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Estudio
al Libro de: Isaías
I. Nombre
«Isaías» significa «la salvación es
de Jehová», y la palabra salvación se repite muchas
veces en el libro. Evidentemente Isaías pertenecía a
una familia destacada, puesto que tuvo acceso a varios reyes de Judá.
Estaba casado (8.3) y fue padre de al menos dos hijos (7.3 y 8.1–3).
Empezó su ministerio cerca del final del reinado de Uzías,
o sea, alrededor del 758 a.C. Predicó hasta finales del siglo
y la tradición nos dice que el perverso rey Manasés
lo aserró por la mitad (Heb 11.37).
II. Tema
El libro de Isaías se divide en dos secciones, 1–39 y
40–66. La primera sección advierte a los judíos
respecto a la invasión asiria que se avecinaba sobre Judá,
en tanto que la segunda anima a los cautivos que volvieron de la cautividad
babilónica.
El tema principal de la primera sección es el castigo de Dios
sobre Judá por sus pecados, mientras que el de la segunda sección
es la consolación de Dios a los cautivos después de
su sufrimiento. Isaías experimentó los sucesos de los
primeros treinta y nueve capítulos, pero profetizó los
hechos de la segunda sección del libro. En la primera sección
Asiria es el principal enemigo; en la segunda sección es Babilonia.
III. Escenario histórico
Usted recordará que la nación se dividió después
de la muerte de Salomón; las diez tribus del norte se organizaron
como Israel y las dos del sur como Judá. La capital de Israel
era Samaria; la capital de Judá era Jerusalén. Isaías
ministró en Jerusalén, pero sus mensajes atañían
tanto al reino del norte como al del sur. Isaías vivió
para ver a Israel (el reino del norte) declinar y finalmente caer
bajo Asiria.
El escenario político de Judá era amenazante en ese
tiempo. Asiria era el poder amenazador y las otras naciones querían
formar una coalición para luchar en su contra. Sin embargo,
el rey Acaz de Judá no quiso unirse a la liga. De modo que
Siria e Israel se unieron para atacar a Judá y forzar a Acaz
a que cooperara. En lugar de confiar en la ayuda de Dios, Acaz acudió
a Asiria e hizo un pacto secreto. A Asiria tan solo le encantó
meter su pie en la puerta; derrotó a Israel en el 721 a.C.,
pero Judá se convirtió en vasallo de Asiria y ese fue
el precio que Acaz pagó por su seguridad. Tan pronto como Israel
dejó de ser obstáculo, Asiria decidió atacar
a Judá y esclavizar a toda la nación judía. Isaías
le dijo al pueblo que confiara en la ayuda del Señor, pero
varios grupos le dijeron al rey que acudiera a Egipto en busca de
ayuda. En los capítulos 36–39 Isaías relata cómo
Dios le dio al rey Ezequías la victoria sobre Asiria cuando
el ejército invasor estaba a las puertas de Jerusalén.
Sin embargo, Judá estaba tan debilitada por la guerra y sus
ciudades tan devastadas por el enemigo, que la nación en realidad
nunca se recuperó. Los egipcios derrotaron a Asiria; y los
egipcios cayeron ante Babilonia; y en 606–587 a.C. los babilonios
llevaron a Judá al cautiverio. Así Isaías, en
la primera mitad del libro, aconsejó a la nación respecto
a Asiria; en la segunda mitad consoló al remanente respecto
a su regreso de Babilonia.
IV. Cristo en Isaías
Isaías da un rico cuadro profético de Jesucristo. Vemos
su nacimiento (7.14 con Mt 1.23; véase también Is 9.6);
el ministerio de Juan el Bautista (40.3–6 con Mt 3.1ss); el
ungimiento de Cristo por el Espíritu (61.1–2 con Lc 4.17–19);
Cristo el Siervo (42.1–4 con Mt 12.17–21); el rechazo
de Cristo por Israel (6.9–11 con Jn 12.38ss, Mt 13.10–15
y referencias paralelas en los Evangelios; también Hch 28.26–27
y Ro 11.8); la piedra de tropiezo (8.14 y 28.16 con Ro 9.32–33
y 10.11; 1 P 2.6); el ministerio de Cristo a los gentiles (49.6 con
Lc 2.32; Hch 13.47; véase también 9.1–2 con Mt
4.15–16); el sufrimiento y muerte de Cristo (52.13–53.12);
su resurrección (55.3 con Hch 13.34; 45.23 con Flp 2.10–11
y Ro 14.11); y el Rey que viene (9.6–7; 11.1ss; 59.20–21
con Ro 11.26–27; 63.2–3 con Ap 19.13–15).
