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Estudios
Bíblicos - Temas Varios Missio Dei por Juan Medendorp Contenido
I.
II.
III.
IV.
V.
Conclusión
¿Qué piensa usted al oír la palabra “misión”? ¿De una institución? ¿De una persona, probablemente extranjera? Para muchos de nosotros, misión es lo que hace la gente que viaja de país en país, predicando el evangelio. Sin duda, eso es uno de los aspectos de la misión, pero no es el único. En este folleto daremos una introducción al concepto de la misión basándonos en los principios bíblicos. Después de haber leído este libro, esperamos que su concepto de la misión sea ampliado para incluir toda la obra de la iglesia, y también toda la obra de Dios. La misión no es la tarea de algunos, sino de todos, porque es principalmente la misión de Dios, como señalamos en el mismo título de este libro. Toda misión debe ser parte de la gran misión de Dios, o terminará en nada. La palabra “misión” deriva del verbo Latín mito, el cual significa “mando, envío.” En cada acto de mandar hay tres partes: él que manda, él que es mandado, y el propósito por el cual es mandado. Cuando examinamos la misión de Dios, debemos entender que Dios siempre es él que manda--a sí mismo en la persona de Cristo Jesús, o a nosotros--para un propósito en particular. Misión implica, también, distancia o separación. Si no existe esta distancia o separación, no podemos hablar de misión. Pero la distancia no es necesariamente geográfica. La distancia puede ser también cultural, económica, social, religiosa o de algún otro tipo. En su sentido más sencillo, pues, la misión es recorrer alguna distancia para cumplir con algún propósito mandado por Dios. Cuando hablamos de misión como evangélicos, hablamos de lo que Dios nos manda o nos envía a hacer. Para poder entender lo que Dios nos manda a hacer, debemos comenzar en el principio, con la misma creación. Y aun allí, debemos tomar un paso más para atrás para hablar de los propósitos de Dios antes de crear. ¿Porqué creó Dios el cielo y la tierra? ¿Cuál era su plan cuando creó? Cuando entendemos la misión de Dios en su creación, entenderemos también cual debe ser nuestra misión como iglesia. Sólo así podemos asegurar que nuestras misiones tengan sentido y valor, porque son parte de la misión de Dios. I.
A.
Cuando hablamos de la misión de Dios, debemos comenzar preguntando:
¿Porqué Dios creó? ¿Cuál era su propósito original? Porque podemos estar
seguros que Dios todavía pretende cumplir con ese propósito original. No es
fácil encontrar respuesta a esta pregunta. Pero hay dos cosas que debemos entender.
Primero, Dios no creó porque nos necesitaba. Dios es perfecto. En él no hay
ninguna falta. Su existencia es completa e incondicional. Nosotros no
podemos añadir nada a Dios que el no tiene ya, porque todas las cosas
proceden de Dios. Como dice Pablo cuando habló con los filósofos del
Areópago en Hechos 17:24-25, Pues, debemos entender claramente que la creación del mundo no era para suplir alguna necesidad en Dios.
¿Qué podría ser, entonces, lo que satisface los dos aspectos de encontrar su fin en Dios sin añadir nada a Él? La respuesta se encuentra en las pocas declaraciones bíblicas que indican algo de los propósitos de Dios en la creación. Principal entre ellas es Isaías 43:7, “todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice.” La creación es para la gloria de Dios. “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amen” (Romanos 11:36). Pero esto también puede parecer que da apoyo al error de pensar que a
Dios le falta algo, porque cuando hablamos así, parece que Dios está
buscando gloria de sus criaturas, como si necesitase gloria. Pero aquí hay
un mal entendimiento acerca la gloria de Dios. Si nos basamos en conceptos
humanos de gloria, caemos en la trampa de pensar que a Dios le gusta tener
grandes demostraciones de su poder y riqueza para que la gente le alabe. Si
así fuera, Dios sería tan egoísta como los peores de los reyes humanos, que
solo buscan ser admirados por los demás. La gloria de Dios no consiste en
estas cosas sino en el opuesto, en el amor sacrificial. Y Jesús les respondió diciendo: -- Ha llegado la hora para que el Hijo
del Hombre sea glorificado. Aquí vemos claramente que Dios es glorificado en Jesucristo por medio de
su muerte sacrificial. Esto también explica porque Pedro podía decir en 1
Pedro 1:18-20, Jesucristo “fue destinado desde antes de la fundación del mundo” a ser nuestro cordero sacrificial. Esto significa que los propósitos de la redención residían ya en la mente de Dios antes de crear.
