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LA IGLESIA COMO COMUNIDAD EDUCADORA El pasado lunes se celebró en todos los países, el día mundial del SIDA, y no hemos querido que esta efeméride pase entre nosotros los Reformados aquí reunidos, desapercibido. En El Salvador Las autoridades sanitarias de ese país han detectado un total de 1.556 infectados por el virus del SIDA entre enero y septiembre del 2008, lo que equivale a un promedio de cinco casos diarios. Con estos datos y teniendo en cuenta la proyección que la OMS da sobre el avance de esta pandemia, de 10 infectados por cada uno que es diagnosticado, surgen en nuestra mente varias preguntas: Esta realidad plantea una serie de retos teológicos, para las iglesias y también para los individuos. ¿Qué deberían de enseñar o no enseñar, acerca de VIH las iglesias. ¿Qué deberían de decir o no decir? ¿Qué deberían revelar, o mantener en secreto, las personas acerca de sí mismas?
Jesús nos enseñó que la verdad nos hace libres, y nos dio el mandato de enseñar la verdad. Sin embargo las iglesias acostumbran a tener dificultades en este sentido. La verdad pone en manifiesto a veces el abismo existente entre lo que predicamos los líderes y miembros y lo que hacemos en realidad. Esto crea un enorme problema a los individuos, para los cuales revelar información estigmatizadora en un entorno de afrenta y deshonra, y no compasivo puede convertirse en una empresa terrible y peligrosa. En relación con el VIH y el SIDA, la experiencia ha demostrado que la mejor forma de prevención es la educación veraz. Esto se aplica a las “verdades de hecho” (qué es el VIH, cómo se transmite, cómo puede prevenirse y qué sucederá si una persona se infecta), pero también se aplica a la “verdad de significado”, hace referencia al significado del sufrimiento, la naturaleza del pecado, la relación entre vida y muerte y la búsqueda del espíritu de Dios. Por esta razón existe la necesidad urgente de crear comunidades que sean receptivas, solícitas y capaces de romper el silencio que rodea al VIH y el SIDA. En principio muchas iglesias están comprometidas con este cometido. Pero es difícil imaginar cómo pueden conseguirlo sin un doloroso examen de conciencia a nivel de las propias instituciones, y también de sus jerarcas y fieles. Para las iglesias, decir la verdad puede implicar el reconocimiento de que han sido cómplices de la afrenta o estigmatización. Tal vez hayan defendido una “teología malvada” o no hayan sido capaces de cuestionarla. Es posible que hayan tolerado un clima de silencio y negación a nivel institucional, que hayan diluido o malinterpretado los hechos en sus educativos, que no hayan ofrecido un liderazgo profético y sólido y que hayan sido responsables del mal ejemplo moral que a veces existe dentro de sus propias iglesias. Conviene recordar que Jesús era particularmente crítico con las personas religiosas a las que desenmascaraba en su hipocresía La estigmatización de las personas que viven con el VIH y el SIDA exige que la iglesia se pregunte qué significa, en el momento actual, ser la comunidad inclusiva que proclamó Jesús. Nuestra iglesia tiene un magnífico historial en lo que respecta a cuidado de personas de nuestra comunidad que viven con el VIH y con el SIDA y a sus familias, atención a los huérfanos y apoyo a las familias de quienes han fallecido; pero hoy día en el contexto del VIH y del SIDA, algunas iglesias se encuentran en una situación límite a causa de la carga que suponen los servicios funerarios y ministerios a los enfermos y moribundos. Creemos que como comunidad de discípulos de Jesucristo, la iglesia debería ser un santuario. Un lugar seguro, un refugio, un cobijo para estas personas y para los excluidos. Es misión de la iglesia trabajar tanto en la prevención como en el cuidado de los desposeídos. Y sin embargo nos hemos encontrado con iglesias que han excluido y estigmatizado a quienes son diferentes, a quienes discrepan y a quienes han pecado o se cree que han pecado. El ministerio de Jesús era inclusivo hasta el punto de escandalizar a las autoridades religiosas y las llamadas personas respetables. Por ejemplo Lucas 5:29,32 29Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. 30Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? 31Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. 32No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. También Lucas 15:1,2 En esta época en que aún, dentro de nuestras iglesias se discrimina a las personas que viven con el VIH y con SIDA, es obvia la necesidad de una reflexión teológica renovada sobre la naturaleza e identidad de la propia iglesia. Si reconocemos el sufrimiento en nuestras comunidades, debemos estar preparados para responder a él. A veces, nuestra capacidad para acompañar a las personas que sufren está limitada por nuestra falta de confianza y por la sensación de que no tenemos los recursos necesarios. Se requiere educación para que las iglesias intenten acompañar a quienes portan el VIH y el SIDA. También se requiere una gran sensibilidad ante los temores que puedan tener las personas que portadoras acerca de la revelación o de un ulterior rechazo. La disponibilidad de los recursos apropiados habilitará la respuesta de los líderes y feligreses, de modo que la iglesia pueda llevar a cabo su misión de una forma responsable, amorosa y dialogante. Esta función debe explorarse a nivel de educación teológica, de manera que los líderes y feligreses operen en las comunidades con una cierta comprensión de las dinámicas de acompañar a las personas desechadas y que sufren, orar con ellas y sus familias, permanecer a su lado y amarlas en esperanza. Al afrontar el estigma, las personas que viven con el VIH y el SIDA constituyen el recurso más precioso de las iglesias. Se las ha descrito como los “curadores heridos” de nuestra época. Su plena inclusión en todos los aspectos de la vida de la iglesia es la mejor estrategia posible para cambiar actitudes y abolir el miedo. Las experiencias de vivir con el VIH y el SIDA plantea cuestiones profundas acerca del significado del sufrimiento y la naturaleza de Dios, y el hecho de compartir estas vivencias enriquece la espiritualidad de toda la comunidad de fieles. Algunas personas con el VIH o con SIDA han comentado que las liturgias y rituales de la iglesia han sido para ellas una gran fuente de vigor, en especial cuando se combinan con el apoyo de la comunidad de fieles. A la memoria de nuestro querido hermano Alex que aunque murió de sida, partió con la esperanza de vida que el dio Nuestro Señor y Salvador Jesucristo. |
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