V. El Siervo sufriente
Hay diecisiete referencias en Isaías al «siervo de Jehová».
En trece de estas la nación está en la mira (43.10;
44.1–2, 21, 26; 45.4; 48.20; 49.3, 5–7); en cuatro es
Jesucristo (42.1 y 19; 52.13–53.11). Toda la sección
de 52.13–53.12 es una descripción vívida de los
sufrimientos, muerte y resurrección de Jesucristo. Israel era
el siervo de Jehová en el sentido de que Dios la usó
para traer al Verbo y al Salvador al mundo. Sin embargo, Israel fue
un siervo desobediente que se tuvo que castigar. Jesucristo es el
verdadero Siervo de Jehová que murió por el mundo e
hizo perfectamente la voluntad del Padre. En 41.8–9 Ciro es
el siervo.
VI. Los dos hijos de Isaías
Los nombres simbólicos de sus dos hijos (7.3 y 8.1–3)
ilustran los dos principales mensajes del libro de Isaías.
Sear-jasub significa «un remanente volverá» y encaja
con la segunda mitad de la profecía, el regreso del remanente
desde Babilonia. Maher-salal-hasbaz significa «El despojo se
apresura, la presa se precipita» y encaja con los capítulos
1–39, la derrota de Asiria.
Se ha sugerido que el libro de Isaías es como «una Biblia
en miniatura». Sus sesenta y seis capítulos se dividen
en dos partes: treinta y nueve capítulos en la primera división
(como el AT) y veinte y siete capítulos en la segunda división
(como el NT). Los primeros treinta y nueve capítulos enfatizan
el juicio; los últimos veinte y siete enfatizan la misericordia
y el consuelo.
ISAÍAS 6
El rey Uzías muere y el trono de Judá está vacío.
Como todos los hombres de fe, Isaías acudió a Dios en
busca de ayuda y consuelo, y la hora que parecía de derrota,
experimentó una gran bendición espiritual. ¡Vio
que aún Dios ocupaba el trono del cielo! Nótese la visión
triple que Dios le dio a Isaías.
I. La mirada hacia arriba: Vio al Señor
(6.1–4)
Como todo ciudadano dedicado, Isaías respetó mucho al
rey Uzías. Durante cincuenta y dos años Uzías
guió a Judá en un programa de paz y prosperidad. Fue
una época de expansión y logros. Es triste que el rey
se haya rebelado contra la Palabra de Dios y muriera leproso (2 R
15.1–7; 2 Cr 26). Isaías se dio cuenta de que aunque
la nación prosperó desde el punto de vista material,
espiritualmente estaba en terrible condición. El crecimiento
económico y paz temporal eran un barniz que recubría
el perverso corazón de la nación. ¿Qué
le iba a ocurrir a Judá?
Dios hizo que Isaías levantara sus ojos al trono del cielo,
quitándolos de sí mismo y de su pueblo. Quizás
había confusión e inquietud en la tierra, pero en el
cielo había perfecta paz: Dios estaba sentado en poder y gloria
majestuosa. Tal vez la gente en la tierra recordaba la vergüenza
de la muerte de Uzías como leproso, pero en el cielo no había
vergüenza ni sombra de fracaso. Antes bien, los serafines decían:
«Santo, santo, santo».
Juan 12.38–41 nos informa que Isaías vio a Jesucristo
en su gloria. Estaba en el trono del cielo y los serafines le alababan.
Su manto real llenaba el templo celestial y la casa se llenó
del humo de su ira contra el pecado (Sal 80.4). Sus criaturas angélicas,
los serafines («los de fuego»), le alababan por su santidad
y gloria. «Toda la tierra está llena de su gloria».
Isaías no veía mucha gloria en esa época, ni
la vemos nosotros hoy. Más bien parece que la tierra está
«llena de violencia» (Gn 6.11). Vemos los hechos desde
la perspectiva humana; los ángeles los ven desde el punto de
vista de Dios. Un día, cuando Jesús reine, toda la tierra
será llena de su gloria (véanse Nm 14.21; Sal 72.19
y Hab 2.14). Véase también Isaías 11.9.
«Jehová de los ejércitos» es el nombre favorito
que usa Isaías para Dios; lo usa sesenta y una veces. El profeta
también llama a Dios «el Santo de Israel» veinticinco
veces. Jehová es el Dios de la guerra santa, el Dios que se
opone al pecado y derrota al enemigo. Isaías necesitaba darse
cuenta de este hecho en un día cuando Judá al parecer
estaba derrotado. Esta es una buena lección práctica
para los cristianos de hoy: cuando el día está oscuro,
alce sus ojos al cielo y vea a Cristo en el trono. «Jehová
está en su santo templo».
