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Padres Nuevos para Hijos Nuevos

Rev. Eduardo Aparicio B.

En mis años de experiencia de trabajo con padres he reflexionado mucho sobre, cómo ayudar a los mismos en la difícil tarea de educar, convivir y permitir crecer a nuestros hijos sanos y con deseos de vivir y emprender proyectos y relaciones nuevas.

He visto como, a veces, la familia se distancia o se siente impotente ante lo que les dice el profesional, por sentir que sus orientaciones convierten sus aspiraciones o metas difíciles de llevarlas a la práctica, y terminan sintiendo, o que los psicólogos son unos teóricos que dicen cosas alejadas de la realidad, o viviendo una frustración por la incapacidad de enfrentar los conflictos que nos genera la difícil tarea de educar.

La mayoría de las veces esta distancia entre lo que orienta el profesional y la incapacidad de la familia de poderlo cumplir no es responsabilidad de los padres, ni malos mensajes de los psicólogos. Lo que ocurre, es que tienen, ambos que trabajar a otro nivel, no sólo en el de la información, en relación a lo que se debe y es adecuado hacer en un momento determinado de la crianza, sino que es importante hacer nuestro análisis en un momento determinado de la crianza, sino que es importante hacer nuestro análisis en términos de la relación entre el saber y el poder hacer, entre el pensar y el sentir. Es decir, aprender a enfrentar nuestras contradicciones cotidianas que superen la mera información o los buenos mensajes educativos.

En este proceso de relación profesional con los padres, he podido detectar que en Costa Rica, por el nivel educacional alcanzado, nuestros padres saben muchas cosas sobre la educación, lo que “se debe” lo que “no se debe”, pero les cuesta poder poner en práctica los conocimientos, porque otro cúmulo de tensiones y ansiedades entran a ser obstáculo de nuestro actuar, y porque tenemos un asignado cultural de Madre-Padre-Familia, que dista mucho de ser efectivo en la sociedad costarricense actual, la cual vive un bombardeo televisivo individualista consumista, que convoca a la familia a nuevos modelos de relación y pautas educativas. Una cosa es saber y otra es poder hacer.

Nuestra actuación cotidiana y actividades para nuestros hijos, también está determinada, y en gran medida, no sólo por conocimientos, sino también por sentimientos, emociones y que por supuesto no son siempre y en todo momento positivas, sino muy por el contrario, los propios sacrificios que nos demanda la educación, nos movilizan también muchas tensiones negativas, que nos conducen en ocasiones a “sacarnos de paso”, a subir el tono de voz, a hacer cosas de la cuales nos arrepentimos y sentimos culpables. Con esto estoy queriendo decir, que no basta con que los psicólogos trabajen con los padres en función de lo que saben, en relación a la educación de los hijos (aunque creo que esto también es muy importante), sino también en función de lo que sienten ante diferentes retos y escollos de la tarea educativa, y puedo decir más, es necesario trabajar correcto y adecuado y la propia incapacidad de llevarlo a la práctica, y de ponerse de acuerdo entre todos los adultos.

El análisis de estas contradicciones es muy importante para lograr cambios, a veces rectificar o tratar de hacerlo mejor. Los cambios no se logran por “voluntarismo”, es decir, intentando cambiar a la voluntad, porque un psicólogo u otra especialista diga que se “debe hacer” esto o lo otro.

Los cambios verdaderos que hemos podido lograr trabajando con padres, se dan en base a ganar pequeñas batallas cotidianas, que ellos mismos tienen que protagonizar, e intentando identificar las contradicciones entre lo que se debe o está bien hacer y lo que se hace muchas veces en sentido contrario, por la ansiedad que nos produce una situación de difícil manejo con nuestros hijos en el contexto de nuestra vida cotidiana.