El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que
somos hijos de Dios. Cuando nosotros “padecemos juntamente con él,” practicando así el amor sacrificial, la gloria de Dios es manifestada en nosotros, y Dios es alabado. El amor de Dios es lo que dio origen a la creación, y sigue siendo su destino. B.
Después de haber establecido este orden, Dios procede a poblar el orden
con los seres correspondientes (Génesis 1:14-27). En el cuarto día, Dios
crea las luces de día y de noche (aunque en este caso no podemos hablar
quizás de seres vivientes). En el quinto día, Dios puebla el agua debajo y
la atmósfera creados en el segundo día con peces y aves respectivamente. En
el sexto día Dios puebla la tierra seca con animales y seres humanos. Así,
en la creación, el amor de Dios se revela en el establecimiento de orden y
la producción de vida. C.
Es interesante ver, también, como estos dos aspectos del amor creativo de Dios se manifiestan en la bendición que Dios pronuncia sobre el hombre y la mujer al crearlos. Génesis 1:28 nos relata esta primera bendición: "Fructificad y multiplicad y llenad la tierra; sojuzgadla y señoread en los peces del mar, las aves del cielo y todas las bestias que se mueven sobre la tierra." El hombre recibe en esta bendición una doble tarea: establecer orden (sojuzgar, señorear) y producir vida (fructificar, multiplicar, y llenar la tierra). Dios ahora invita al ser humano a participar en su amor creativo por encomendarle la continuación de esa obra de creación. Y en esto el ser humano encuentra su bendición.
D.
El huerto de Edén significa, literalmente, “el jardín de
encantos.” Dios creó al ser humano a participar en su amor, y por
medio de su amor, en su obra creadora. Al bendecir al ser humano, Dios le
entregó la tarea de establecer orden, y así también la vida, por medio del
amor sacrificial. En el huerto de Edén, vemos como esta bendición se
realizó. En Génesis 2:15
A pesar de que Dios vio todo lo que había creado y dijo que era “bueno,” las cosas no quedaron así. Después de haberle provisto al ser humano todo lo necesario para su vida, y después de haberlo invitado a participar en comunión con él y a continuar su obra creadora en la creación, el ser humano destruyó su propio paraíso, invitando a Satanás a que entrare en él por medio de la desobediencia. Esa desobediencia causó grave daño al ser humano, y por medio de él, a toda la creación. El pecado había entrado en la creación, y como dice Romanos 6:23, la paga del pecado es muerte. A. Lugar de
Pero aun esto no pudo parar los planes de Dios para su creación. Dios en
su gran sabiduría contempló ya de ante mano las consecuencias que iban a
traer el pecado al mundo, y así ya de ante mano predestinó el remedio.
