nuevo pacto” en Mateo 26:27, “Y tomando la
copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;
porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para
remisión de los pecados.” En el nuevo pacto, Jesús extiende las
bendiciones de todos los antiguos pactos a todos los que creen en él. Por
medio de Jesús nuestros pecados son perdonados y recibimos nueva vida.
Veamos ahora lo que esto implica para la iglesia.
E. El Comienzo del Cumplimiento de la Misión de Dios: el
Libro de Los Hechos
Los apóstoles, los recipientes directos de la Gran Comisión,
comenzaron a cumplir lo que era el propósito de Dios desde el principio,
pero que fue olvidado por el pueblo de Israel: la extensión de su reino y
su gloria por toda la tierra, a todos los habitantes. Al principio, los
mismos apóstoles no obedecieron la orden de “ir”. Se quedaron
en Jerusalén. Pero por causa de la persecución, salieron y predicaron el
evangelio en Judea, Samaria, y más allá. Y lo que les esperaba era una
sorpresa.
Pedro fue uno que fue sorprendido por la gracia de Dios hacia los
gentiles, cuando el centurión romano recibió el Espíritu Santo. El apóstol
no había contemplado esta posibilidad, que aun los gentiles iban a llegar a
formar parte del pueblo de Dios. Pero, en Hechos 10:17, dice, “Si
Dios pues les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído
en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?”
Éste es el tema dominante del libro de los Hechos: la extensión del
reino y la gloria de Dios a los gentiles, a pesar de objeciones de los
seguidores originales de Jesús. Se ve varias veces desde varios puntos,
pero todo sigue para cumplir este propósito. El apóstol Pablo se denomina
“el apóstol a los gentiles” luego de experimentar el rechazo de
los judíos, pueblo tras pueblo. Vea Hechos 13:46-49
Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la
verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto
que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos
volvemos a los gentiles. Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo:
‘Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para
salvación hasta lo último de la tierra.’(cita de Is.42:6 y 49:6) Los
gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor,
y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Y la palabra
del Señor se difundía por toda aquélla provincia.
Así sigue el libro de los Hechos, hasta el capítulo 28 en el cual
encontramos a Pablo en Roma, la cuidad capital del mundo conocido y del
imperio. Él estaba predicando, y el reino de Dios se extendía.
F. La
Visión Futura del Cumplimiento de la Misión de Dios: el
Libro de Apocalipsis
De qué manera mejor pudiera captar la visión y esplendor del plan de
Dios para su creación a través de la historia, excepto la que vemos en el
libro del cumplimiento, el libro de Apocalipsis. Aquí encontramos una
entrada, un vistazo de la realidad de lo que Dios tiene preparado para
realizar su misión. En el escenario incomparable del reino eterno de los
cielos, vemos este cumplimiento en su plenitud. Capítulo 7, versículos 9 y
adelante presenta “una gran multitud, la cual nadie podía contar, de
todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono
y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas...”
No debemos estar sorprendidos como fue Pedro al ver la escala y magnitud
del cumplimiento de Dios, porque no está lejos de la revelación del plan de
Dios a través de la
Biblia. Ya hemos visto la realidad de este plan en muchos
pasajes. En el contexto de la bendición futura del remanente del pueblo de
Israel, Isaías 66:18 y continuación explica la bendición futura que Dios
tenía preparada para las naciones. “Tiempo vendrá para juntar a todas
las naciones y lenguas; y vendrán y verán mi gloria. Y pondré entre ellos
señal, y enviaré de los escapados de ellos a las naciones, a Tarsis, a Fut
y Lud,... a las costas lejanas que no oyeron de mí, ni vieron mi gloria; y
publicarán mi gloria entre las naciones.”
V. La Misión de Dios y la Iglesia
Jesús cumplió con todos los pactos del Antiguo Testamento, y ahora
extiende a los creyentes las bendiciones implícitas en ellos. Jesús ha
comenzado la restauración de todas las cosas por medio de sí mismo:
por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio
de El reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la Tierra como las que
están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.