Ser padre, evidentemente, no es tarea fácil, más, si tomamos en cuenta que no pasamos escuela, ni universidad, ni nos graduamos para ello. No nos queda más remedio que transitar el camino con muchas inseguridades, probando, casi por ensayo y error, aquellas actitudes que nos dan resultado y las que no, ensayando lo que nuestros propios padres hicieron con nosotros, no haciendo aquello que en la infancia recordamos nos hizo sufrir demasiado, escuchando recomendaciones de otros padres y al final de cuentas, siempre nos queda la duda, si lo estamos haciendo bien o mal, si estamos apretando demasiado o se nos está yendo la mano, si lo que hacemos redundará en el desarrollo sano y educación de nuestros hijos, o les creará trastornos emocionales.

Sin embargo, por muy difícil que la tarea sea, de lo que sí tenemos que estar claros es de que, una vez que traemos un hijo al mundo, nada ni nadie nos exonera de la responsabilidad de ayudarlos a crecer, aunque nos cause ansiedades. Lo único que los hijos no perdonan nunca es el rechazo y el abandono. Nadie está exento de vivir estas inseguridades, yo diría que ni los propios especialistas, porque la razón y la emoción, como ya les dije, ni siempre están en un acuerdo armónico, como dice un viejo refrán: “el corazón tiene razones, que la razón no entiende”. Esta es la duda eterna del ser padres, es lógico que sea así, por diversas razones, como poro ejemplo:

  • No todos los seres humanos son iguales. Existen diferencias biológicas, temperamentales, congénitas, que definen la tonicidad muscular del niño, su irritabilidad, plasticidad del sistema nervioso y características de su personalidad incipiente y desde bebé, algunos son tranquilos, sedados, dormilones, otros son activos, irritables, voluntariosos. Esto determina que lo que sirve es útil para un niño, para otros no lo es.
  • No todos los momentos del desarrollo son iguales. Las diferentes etapas de la vida imponen para los adultos y el propio niño, exigencias diferentes, en cuanto a adquisiciones y pérdidas (porque crecer también implica perder cosas), por lo tanto, las reglas, actitudes, tipo de relación, comunicación, tareas siempre deben ir cambiando.
  • No todos los niños vienen al mundo con igualdad de condiciones y circunstancias. Esto está relacionado con muchos factores, desde la etnia, clase social, país, hasta las características de la familia en la que nace, relación entre sus padres, etc.

No hay, por tanto, orientaciones válidas generalizables, para todos los niños y todas las etapas, mucho menos recetas de educación infantil. Hay que tomar en cuenta las características del niño y las condiciones para su desarrollo (composición familiar, situación económica, recursos psicológicos de los padres).

Por otra parte, el crecer de un niño no siempre nos moviliza sentimientos de aprobación, placer y seguridad, todo padre quiere que su hijo crezca, pero a veces también queremos que no crezcan; crecer para el niño y para los padres produce placeres, pero también mucho susto, cada etapa nueva del desarrollo nos exige cambio de actitudes, comportamientos, nuevas reglas y hacerlo nos conduce a pasar por miedos e inseguridades y a transitar por sentimientos momentáneos de pérdida de control. De ahí, que digamos que también tenemos resistencia a los cambios.

La resistencia al cambio se expresa en que muchas veces hacemos cosas que impiden el crecimiento esgrimiendo criterios tales como “es muy pequeño todavía”, “ya tendrá tiempo”, “es peligroso”. Ejemplo: mantenerlo en la cuna cuando ya puede gatear, en el corral cuando puede caminar, en la casa cuando es adolescente. Nuestros padres, en mi experiencia, se acercan a las consejerías para saber si el comportamiento de sus hijos es normal o patológico. Generalmente vienen a preguntar si los problemas que están presentando con los hijos, son el resultado de una posible enfermedad mental o trastorno emocional, o están ante una gran malacrianza que tienen que “arreglar” poniendo correctivos. Es como si necesitaran tener una pauta para saber qué actitud asumir (o se lo toleran, o le dan una buena tunda), y si están procediendo bien.