Porque
Dios estaba ya preparado para lo que después sucedió. El ser humano, bajo la tentación del diablo, se alejó del amor sacrificial que Dios había puesto como base de la creación, apartándose a la vez de la obra creativa de orden y vida que Dios había dejado en sus manos. En lugar del amor sacrificial vino la envidia y el egoísmo. En vez de orden y vida vino desorden y muerte. Génesis 3:6 dice que el árbol del conocimiento del bien y mal, del cual Dios había prohibido el comer y del cual ambos Adán y Eva comieron en desobediencia a Dios, era “codiciable” para alcanzar la sabiduría (Génesis 3:6). La palabra clave aquí es “codiciable.” Esta misma palabra aparece en el décimo mandamiento de Éxodo 20:17, que dice, "No codiciarás.” Codiciar es querer algo que pertenece a otro. Pero al codiciar, no estamos pensando en los otros sino en nosotros mismos. La codicia destruye el amor sacrificial. Y así la base de la obra creativa de Dios fue amenazada por la actitud indigna de su propia criatura. El egoísmo humano suplantó el amor sacrificial de Dios y en vez de producir orden y vida produjo desorden y muerte. C. Los Resultados del Pecado
Al encontrar esta situación, Dios pronunció su veredicto sobre toda la creación. Primero se dirige a la serpiente, a la que Dios maldice. Dios pone enemistad entre la simiente de la serpiente, y la de la mujer (3:15). La existencia humana sería marcada por una lucha continua entre la simiente de la serpiente y la de la mujer. No es muy claro quien es la simiente de la serpiente, pero probablemente esta frase refiere a todos aquellos que descienden espiritualmente del diablo, sean demonios, sean espíritus inmundos, sean los seres humanos bajo el dominio del diablo. Todos aquellos estarán en lucha contra la simiente de la mujer. Otra vez no sabemos exactamente quien es a la simiente de la mujer. Sin duda, implica la simiente perfecta de ella, Cristo Jesús, el segundo Adán y el primogénito de la nueva creación. Por eso, este pasaje (Génesis 3:15) muchas veces es llamado el Protoevangelio, que significa, “el primer evangelio,” porque esta es la primera vez que encontramos una promesa explícita del redentor. Así que la simiente de la mujer es, en primer lugar, Jesucristo, pero probablemente significa también todos aquellos que son renacidos por él, es decir todos los creyentes. En esta lucha entre las dos simientes, las fuerzas del diablo harán su daño, pero al final, la simiente perfecta de la mujer, Jesucristo, tendrá la victoria, y los que creen en él junto con él.
D.
Aunque la situación en la creación cambió después de que el pecado entró
en ella, la misión de Dios no cambió. Dios todavía pretende establecer
orden y vida por medio de su amor sacrificial, pero ahora debe cambiar de
táctica. El ser humano, en su estado pecaminoso, no puede llevar a cabo la
tarea que le fue dada en la bendición. No es capaz de adelantar los propósitos
de Dios. Esto es muy obvio en la situación que encontramos justo antes del
gran diluvio.
Cuando Noé y su familia salen del arca, Dios vuelve a bendecirlos. Esta segunda bendición la encontramos en Génesis 8:22. "Fructificad, multiplicaos y llenad la tierra.” Pero aquí falta la segunda parte de la bendición. El hombre ya no tiene dominio sobre la creación. Este dominio se ha entregado a otro príncipe, que reina en este mundo. El príncipe de la destrucción. Sin embargo, Dios mismo, en su gran misericordia promete mantener el orden en la creación. De este modo, Dios en su gran paciencia permitió que el hombre pecaminoso continúe en la tierra delante de él, hasta que viniera aquel que restauraría el dominio a la raza humana, el Mesías, nuestro Jesús.
Después del nuevo comienzo que proveyó el diluvio, el hombre vuelve a hacer el mal delante del Señor. Todo el mundo hablaba la misma lengua. Esto permitió que la raza humana fuese unida. Pero en vez de usar esa unidad para lograr los propósitos de Dios en la tierra, de establecer el orden y vida a través del amor sacrificial, el ser humano utilizó su unidad para lanzar un ataque contra el cielo. Los hombres se juntaron para construir una torre que alcanzara al cielo, la morada de Dios. Así pensaban engrandecer su nombre en la tierra. Pero Dios no pudo permitir que el hombre se juntara a tal propósito. Así que Dios bajó y confundió las lenguas para que el uno no entendiese al otro. Al encontrar sus lenguas irreversiblemente confundidas, los hombre se dispersaron sobre la faz de la tierra. Las naciones formaron, y el tribalismo garantizó que los hombres nunca jamás se juntaran para hacer el mal. Sin embargo, la división del mundo en naciones tampoco permitió que el hombre realizara el propósito de Dios, de establecer orden y vida por medio del amor sacrificial. Todavía quedó un plan para reunificar las naciones por medio del Espíritu Santo. Y justo en el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre los creyentes, vemos que Dios dio revés a la confusión de lenguas, para que “cada uno los oía hablar en su propia lengua” (Hechos 2:6). A. El Llamamiento de Abraham y los Patriarcas (El Pacto con Abraham)
En
El primer pacto hecho es el pacto con Abraham. Abraham era residente en la ciudad de Ur de los Caldeos. De allí se traslada a la ciudad de Padan Aram, donde Dios llama a Abraham a salir de su pueblo y de su tierra para ir a la tierra que Dios le mostraría. En el llamamiento de Abraham Dios dice: Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra
que te mostraré. Estas palabras importantísimas establecieron el pueblo de Israel y abrieron el camino para el futuro Mesías.