II. La mirada hacia el interior: Se
vio a sí mismo (6.5–7)
Una verdadera visión de Dios y su santidad siempre nos hacen
percatarnos de nuestro pecado y fracaso. Job vio a Dios y se arrepintió
(Job 42.6); Pedro exclamó «soy pecador» cuando
vio el poder de Cristo (Lc 5.8). El farisaico rabí Saulo vio
que su justicia no era sino «basura» comparado con la
gloria de Cristo (Hch 9 y Flp 3), y creyó y llegó a
ser el apóstol Pablo. Cuando los creyentes tienen una verdadera
experiencia con el Señor, no se vuelven arrogantes; más
bien se vuelven humildes y los quebranta.
Cuando Isaías confesó sus pecados, mencionó especialmente
sus labios inmundos. Por supuesto, los labios inmundos son el producto
de un corazón inmundo. El profeta sabía que no podía
predicar con fidelidad a menos que se preparara y el Señor
lo limpiara. Qué diferente a algunos cristianos que se precipitan
a servir a Cristo antes de darse tiempo para conocerlo y ser limpios.
Dios suplió la necesidad del profeta: envió un serafín
que le limpiara con un carbón encendido del altar. ¡Qué
trágico sería tener el trono sin el altar! Habría
convicción de pecado, pero no limpieza. Nótese que fue
más importante que el serafín equipara a Isaías
para ganar almas, que alabar a Dios. La verdadera adoración
debe conducir al testimonio y al servicio. Demasiados cristianos quieren
aferrarse a la «experiencia espiritual» con el Señor,
antes que prepararse para salir y hablar a otros de Él.
Hay una maravillosa palabra de aliento aquí: Dios rápidamente
contesta la oración y nos limpia (1 Jn 1.9). Anhela equiparnos
para que le sirvamos.
III. La mirada hacia afuera: Vio la
necesidad (6.8–13)
Todo hasta este punto fue preparación. Ahora Dios puede llamar
a Isaías y usarlo para predicar su Palabra. Ya al profeta no
le preocupan sus necesidades; quiere hacer la voluntad de Dios. No
siente la carga del pecado; le han limpiado. Ha dejado de sentirse
desanimado; sabe que Dios está en el trono. Ahora está
listo para salir a trabajar.
El llamado es una evidencia de la gracia de Dios. Él está
dispuesto a usar a los seres humanos para realizar su voluntad en
la tierra. Es cierto que Dios pudiera enviar a uno de los serafines
y este obedecería al instante y a la perfección. Pero
cuando se trata de proclamar su Palabra, Él debe usar labios
humanos. Hoy Dios llama aún a los creyentes y, es triste, pero
pocos responden. En el tiempo de Isaías sólo un «remanente»
obedecería.
«Anda y di». Esta es la comisión que Dios nos da
hoy. «Me seréis testigos[ … ] hasta lo último
de la tierra» (Hch 1.8). Dios no le dio una misión fácil
al profeta, porque la nación no estaba en condiciones de oír
sus mensajes de pecado y de juicio. En el capítulo 1 Dios describe
a la nación como un cuerpo enfermo, cubierto de heridas y llagas
purulentas, y como un animal obstinado y rebelde, demasiado ignorante
como para oír a su amo. En el capítulo 5 se compara
a la nación con una hermosa viña que no dio buenas uvas.
Al leer los capítulos 1–5, comprenderá la carga
que Dios le daba a Isaías. La nación prosperaba; ¿por
qué predicar sobre el pecado? A las «damas de distinción»
no les gustaría (3.16–26), ni tampoco a los dirigentes
(5.8ss). Cuando la gente está rica, llena y satisfecha, no
cree que el juicio se avecina.
Seis veces se citan los versículos 9–10 en el NT: Mateo
13.13–15, Marcos 4.12, Lucas 8.10, Juan 12.40, Hechos 28.25–28
y Romanos 11.8; lo que da un total de siete referencias. ¿Dice
Dios que ciega y condena a propósito? No, de ninguna manera.
Lo que dice es que la Palabra de Dios tiene este efecto endurecedor
y cegador sobre los pecadores que no quieren oír ni someterse.
El sol que derrite el hielo también endurece el barro. Nótense
los pasos descendentes en Juan 12: no creían (v. 37); por consiguiente,
no podían creer (v. 39); y así no creerán (v.