El psicólogo o el consejero dirá qué problema tiene, qué hay que hacer. Si los consejeros nos engancháramos con esa demanda, pondríamos a los padres en el lugar de la ignorancia y al niño en el del problema y nuestro saber científico sería implantado de forma descontextuada. ¿Qué tiene el hijo? Esto está muy relacionado con el problema de los padres y la familia, la satisfacción de la pareja, sus condiciones de vida y desarrollo, su lugar en el grupo familiar, las actitudes de los padres, las características del niño.

¿Qué hay que hacer? También es responsabilidad de todos los implicados, no solo del consejero o profesional, sino de la familia y sus posibilidades de querer cambiar y de comprometerse con la solución del problema. Cuando un niño o un adolescente presenta un problema, ya sea trastorno de conducta, o de aceptación escolar, desajustes emocionales, la realidad es que él solamente es el denunciante o portavoz de lo que le está pasando a la familia. El niño representa el depositario de ansiedades que son de todo el grupo familiar. Por eso no es él el normal o anormal, sino que él solo es parte de una disfuncionalidad de la familia en la que vive.

Pero el término de lo normal también se ha mal usado como parámetro normativo o valorativo de buenos, adecuados o inadecuados comportamientos de los padres y los hijos, que más bien son normalizaciones hechas por la cultura y no necesariamente indicadores de desarrollo sano, muy por el contrario, en ocasiones tienen altos costos de salud.

La normalidad hay que verla muy relacionada con los indicadores del modo de vida de una determinada población, y hay comportamiento de los hijos o pautas educativas que se normalizan (por lo habitual de sus prácticas) y sin embargo, pueden tener consecuencias nocivas. Tendríamos que hablar entonces de una supuesta normalidad. Me gusta mucho aclararle a los padres este asunto de lo normal, porque son términos muy usados, pero con grandes confusiones. Se suelen naturalizar actitudes maternas de sobreprotección, mimo excesivo, tolerancia extrema, como normal “... así son las madres, “o las abuelas”. El modelo de madre sacrificada y abnegada la cultura la normalizó, pero ese modelo de maternidad genera en los hijos actitudes dependientes, demandantes... ¿es eso normal?

La actitud paterna de presencia intermitente y relación poco implicada con la crianza, muchas veces es justificada tras la naturalización de que “todos los hombres son iguales” ¿Es normal que los papás procedan así?

Muchas actitudes infantiles también se normalizan ... pobrecito, está muy pequeño todavía, ya tendrá tiempo, es el rey de la casa, déjalo ya se arreglarán las cosas cuando crezca... ¿es normal y natural ver la infancia de esa manera? Muchos de estos asuntos que tienen que ver con la crianza y el crecimiento de nuestros hijos han sido naturalizados por las cargas culturales y, sin embargo, producen daños en la salud.

Los padres tienen a veces, una visión bastante de extremos. Si el niño no está sano, está enfermo. Realmente ningún menor, salvo escasas excepciones, se coloca en uno u otro polo. El crecimiento es un proceso entre la salud y la enfermedad, y este proceso hay que verlo en forma de una continuidad de contradicciones a superar, de situaciones difíciles de enfrentar en cada etapa del desarrollo. El crecer en un proceso biológico, psicológico y social, a veces armónico y a veces disarmónico. Por lo tanto, es necesario distinguir lo normal de la supuesta normalidad, lo anormal o patológico de la disfuncionalidad familiar, o de aquellas cosas normalizadas y naturalizadas, a través de modelos de crianza que emergen de un determinado modo de vida en un contexto social y cultural específico, que se sufren y se padecen, pero no se cuestionan, porque se ven como normales. Los padres usan también el criterio de no normal, cuando el hijo no se ajusta a sus expectativas o no funcionan las cosas acorde a los parámetros valorativos de los mismos en relación a lo que quieren lograr.