Abraham obedeció a Dios, salió de su tierra, y fue a la tierra de Canaán. Abraham creyó las promesas que Dios en su misericordia le había hecho, y esto le fue contado por justicia. De allí Dios confirmó su pacto con Abraham, especificándole que la tierra sería la herencia de su simiente. Pero tan pronto que Dios termina de hacer pacto con Abraham, comienza el juego. Abraham y Sara perdieron la confianza de que Dios les iba a proveer un heredero, y tomaron las cosas en sus propios manos. Abraham se acuesta con la sirvienta de Sara para así ayudarle un poco a Dios y engendrar el heredero prometido. Pero el heredero verdadero no podía ser producto de artimañas humanas, sino tenía que ser el verdadero hijo de la promesa, un hijo milagroso proveído por Dios.
B. El Éxodo y el Nuevo Pueblo (El Pacto con Moisés) En pocas generaciones, los descendientes de Abraham, ahora la nación de Israel, cayeron en la esclavitud en Egipto. Esto muestra una vez más la incapacidad de los seres humanos de cumplir con la tarea que Dios ha encomendado a la raza humana. Obviamente, bajo la esclavitud, no podían cumplir con la tarea tan importante de ser una bendición para todas las naciones. Pues, Dios volvió a llamar a su pueblo para sacarlo de la esclavitud. Dios actuó con poder en esta situación para librar a su pueblo. Él mandó diez plagas para romper el dominio del Faraón, gobernador de Egipto. Así logró el gran éxodo de su pueblo, y según las promesas hechas a Abraham, él buscó hacer de este pueblo una bendición para todas las naciones. Para comenzar el proceso de preparar un pueblo para establecer orden y vida en el mundo, Dios hace nuevo pacto con el pueblo de Israel. Cuando el pueblo estaba esperando el pacto de Dios al pie del monte de Sinaí, Dios expresó su voluntad para con el pueblo de Israel, para así establecer su orden entre ellos:
Dios demandó de su pueblo que vuelvan a la tarea original dada al ser humano, para que cumplan con la misión que Dios como representantes de todas las naciones. Así serían un “reino de sacerdotes.” Estas palabras sencillas indican dos cosas importante y fundamental. Primero, serán un reino. Esto implica dominio. El dominio fue perdido por el pecado del ser humano, pero ahora puede volver por medio del cumplimiento del pacto. El segundo es la santidad. La santidad viene a base de redención y obediencia. En estas palabras, Dios comunica su intención de hacer del ser humano el instrumento del orden divino, para así hacerle a la vez el canal de la vida. Dios pone la base de esta santidad cuando de su propia boca emite las palabras de los diez mandamientos. Los diez mandamientos representan la ley moral de Dios para todas las generaciones. Los que guarden esta ley, serán santos delante del Señor, y la santidad es la fuerza que el ser humano necesita para así cumplir con la misión de Dios de establecer orden y vida. El pacto de la ley con Moisés, pues, fue una expresión de la perfecta voluntad de Dios para con su pueblo. De esta manera, Dios señaló a su pueblo el camino hacia la salvación y a la vez el cumplimiento de los propósitos de Dios en el mundo. Por medio del cumplimiento de la ley, Israel sería la nación por medio de la cual el dominio volvería al ser humano para que pudiera establecer el orden de Dios en el mundo como fuente de vida.