40), porque han sellado su condenación.
El siervo de Dios debe proclamar la Palabra sin importar cómo
responda la gente. Exigió gran fe de Isaías obedecer
tal mandato. «¿Cuánto tiempo debo predicar y por
tanto producir estos resultados trágicos?», preguntó.
«Hasta que haya concluido mi juicio sobre la tierra»,
responde el Señor. Esta clase de juicio se anuncia en 1.7–9
y 2.12–22. Pero el Señor salvará un remanente,
aun cuando la nación será llevada lejos en cautiverio
(vv. 12–13). Esta profecía se aplicaba a un futuro inmediato
al cautiverio, pero también representa las relaciones de Dios
con Israel en los últimos días, cuando un pequeño
remanente de judíos creerá durante el período
de la tribulación. Isaías muestra a la nación
como un árbol cortado; donde el tocón queda y nuevos
brotes crecen en él. Relacione esto con 11.1ss, la profecía
del «Renuevo: Jesucristo».
Cuando Isaías salió del templo aquel día no era
más un doliente; era un misionero. No era un simple espectador;
era un participante. Dios le equipó para que hiciera el trabajo:
Isaías vio al Señor, se vio a sí mismo y vio
la necesidad. Al saber que Dios estaba en el trono y que le había
llamado y comisionado, estaba listo para predicar la Palabra y ser
fiel hasta la muerte. Qué ejemplo para seguir hoy.
ISAÍAS 7–12
Hay dos principios importantes a tener en cuenta al estudiar la profecía
del AT: (1) los profetas vieron la venida de Cristo en humillación
y gloria, pero no vieron el período entre estos dos sucesos:
la era de la Iglesia (1 P 1.10–12); y que (2) cada profecía
brotó de una situación histórica definida, pero
que miraba más allá de ese día presente, al futuro.
Veremos estos principios en los capítulos que tenemos delante.
El profeta se refiere a una crisis en particular en la historia de
Judá: el ataque inminente de Israel (el reino del norte) y
de Siria; y le dice a la nación exactamente lo que ocurrirá.
Dentro de estas profecías Isaías también anunció
la venida del Mesías. Nótense las profecías que
da.
I. Judá será librada de
sus enemigos (7.1–16)
A. La situación (vv. 1–2).
Asiria se fortalecía cada vez más y amenazaba a las
otras naciones, de modo que Israel y Siria unieron sus fuerzas para
protegerse. Querían que Judá se aliara a ellos, pero
esta no quiso hacerlo. En realidad Acaz estaba haciendo arreglos en
secreto con Asiria para que lo protegiera (2 R 16.1–9). La nación
estaba asustada porque Siria e Israel estaban a punto de atacarla
y parecía que no había vía de escape.
B. La promesa (vv. 3–9).
Dios envió a Isaías y a su hijo Sear-jasub («el
remanente volverá») a que hablara con el rey Acaz mientras
este inspeccionaba el acueducto de Jerusalén. Isaías
le dio al rey un mensaje de esperanza y confianza: «No temas
a Siria e Israel, porque dentro de sesenta y cinco años serán
quebrantados». Esta profecía se cumplió: Asiria
derrotó a Siria (Damasco) en el 732 y a Israel (Efraín,
Samaria) en el 721, dentro del tiempo señalado.
C. La señal (vv. 10–16).
Acaz fingió ser muy piadoso al rehusar pedir señal de
Dios. De modo que el Señor dejó a Acaz y le dio una
señal a toda la casa de David (v. 13). Esta señal se
cumplió al final en el nacimiento de Jesucristo (Mt 1.23).
Nació de la virgen María y el Espíritu Santo
lo concebió (Lc 1.31–35). Decir que la palabra «virgen»
en el versículo 14 significa «joven» es tergiversar
las Escrituras. Su nombre era «Emanuel» que significa
«Dios con nosotros» (véanse 8.8 y 10). Jesucristo
es Dios venido en carne humana, pero sin pecado (Jn 1.14). No es un
simple «buen hombre» o un «gran maestro»;
es el mismo Hijo de Dios. Negarlo es negar la Palabra de Dios (1 Jn
4.1–6).
Es posible (pero no necesario) que hubo algún tipo de cumplimiento
inmediato de la profecía como una señal para el rey
y la nación. Esto no significa un nacimiento milagroso, puesto
que sólo Jesucristo nació de esta manera. Pero sí
sugiere que una joven judía y virgen se casaría y que
dentro del siguiente año daría a luz a un niño.