He sentido la necesidad de trabajar con los adultos en el proceso del significado de desidealizar un hijo. Generalmente los padres tienen un ideal de hijo y, por otra parte, tienen un hijo. A veces, el ideal y el real coinciden, pero la mayoría de las veces no es así. Esto trae una serie de insatisfacciones y frustraciones que pueden dañar las relaciones y el proceso de crianza.

Desde que el niño nace, tenemos ciertas preferencias por el tipo de sexo, le ponemos un nombre que tiene mucho que ver con nuestras expectativas. Se llamará “... “ como su abuelo, o será Mariana tan valiente como la madre de los Maceos.

Depositamos muchos tipos de legados (familiares, patrióticos, estéticos, artísticos) pero estos legados tienen que ver con las expectativas idealizadas que uno tiene de los hijos, y de lo que debe ser normal. Les legamos también anhelos que cumplen una función “compensatoria” de nuestras propias frustraciones personales. Por ejemplo: No quiero que mi hijo sufra lo que yo sufrí, o quiero que logre ser el artista o el intelectual que yo no pude ser. Todo ello va conformando un ideal en los padres que a la vez son compromisos inconscientes a cumplir por los hijos. Asumir loso mejores atributos familiares y estar a tenor de las exigencias de la sociedad en que se vive y de su tiempo histórico. “!Menuda carga para un niño!” Hasta cierto punto estas idealizaciones son parte de la ilusión del ser padre y de las anheladas gratificaciones que todo padre desea recibir como resultado de los esfuerzos y sacrificios invertidos en la crianza. Sin embargo, no siempre estas aspiraciones se transmiten a los hijos en términos de anhelos con la libertad de que pueden o no ser guías o pautas para el futuro. El problema está en que a veces esas expectativas se vuelven verdaderas camisas de fuerza, que violentan e desarrollo de la personalidad y de una identidad propia. Además de idealizar a nuestros hijos, los padres tienden también a idealizar la niñez y el proceso de crecer, a normalizar la infancia como etapa de múltiples derechos y apenas deberes, vivida en situación de dependencia, al amparo del adulto siempre y en todo momento, sin acceso al mundo adulto ni derecho a tener información clara sobre su vida, su origen, los secretos familiares evitándosele “enterar” de malas noticias para que no sufra.

Crecer es recorrer un camino que demanda esfuerzos del niño y de los padres, satisfacciones y frustraciones, aciertos y desaciertos. En este camino los padres, cuando se implican y brindan afecto, dedicación y se muestran disponibles y responsables, “recogen siempre la cosecha”, no de inmediato, sino a largo plazo. Sin embargo, no es un camino fácil, y todo el que ha sido padre implicado, sabe de las alegrías y sinsabores que este proceso trae para ellos y los hijos. En nuestra reflexión hemos llegado como padres a la conclusión de que los modelos de maternidad y paternidad asumidos, ya no se corresponden con las exigencias de cambio, pero siguen siendo considerados culturalmente como naturales, normales. Los ritmos acelerados de vida y las presiones económicas que consumen grandes cantidades de tiempo para la subsistencia, distorsionan los conceptos de tiempos necesarios a invertir en la crianza, en base a la persistencia de esos modelos y pautas educativas. En la base de muchas situaciones difíciles de la crianza hoy, están los siguientes problemas:

  • Los modelos de maternidad y paternidad asumidos culturalmente distorsionan la capacidad de los padres de poner límites.
  • Es necesario elaborar nuevos códigos de amor a los hijos.
  • No es necesario vivir “por” los hijos, ni a través de ellos, sino “con” ellos. El amor, no como posesión, el hijo no como propiedad. El amor como el extender nuestro sí mismo, para ayudar a crecer libremente al que amamos.
  • En las familias actuales nuestros niños viven en más de una familia o con varias generaciones, lo que a veces complejiza la crianza.