C. El Reino de Israel y el Reino de Dios (El Pacto con David) Aunque los propósitos de Dios eran muy claros y sencillos en el pacto con Moisés, otra vez más, el factor de la debilidad humana no permitió que los propósitos sean cumplidos. Aunque Dios proveyó una ley específica y una tierra prometida en la cual practicarla, el cumplimiento del pacto fue diminuyéndose entre el pueblo de Israel. En la época de los jueces, la situación se deterioró hasta el punto donde “cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 21:25). Fue más y más evidente que aun en el pueblo elegido faltaban los recursos espirituales para cumplir con los propósitos de Dios. El mismo versículo de Jueces 21:25 nos explica porque: “En estos días no había rey en Israel.” Con cada día fue más claro que el pueblo de Dios necesitaba una cabeza, un representante, que no sólo pudiera liderarles en los asuntos del pacto, sino que pudiera cumplir el pacto por ellos. Estos deseos se enfocaron en el personaje del rey, un rey que el pueblo deseaba y en verdad necesitaba, pero no como ellos pensaron. No necesitaban un rey “como tienen todas las naciones,” como pidió el pueblo en 1 Samuel 8:5, sino necesitaban un rey divino, quien pudiera cumplir el pacto de Dios. Después del fracaso del reino de Saúl, el primer rey de Israel, Dios elige un rey según su propio corazón (1 Samuel 13:14) para así avanzar los propósitos de su reino. En la persona de David, Dios se acerca una tercera vez para hacer pacto con el pueblo de Israel.
Cada nuevo pacto que Dios hizo con Israel no era para anular el pacto anterior, sino, para confirmarlo. Es decir, el pacto con David era un medio de cumplir con el pacto anterior de Moisés. El rey prometido sería aquel que cumpliría y haría al pueblo cumplir con la ley de Dios. El pueblo, por su lado, cumpliendo la ley de Dios, haría realidad el pacto hecho con Abraham. Y al cumplir con el pacto con Abraham, cumplirían la misión de Dios en la creación de establecer orden y así vida en toda la tierra. De hecho, la extensión de la gracia de Dios hacia las naciones era parte
del propósito de Dios para la nación de Israel. Esto es un tema repetido y
dominante en el Antiguo Testamento. La posición de
Al cerrar el Antiguo Testamento, vemos que el rey prometido no llegó. Y
con cada generación, el deseo y la ansiedad para ver al rey justo
aumentaba. Oímos en la voz del profeta Isaías el ardor para el rey
venidero. El rey venidero restauraría el pueblo de Israel, pero a su vez sería una luz para todas las naciones. Al rey venidero volvería el dominio perdido por el humano pecaminoso, y él establecería orden y vida por toda la tierra. Y así la misión de Dios se cumpliría, por medio de este rey de gloria. ¿Quién sería el rey de gloria? IV.
En un pesebre en Belén, nació un niño llamado Jesús. Pero su nacimiento no fue un nacimiento cualquier. Al contrario, fue acompañado por señales y mensajes divinos. Una virgen, llamado María, fue elegido para dar a luz a un hijo varón, pero el hijo nacería por el poder del Espíritu Santo de Dios y el santo ser sería el Hijo de Dios. Por igual, la profecía de Zacarías proclamó que el niño se sentaría en el trono de David (Lucas 1:32) y que cumpliría las promesas del santo pacto hecho por Dios con Abraham (1:73). En Jesucristo nos es revelado quien es el rey de gloria que esperaban con tanta ansiedad los antiguos profetas. Por fin la misión de Dios en la creación, de establecer orden y vida en la creación por medio del dominio del ser humano dada expresión en amor sacrificial, se cumpliría. Jesús restauraría todas las cosas y nos pondría otra vez en el camino hacia la bendición. A. Jesucristo y el Pacto con David Primero, vemos que Jesús cumplió las promesas hechas en el pacto de Dios con David. Como vimos, Dios prometió que de sus entrañas saldría un hijo varón quien se sentaría sobre su trono. Además, Dios establecería su reino para siempre. Y así fue. Jesucristo es el descendiente de David (Mateo 1:6). El se sentó en el trono a la diestra de Dios (Hebreos 8:1), y todas las cosas le han sido sujetadas (Efesios 1:20-22). Y su reino será para siempre (Apocalipsis 11:15). En él fue restaurado el dominio sobre todas las cosas (Mateo 28:18), porque sólo él vivió por el perfecto amor sacrificial. B. Jesucristo y el Pacto con Moisés
C. Jesucristo y el Pacto con Abraham Pero como vimos antes, el pacto con David y el pacto con Moisés eran establecido para cumplir con el pacto con Abraham. Y así fue. Jesucristo, como rey y como fiel cumplidor del pacto, también recibió las promesas de Abraham. Por medio de Jesús, todas las naciones reciben la bendición de Dios. Como dice Gálatas 3:13-14: Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo él que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.