Antes de que el niño llegara a la edad legal de responsabilidad
(12 años), las naciones enemigas, Israel y Siria, serían
derrotadas. Si esta señal se dio en el 735 a.C., como quizás
lo fue, la promesa se cumpliría para el 721. Como hemos visto,
Siria cayó en el 732 y Samaria en el 721. Es posible que el
«hijo-señal» le nació a la esposa de Isaías;
según se narra en 8.1–8. Esto significaría que
la primera esposa del profeta (la madre de Sear-jasub, 7.3) habría
muerto y que el profeta se casó con su segunda esposa poco
después de pronunciar esta profecía. A pesar de la incredulidad
y argucias del rey Acaz (robó el templo para sobornar a Asiria:
2 Cr 28.21, 24–25), Dios por su gracia libró a Judá
de sus enemigos. Pero esta quedó esclavizada a Asiria y sólo
la intervención divina en días de Ezequías libró
a la nación (véase Is 36–37).
II. Israel será derrotado por
Asiria (7.17–10.34)
Desde 7.17 y en adelante Isaías habla a la apóstata
Israel y a Peca, su rey. Advierte al reino del norte que Asiria vendrá
sobre ellos y los arruinará por completo, dejando a la tierra
en pobreza y ruina en lugar de abundancia y bendición. Fue
en este punto que el «hijo-señal» nació
(8.1–4) y se le llamó Maher-salal-hasbaz: «El despojo
se apresura, la presa se precipita». Su nombre enfatiza la ruina
que se avecinaba sobre Samaria y Siria (8.4). La confederación
de Israel con Siria no protegería al pueblo (8.11–15);
necesitaban unirse a Jehová y permitirle que fuera su roca
de fortaleza. Necesitaban volver a la ley (8.20).
En 9.1–7 Isaías da una segunda predicción del
Mesías que viene; véase Mateo 4.13–16. Las áreas
mencionadas en 9.1 fueron las que más sufrieron cuando Asiria
invadió a Israel, pero serían las que verían
la luz del Mesías. En los versículos 3–5 el profeta
mira a los años cuando Israel se regocijará, cuando
las cargas le serán quitadas, cuando las armas de guerra serán
quemadas como combustible: el tiempo cuando Jesucristo reinará
como Príncipe de Paz. Véase aquí la humanidad
de Cristo («Un niño nos es nacido») y la deidad
de Cristo («Hijo nos es dado»). Entonces el profeta salta
de su humilde nacimiento a su glorioso reinado, cuando reinará
desde Jerusalén y habrá perfecta paz.
En 9.8–10.34 Isaías continúa advirtiendo a Israel
de la ruina que se avecinaba. También advierte a Asiria que
no se enorgullezca de sus victorias, porque no era sino un instrumento
en las manos de Dios. Su día de derrota llegará también.
Podemos ver en Asiria un tipo del anticristo, el cual reunirá
a todas las naciones en contra de Jerusalén en la batalla del
Armagedón. Así como Dios derrotó a Asiria con
su poder milagroso, derrotará a Satanás y a sus ejércitos
unidos (Ap 19).
III. Israel y Judá se unirán
en el reino (11–12)
Nótese 11.12: las naciones divididas un día se unirán
y volverán a su tierra en paz. En 11.1–3 tenemos un cuadro
de Jesucristo: «el vástago» o «retoño».
En 6.13 vimos que la nación fue «derribada» como
árbol, quedando sólo el tronco; ahora vemos a Cristo
brotando del trono para salvar al pueblo. Jesucristo es el descendiente
legal de David; está enraizado en Judá como judío.
Se le llama «el renuevo de Jehová» en 4.2; «renuevo
justo» en Jeremías 23.5; «mi siervo el Renuevo»
en Zacarías 3.8; y «el varón cuyo nombre es el
Renuevo» en Zacarías 6.12. La palabra hebrea netzer («renuevo»,
«rama») se identifica con el nombre dado a Jesús
en Mateo 2.23: el «nazareno».
Los cuatro Evangelios describen al «Renuevo» como sigue:
Mateo, la vara justa de David (Jer 23.5); Marcos, mi siervo el Renuevo
(Zacarías 3.8); Lucas, el varón cuyo nombre es el Renuevo
(Zacarías 6.12); y Juan, el Renuevo de Jehová (Is 4.2).