(Colosenses 1:19-20)
En Jesús, nosotros nos vemos restaurado a nuestra misión original, la cual
nos fue dado por Dios en la creación. En este proceso de renovación vemos
envueltos varios pasos, en los cuales nosotros, como miembros del cuerpo de
Cristo, participamos también.
A. La
Evangelización
Obviamente, la primera misión de la iglesia es la evangelización.
Evangelización quiere decir la simple proclamación de las buenas nuevas que
Jesús salva a los pecadores. Nosotros debemos ser incansables en esta
tarea. Las naciones están bajo el dominio del Diablo. Sin la liberación de
este dominio el ser humano siempre será incapaz de cumplir con la misión de
Dios. Solo por medio de la salvación que ofrece Jesucristo podemos salir de
la esclavitud del pecado para así comenzar a vivir vidas que muestran el
orden de Dios, y así llegan a ser fuentes de vida.
La evangelización es nuestra primera tarea, y no podemos descansar hasta
que hemos alcanzado todas las naciones. Jesús nos mandó: “Id por todo
el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere
bautizado, será salvo; mas él que no creyere, será condenado” (Marcos
16:16). Esta la denominada GRAN Comisión se repite en diferentes formas en
los cuatro Evangelios y también en el libro de los Hechos. Se ve como un
tema importante de la enseñanza de Jesucristo, y un trabajo permanente y
continuador de sus representantes a quienes él dejó para seguir con la
misión
La evangelización se cumple de dos modos: yendo, como dice Jesús en Mateo
28:19, y también predicando en nuestras iglesias. Es importante que el
evangelio sea escuchado en los sitios más oscuros de este mundo, porque
sólo Jesús tiene el poder de romper las cadenas de la esclavitud al pecado
y ponernos otra vez en el camino hacia la bendición. La Iglesia debe ser
creativa en los usos de medios para así asegurar que todos oyen la voz de
Dios.
B. Discipulando
Lamentablemente, muchas de nuestras iglesias piensan que la misión
termina con la evangelización, pero la misión de Dios no termina allí. Como
hemos visto a lo largo de este estudio, la misión de Dios es mucho más
amplia que esta. Dios nos ha creado para que tengamos dominio por medio del
amor sacrificial. De ese modo llegamos a ser instrumentos de orden y vida
en esta creación.
Nosotros evangelizamos para librar a los presos del pecado. Pero la
liberación no es el último paso, sino el primer paso en la misión de Dios.
Volviendo a las palabras de Jesús en el último capítulo de Mateo, vemos que
Jesús pide de sus discípulos que hagan discípulos de todas las naciones.
Después Jesús define esta tarea con dos aspectos. Primero, los discípulos
deben bautizar en el nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Este
es el arrepentimiento del pecado y el renacimiento del amor sacrificial en
el ser humano en el nombre del Dios trino, quien existe en comunión
perfecta. Segundo, Jesús pide que enseñen a guardar todas las cosas que él
les había mandado. Después de establecer la base del amor perfecto, los
discípulos deben inculcar el orden de Dios en los corazones de los
creyentes para que puedan ser fuentes de vida.
Nuestras iglesias deben ser escuelas de Jesucristo, donde nosotros
enseñamos el orden de Dios en todas las áreas de la vida. Nunca podemos
dejar de predicar el evangelio, pero el evangelio tiene implicaciones para
toda la vida. El orden de Dios debe establecerse en nuestras vidas
económicas, nuestras vidas políticas, nuestras vidas sociales, nuestras
relaciones sexuales, nuestras relaciones familiares, nuestras vidas laborales.
Toda esta creación pertenece a Dios, y todo ha sido puesto debajo del
dominio de Jesucristo. Nosotros, como iglesias, debemos usar la enseñanza
para establecer el orden de Dios en todo aspecto de la vida del creyente,
para que ellos pueden llegar a tener el poder de la vida en sí.