D. Jesucristo y el Nuevo Pacto Jesús cumplió todas las condiciones de todos los pactos que Dios había
establecido con el ser humano, y a base de su cumplimiento perfecto, el ha
recibido todas las bendiciones de todos los pactos. Pero Jesús también
habla del “nuevo pacto” en Mateo 26:27, “Y tomando la
copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;
porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para
remisión de los pecados.” En el nuevo pacto, Jesús extiende las
bendiciones de todos los antiguos pactos a todos los que creen en él. Por
medio de Jesús nuestros pecados son perdonados y recibimos nueva vida.
Veamos ahora lo que esto implica para la iglesia. Los apóstoles, los recipientes directos de
Pedro fue uno que fue sorprendido por la gracia de Dios hacia los gentiles, cuando el centurión romano recibió el Espíritu Santo. El apóstol no había contemplado esta posibilidad, que aun los gentiles iban a llegar a formar parte del pueblo de Dios. Pero, en Hechos 10:17, dice, “Si Dios pues les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” Éste es el tema dominante del libro de los Hechos: la extensión del reino y la gloria de Dios a los gentiles, a pesar de objeciones de los seguidores originales de Jesús. Se ve varias veces desde varios puntos, pero todo sigue para cumplir este propósito. El apóstol Pablo se denomina “el apóstol a los gentiles” luego de experimentar el rechazo de los judíos, pueblo tras pueblo. Vea Hechos 13:46-49
Así sigue el libro de los Hechos, hasta el capítulo 28 en el cual encontramos a Pablo en Roma, la cuidad capital del mundo conocido y del imperio. Él estaba predicando, y el reino de Dios se extendía. F.
De qué manera mejor pudiera captar la visión y esplendor del plan de Dios para su creación a través de la historia, excepto la que vemos en el libro del cumplimiento, el libro de Apocalipsis. Aquí encontramos una entrada, un vistazo de la realidad de lo que Dios tiene preparado para realizar su misión. En el escenario incomparable del reino eterno de los cielos, vemos este cumplimiento en su plenitud. Capítulo 7, versículos 9 y adelante presenta “una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas...” No debemos estar sorprendidos como fue Pedro al ver la escala y magnitud
del cumplimiento de Dios, porque no está lejos de la revelación del plan de
Dios a través de
V.
Jesús cumplió con todos los pactos del Antiguo Testamento, y ahora extiende a los creyentes las bendiciones implícitas en ellos. Jesús ha comenzado la restauración de todas las cosas por medio de sí mismo: por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio
de El reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en
A.
Obviamente, la primera misión de la iglesia es la evangelización. Evangelización quiere decir la simple proclamación de las buenas nuevas que Jesús salva a los pecadores. Nosotros debemos ser incansables en esta tarea. Las naciones están bajo el dominio del Diablo. Sin la liberación de este dominio el ser humano siempre será incapaz de cumplir con la misión de Dios. Solo por medio de la salvación que ofrece Jesucristo podemos salir de la esclavitud del pecado para así comenzar a vivir vidas que muestran el orden de Dios, y así llegan a ser fuentes de vida. La evangelización es nuestra primera tarea, y no podemos descansar hasta que hemos alcanzado todas las naciones. Jesús nos mandó: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas él que no creyere, será condenado” (Marcos 16:16). Esta la denominada GRAN Comisión se repite en diferentes formas en los cuatro Evangelios y también en el libro de los Hechos. Se ve como un tema importante de la enseñanza de Jesucristo, y un trabajo permanente y continuador de sus representantes a quienes él dejó para seguir con la misión La evangelización se cumple de dos modos: yendo, como dice Jesús en Mateo
28:19, y también predicando en nuestras iglesias. Es importante que el
evangelio sea escuchado en los sitios más oscuros de este mundo, porque
sólo Jesús tiene el poder de romper las cadenas de la esclavitud al pecado
y ponernos otra vez en el camino hacia la bendición.