Así Jesucristo un día cumplirá las promesas del
AT que Dios dio a los judíos y reinará sobre su reino
en gloria y victoria (Ro 15.8–12). Vemos a las tres Personas
de la Deidad en 11.2: «Y reposará sobre Él [Cristo]
el Espíritu de Jehová [el Señor]». Aquí
hay un ministerio séptuple del Espíritu. Sin duda el
Espíritu Santo dio poder a Cristo en su ministerio aquí
en la tierra (Jn 3.34); y el Espíritu también nos dará
poder hoy para prepararnos para servir a Cristo y glorificarle (Hch
1.8). A partir de 11.4 tenemos una descripción del glorioso
reino que Cristo establecerá cuando vuelva para reinar. Será
un tiempo de juicio justo cuando el pecado se juzgará inmediatamente.
La naturaleza se restaurará (Ro 8.18–25) y no habrá
más maldición. La violencia y la guerra serán
cosa del pasado. «La tierra será llena del conocimiento
de Jehová» (v. 9); véanse Isaías 6.3 y
Habacuc 2.14. Por favor, no «espiritualice» estas promesas.
Arrebatárselas al judío y aplicarlas a la Iglesia es
tergiversar las Escrituras. Estas son promesas literales de un reino
literal sobre el cual Cristo reinará un día.
En 11.10 se nos dice que Cristo llamará tanto a gentiles como
a judíos. El milagro del cruce del Mar Rojo en el éxodo
se repetirá en los últimos días, de modo que
Israel regresará a su tierra (11.11–16). Antes la gente
se reía de estas promesas, pero ahora que Israel posee su tierra
y la ciudad santa, su cumplimiento parece cerca. El capítulo
12 es el canto de victoria de la nación. Entonaron este canto
cuando fueron librados de Egipto (Éx 15.2) y también
al regresar después del exilio para reconstruir el templo (Sal
118.14). Cantarán de nuevo cuando regresen a su tierra en victoria
y gloria, cuando Jesús reine sobre un mundo de paz y prosperidad.
ISAÍAS 40–66
A Isaías 40–66 a menudo se le ha llamado la «sección
del Nuevo Testamento» del libro. Tiene veinte y siete capítulos,
en forma similar a los veinte y siete libros del NT. Empieza con el
ministerio de Juan el Bautista (40.3–4 con Mt 3.1–3) y
su énfasis está en Cristo y la salvación. En
el mismo corazón de esta sección está el capítulo
53, la más grande predicción del AT acerca de la muerte
de Cristo en la cruz. Mientras que Isaías 1–39 enfatiza
el juicio de Dios sobre su pueblo, Isaías 40–66 hace
resonar una nota de consuelo y redención. Se escribió
para animar al remanente judío acerca de su futura liberación
del cautiverio babilónico después de setenta años
de cautividad. Isaías escribió esta asombrosa profecía
más de ciento cincuenta años antes de que el remanente
siquiera la necesitara como aliento.
Al leer estos capítulos notará que se destacan varias
ideas. La primera es el constante énfasis: «No temas».
Véanse 41.10, 13–14; 43.1, 5; 44.2, 8. ¿Qué
temían los judíos? Temían a las grandes naciones
gentiles que avanzaban conquistando el mundo. Asiria conquistó
a Israel; Babilonia capturó a Judá y ahora un nuevo
imperio, los persas, surgían en la escena. Y todas estas naciones
adoraban ídolos. «Si estas naciones tienen tal victoria»,
argüían algunos judíos, «sus dioses deben
ser verdaderos y en Jehová no se puede confiar». Esto
lleva a la segunda idea principal: ¡la grandeza de Dios y la
falsedad de los ídolos paganos! Léanse con cuidado 40.18–20;
41.6–7, 29; 42.8, 17; 43.10–12; 44.9–20 (una acusadora
exposición de la insensatez de adorar ídolos); 45.16,
20; 46.1–2, 5–7. Por favor, note cuánto se repite
que Dios es fiel y que no hay nadie que se pueda comparar a Él
(40.18, 25; 43.10–11; 44.6, 8; 45.5–6, 14). En cada uno
de estos capítulos Isaías expone la insensatez de los
ídolos y exalta la grandeza de Jehová. El remanente
judío no debía temer: Dios era lo suficiente grandioso.
La tercera idea principal se relaciona con Ciro, rey de Persia, el
hombre que Dios levantó para conquistar a Babilonia y permitir
que los judíos volvieran a su tierra (léanse 41.2–5,
25; 44.28–45.4; 47.11). Este es el Ciro mencionado en Esdras
1.1; reinó alrededor del 559 al 529 a.C. El hecho de que Isaías
lo llama por nombre dos siglos antes de que naciera es otra prueba
de la inspiración divina de la Biblia. También se mencionó
al rey Josías cientos de años antes de su nacimiento
(1 R 13.2 y 2 R 23.15–18).