C. Servicio
Cuando establecemos el orden de Dios en las vidas de los creyentes esto
nos hace pasar a la próxima tarea de la iglesia, que es ser la luz del
mundo y la sal de la tierra (Mateo 5:13 y 14). Una vez que llevamos la palabra
de Dios dentro de nosotros, esta palabra nos da orientación a toda la vida.
Ya tenemos el orden de Dios en nuestro ser, tenemos su ley escrita en
nuestros corazones (Jeremías 31:33). Esto implica que nosotros, los
creyentes en Cristo Jesús, dotados con su Espíritu Santo, somos los que
podemos aportar las soluciones a todo problema humano.
Si tu vecino tiene hambre, tu le darás pan. Si tu vecino es hambriento,
tu le debes dar el pan de la vida también. No debemos escondernos de la
sociedad. No debemos escaparnos de la creación. No debemos sentarnos en las
iglesias esperando el fin. Cuando llegue la gran tribulación tendremos
derecho de buscar el arca que nos hace escapar el juicio. Pero mientras
tanto, Dios nos ha mandado al mundo para ser su luz y sal.
La iglesia debe estar al frente de la sociedad. La iglesia debe tomar el
liderazgo en las resoluciones de los problemas que nos azotan como raza
humana. Nosotros debemos modelar al mundo sumergido en el egoísmo el poder
del amor sacrificial. La mayoría del trabajo de la iglesia queda fuera de
sus paredes. Como dice Pablo, debemos ser “irreprensibles y
sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y
perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo.”
¡Que Dios nos ayude a ser los luminares de nuestra sociedad!
D. Dominio
Pero el hombre fue creado para el dominio. El dominio no implica, como
hemos visto desde la creación, opresión y violencia, sino amor sacrificial.
Así el ser humano logra tener el dominio sobre toda la creación. Nosotros
seguimos en pos de Jesús, quien
Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de
cruz, por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre
que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda
rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la
tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de
Dios Padre. (Filipenses 2:8-11)
Jesucristo se humilló, tomando forma de siervo, pero así conquistó el
pecado y la muerte. Ahora todas las cosas están sujetas a él. Nuestro
dominio no se basa en los medios de poder disponible en este mundo, porque
“no es con ejercito, ni con fuerza, más con mi Espíritu, ha dicho
Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). Nuestro poder se basa en el
amor incomprensible de Dios. En Jesucristo el dominio ha sido restaurado a
la raza humana. En él comenzamos ya a reinar. Porque él nos hizo reyes y
sacerdotes (Apocalipsis 1:6) y nos hizo sentar juntamente con él en los
lugares celestiales (Efesios 2:6), según los deseos de Dios expresados en
Éxodo 19:6. Ahora, toda la creación gime a uno esperando nuestra
manifestación (Romanos 8:19,22). En el nombre de Jesús, comencemos ya a
reinar y establecer por medio del amor sacrificial el orden y vida de Dios
en toda la creación.
Conclusión
Al comienzo de este estudio, vimos como Dios estableció orden en su
creación y a base de ese orden también la vida. Dijimos también que la base
de ese orden es el amor sacrificial, el cual debe dominar nuestras vidas.
Al final del libro de Apocalipsis Dios nos da una breve vista del estado
final. Hay tres notas importantes en esta descripción. Primero, no habrá
más tinieblas (Apocalipsis 21:25). De este modo Dios completa el orden
comenzado en el primer día de la creación. Segundo, el Jerusalén celestial
descenderá a la tierra (21:2), así eliminando la división del segundo día.
Tercero, no habrá más mar (21:1) así completando la obra del tercer día. En
el reino celestial, la obra del orden de Dios estará completa y perfecta, y
la vida será eterna. Esperamos con ansiedad ese universo renovado. Y
mientras tanto obramos en la misión de Dios, estableciendo orden y vida por
medio del amor sacrificial.
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