Lamentablemente, muchas de nuestras iglesias piensan que la misión termina con la evangelización, pero la misión de Dios no termina allí. Como hemos visto a lo largo de este estudio, la misión de Dios es mucho más amplia que esta. Dios nos ha creado para que tengamos dominio por medio del amor sacrificial. De ese modo llegamos a ser instrumentos de orden y vida en esta creación. Nosotros evangelizamos para librar a los presos del pecado. Pero la liberación no es el último paso, sino el primer paso en la misión de Dios. Volviendo a las palabras de Jesús en el último capítulo de Mateo, vemos que Jesús pide de sus discípulos que hagan discípulos de todas las naciones. Después Jesús define esta tarea con dos aspectos. Primero, los discípulos deben bautizar en el nombre de Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Este es el arrepentimiento del pecado y el renacimiento del amor sacrificial en el ser humano en el nombre del Dios trino, quien existe en comunión perfecta. Segundo, Jesús pide que enseñen a guardar todas las cosas que él les había mandado. Después de establecer la base del amor perfecto, los discípulos deben inculcar el orden de Dios en los corazones de los creyentes para que puedan ser fuentes de vida.
C. Servicio Cuando establecemos el orden de Dios en las vidas de los creyentes esto nos hace pasar a la próxima tarea de la iglesia, que es ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mateo 5:13 y 14). Una vez que llevamos la palabra de Dios dentro de nosotros, esta palabra nos da orientación a toda la vida. Ya tenemos el orden de Dios en nuestro ser, tenemos su ley escrita en nuestros corazones (Jeremías 31:33). Esto implica que nosotros, los creyentes en Cristo Jesús, dotados con su Espíritu Santo, somos los que podemos aportar las soluciones a todo problema humano. Si tu vecino tiene hambre, tu le darás pan. Si tu vecino es hambriento, tu le debes dar el pan de la vida también. No debemos escondernos de la sociedad. No debemos escaparnos de la creación. No debemos sentarnos en las iglesias esperando el fin. Cuando llegue la gran tribulación tendremos derecho de buscar el arca que nos hace escapar el juicio. Pero mientras tanto, Dios nos ha mandado al mundo para ser su luz y sal. La iglesia debe estar al frente de la sociedad. La iglesia debe tomar el liderazgo en las resoluciones de los problemas que nos azotan como raza humana. Nosotros debemos modelar al mundo sumergido en el egoísmo el poder del amor sacrificial. La mayoría del trabajo de la iglesia queda fuera de sus paredes. Como dice Pablo, debemos ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo.” ¡Que Dios nos ayude a ser los luminares de nuestra sociedad!
Pero el hombre fue creado para el dominio. El dominio no implica, como hemos visto desde la creación, opresión y violencia, sino amor sacrificial. Así el ser humano logra tener el dominio sobre toda la creación. Nosotros seguimos en pos de Jesús, quien Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:8-11) Jesucristo se humilló, tomando forma de siervo, pero así conquistó el pecado y la muerte. Ahora todas las cosas están sujetas a él. Nuestro dominio no se basa en los medios de poder disponible en este mundo, porque “no es con ejercito, ni con fuerza, más con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). Nuestro poder se basa en el amor incomprensible de Dios. En Jesucristo el dominio ha sido restaurado a la raza humana. En él comenzamos ya a reinar. Porque él nos hizo reyes y sacerdotes (Apocalipsis 1:6) y nos hizo sentar juntamente con él en los lugares celestiales (Efesios 2:6), según los deseos de Dios expresados en Éxodo 19:6. Ahora, toda la creación gime a uno esperando nuestra manifestación (Romanos 8:19,22). En el nombre de Jesús, comencemos ya a reinar y establecer por medio del amor sacrificial el orden y vida de Dios en toda la creación. Conclusión Al comienzo de este estudio, vimos como Dios estableció orden en su creación y a base de ese orden también la vida. Dijimos también que la base de ese orden es el amor sacrificial, el cual debe dominar nuestras vidas. Al final del libro de Apocalipsis Dios nos da una breve vista del estado final. Hay tres notas importantes en esta descripción. Primero, no habrá más tinieblas (Apocalipsis 21:25). De este modo Dios completa el orden comenzado en el primer día de la creación. Segundo, el Jerusalén celestial descenderá a la tierra (21:2), así eliminando la división del segundo día. Tercero, no habrá más mar (21:1) así completando la obra del tercer día. En el reino celestial, la obra del orden de Dios estará completa y perfecta, y la vida será eterna. Esperamos con ansiedad ese universo renovado. Y mientras tanto obramos en la misión de Dios, estableciendo orden y vida por medio del amor sacrificial. |
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