Al leer estos capítulos tenga presente que tienen un cumplimiento
inmediato en Ciro y el regreso del remanente desde Babilonia, y también
uno superior en Jesucristo y la redención que tenemos en Él.
La maravillosa liberación de Babilonia representa la redención
que Cristo compró para nosotros en la cruz. En este sentido,
el rey Ciro, a pesar de ser un gobernante pagano, es un tipo de Cristo,
nuestro Redentor (45.1–4). Isaías 42.1–9 presenta
a Cristo como el siervo obediente de Dios, trayendo gloria a los judíos
y salvación a los gentiles. Compárense estos versículos
con Mateo 12.18–20.
Con estos antecedentes podemos mirar estos capítulos y ver
cómo Dios se revela a su pueblo y les anima a confiar en Él.
Dios les revela varios aspectos de su grandeza.
I. La grandeza de su Persona (40)
Este capítulo contrasta la grandeza de Dios con la debilidad
del hombre (vv. 6–8) y los ídolos (vv. 18–20).
¿Cómo podría este endeble remanente judío
volver alguna vez a su tierra y establecer de nuevo la nación?
Dios iría delante de ellos y les abriría el camino (vv.
3–5). En Mateo 3.3 esta promesa se aplica a Juan preparando
el camino para la llegada de Cristo. «No se miren a ustedes
mismos», dice el profeta en los versículos 9–17.
«Miren a su Dios. Él es el creador del universo. ¿No
es Él capaz de fortalecerlos y sostenerlos?» Nótese
la bendita promesa en los versículos 28–31.
II. La grandeza de su propósito
(41)
Jehová no es simplemente el Dios de los judíos; es el
que controla a las naciones. Levantará a Ciro del este (Persia,
v. 2) pero lo traerá desde el norte (después que conquiste
a los medos, v. 25). Las naciones temblarán y se volverán
a sus ídolos, pero estos no podrán librarlas (vv. 3–7).
Dios tiene un propósito en el ascenso y caída de las
naciones; Israel no tenía que temer (vv. 10, 13–14) porque
Dios estaba con ellos y realizaba sus propósitos (Ro 8.28).
¡Él convertiría el «gusano» en «trillo»
y movería montañas! Los ídolos no tenían
propósitos; no podían planear ni controlar los acontecimientos
futuros (vv. 21–24).
III. La grandeza de su perdón
(42–43)
En 42.1–9 se nos presenta a Jesucristo (Mt 12.18–20) según
vemos su primera venida en humildad y gracia, y su segunda venida
en poder y juicio. Entre estos dos acontecimientos tenemos la presente
edad de la Iglesia. Dios permitió que capturaran y llevaran
al exilio a los judíos para castigarlos por sus pecados (42.18–25),
pero su cautiverio no será para siempre. Él vendrá
en juicio y destruirá a Babilonia (42.10–17), usando
a Ciro como su instrumento. El capítulo 43 asegura a Israel:
«No temas; yo estoy contigo». Su liberación los
haría testigos al mundo respecto a la gracia y al poder de
Dios (43.10, 12). Pero Isaías regaña a la nación
por haberse olvidado de Dios (43.22–27); y sin embargo en su
gracia Dios les perdonaría sus pecados (43.25). Es posible
aplicar estas promesas de perdón al remanente futuro judío
durante el período de la tribulación.
IV. La grandeza de sus promesas (44–45)
Nótese en estos capítulos la repetición de las
afirmaciones futuras. Aquí Dios le promete a la nación
su ayuda y bendiciones. En 44.1–8 promete restaurarlos a su
tierra, bendecir la tierra y reinar como su Rey. Por supuesto, la
nación debe arrepentirse de sus pecados antes de que Dios restaure
y perdone (44.21–23). En 44.9–20 el profeta de nuevo expresa
la insensatez de los ídolos paganos: un hombre corta un árbol,
usa parte del mismo como leña y el resto para hacerse un dios.