Tenemos un asignado cultural de maternidad-paternidad que conspira con la formación y educación del ser social al que aspiramos en nuestra sociedad. Creativo, autónomo, con elevado compromiso social, con proyectos propios, solidario, con elevado sentido del deber y responsabilidad.

La cultura expresada en las representaciones sociales, incluso en la literatura científica, exaltan aún hoy día la buena madre, como aquella que lo da todo por su hijo de presencia exclusiva como requisito para el buen desarrollo cuyo deber es dejar de ser de ella para ser de sus hijos, con una ilimitada abnegación y entrega incondicional y con un instintivo amor materno que la lleva a sentir los hijos como su posesión, lo que la hace hablar en términos de propiedad, “me saca malas notas”, “no me está comiendo bien últimamente”, “me lo maltratan en la escuela”. Esa maternidad sobreimplicada hoy día es compartida con abuelas o cuidadoras, pero con el mismo estilo de fondo. La complicidad, la complacencia, la tolerancia, el mismo excesivo, la dependencia emocional, y el tender a hacérselo todo invalidando su autonomía (más aún si el niño es varón), son actitudes y características de lo normalizado culturalmente a la madre u otra figura femenina. Ese modelo de maternidad codificado socialmente como la buena madre, la que debe ser, es difícil ya asumirlo, con las exigencias de cambio para la mujer moderna. La mujer con elevados compromisos sociales, con una profesión con acceso a otros proyectos de autorrealización, ha ido cambiando su modelo de maternidad, malcriadora y de presencia a tiempo completo, siendo sustituido por otro más compartido, menos desvivido, con más autoridad y posibilidades de control. Pero este proceso de cambio ha sido el fruto del esfuerzo de ir resolviendo cotidianamente la contradicción entre ese asignado cultural de buena madre y una nueva manera que transgrede la norma cultural y que, en no pocos casos, ha sido generadora de culpas y tensiones con otros familiares, cónyuge u opinión social.

A su vez la paternidad tiene un asignado cultural de papel secundario que dista mucho de la nueva propuesta social de familia en nuestro país. Los padres son, desde las cargas culturales, los proveedores, y educativamente, los que ponen la mano dura, pero aparecen como figuras intermitentes, cuando más, ausentes, con poco tiempo para la crianza, muy demandados por otras presiones, que se legitiman como lo que les toca (trabajar en la calle, hacer gestiones,”estar en la concreta”), pero van perdiendo la prioridad de atender cercanamente a los hijos.

Este papel es complementario al de maternidad. La maternidad sobreinvolucrada desde las pautas culturales, ubica al padre en un lugar periférico. A su vez las responsabilidades, la seguridad social, y las garantías de salud y educación que el estado brinda, y las responsabilidades de guarda y custodia, en caso de divorcio, asignada a la madre, crean condiciones para una cierta irresponsabilidad paterna y para ser justa también, para producir una cierta “extirpación del padre”, aunque éste sea preocupado.

Este modelo de paternidad expropia al hombre de una paternidad cercana, tierna, cariñosa. Se vuelven distantes, censuradores de las madres y los hijos, se pierden el disfrute de vivir otros espacios y posibilidades con los niños. Las actitudes tiernas y cariñosas quedan excluidas del ser varón, por lo tanto del ser papá. Desde estos modelos de paternidad-maternidad, quedan muy polarizados los papeles y son condiciones poco favorables, para que puedan aparecer actitudes de cooperación, colaboración y reemplazo en la emergencia entre los adultos, que garanticen la continuidad y efectividad del tiempo que necesita la crianza desde las nuevas exigencias. El perfil de madre sobreinvolucrada, característico del modelo tradicional, fractura la autonomía del hijo, impide el crecer, se pierde autoridad, se invierte tiempo innecesario en la crianza. Desde el perfil de padre tradicional se dedica poco tiempo a la crianza, el tiempo es ocasional y discontinuo, en caso de divorcio se reduce a llamadas telefónicas, un fin de semana, una pensión alimentaria o unas vacaciones.