Jehová es el Dios que hace promesas y las guarda; los ídolos
no son sino mentiras (44.18–20). En 44.24–45.8 tenemos
otra promesa de liberación por medio de Ciro. Los sacerdotes
paganos y hechiceros pueden prometer derrota (44.25), pero Dios frustrará
sus mentiras y le dará a Ciro la victoria. Judá se habitará
otra vez y Jerusalén se reconstruirá. Esto se cumplió
en Esdras 1. En 45.1–3 Isaías incluso dice cómo
Ciro capturará la invencible fortaleza de Babilonia: secará
uno de los ríos que corren por el interior de la ciudad y entrará
por debajo de sus puertas. La historia narra este suceso, pero la
profecía se anunció cientos de años antes de
que ocurriera. ¿Puede alguien frustrar u oponerse a las promesas
y a los propósitos de Dios? (45.5–10) No. Dios levantaría
a Ciro para que reconstruyera su ciudad (45.13); le daría a
Ciro otras naciones como recompensa por servir a Dios (45.14). Los
ídolos quedarán confundidos, pero Dios será glorificado
(45.16–19). Nótese en 45.17 que lo histórico se
amalgama con lo eterno: será una salvación eterna. Aquí
el profeta Isaías mira a través de los siglos a la salvación
que tenemos en Cristo (45.22), así como a la futura liberación
de Israel y el establecimiento del reino.
V. La grandeza de su poder (46–48)
Estos capítulos describen la completa ruina de Babilonia. Cuando
Isaías habló y escribió estas palabras, Babilonia
aún no era un gran poder mundial. Algunos de los judíos
deben haberse quedado perplejos por este mensaje. Pero Babilonia en
efecto ascendió al poder y en realidad conquistó Judá.
Sin embargo, Dios un día conquistaría a Babilonia y
sus falsos dioses irían al cautiverio. En lugar de que los
dioses paganos llevaran a su pueblo, la gente llevaría a sus
dioses (46.5–7). Pero Dios llevaría a su pueblo (46.3–4)
y traería salvación a Sion. El «ave» de
46.11 es Ciro, por supuesto. Léanse los capítulos 47–48
para ver cómo el poder de Dios destruiría a la gran
nación de Babilonia.
«No temas» es la gran promesa de Dios para nosotros como
cristianos neotestamentarios. Él es más grande que Satanás
y que este mundo; de modo que no tenemos por qué temer. Él
tiene un propósito para nuestras vidas y lo cumplirá
si confiamos en Él. Él nos perdonará nuestros
pecados y guardará sus promesas.
ISAÍAS
53
Este capítulo es el mismo corazón de Isaías
40–66 y nos lleva a la cruz. Que estos versículos se
aplican a Jesucristo queda demostrado en Juan 12.38, Mateo 8.17, Hechos
8.32–35, Marcos 15.28, Lucas 22.37, Romanos 10.16 y 1 Pedro
2.24. En el NT se cita o se hace al menos ochenta y cinco referencias
a Isaías 53.
La profecía empieza con 52.13–15. El versículo
13 nos habla de la exaltación de Cristo y el resto de la sección
trata de su humillación. Como nos informa 1 Pedro 1.10–11,
esta extraña «contradicción» dejaba perplejos
a los profetas del AT. No se percataban de que habría un período
largo entre la venida del Mesías como Siervo sufriente para
morir y su venida como el Soberano Exaltado para reinar. El versículo
14 nos informa que los sufrimientos físicos de Cristo le hicieron
parecer inhumano, a tal punto que los hombres se asombraron de Él.
Pero cuando vuelva por segunda vez (v. 15), el mundo entero quedará
«asombrado, pasmado». Véanse Zacarías 12.9–10
y Apocalipsis 1.7. La primera vez que vino asombró a unas pocas
personas en Palestina; la próxima vez que venga asombrará
al mundo entero. Ahora pasemos al capítulo siguiente. Traza
la vida y ministerio de Cristo.
I. Su rechazo (53.1–3)
Ahora se anuncia la incredulidad de Israel: le vieron, le oyeron,
pero no confiaron en Él (Jn 1.11; 12.37–38). Hubo un
rechazo triple: rechazaron sus palabras, su «anuncio»
y sus obras, «el brazo de Jehová». Véase
especialmente Juan 12.37–40. En 6.9–10 se le advirtió
al profeta respecto a esta dureza de corazón.
El tercer foco de rechazo fue su persona (v. 2). No nació en
un palacio; nació en un establo de Belén y creció
en el despreciado pueblo de Nazaret (Jn 1.43–46). La palabra
«renuevo» significa literalmente «un pequeño
arbusto», tal como el que brotaría de una rama baja.
En otras palabras, Cristo no era un gran árbol, sino un arbusto
humilde. Véase Isaías 11.1. Cuando apareció,
la nación estaba espiritualmente desolada y seca. Tenían
su forma de religión, pero no tenían vida, y debido
a que Él trajo vida, le rechazaron. Qué Hombre más
asombroso, humano («subirá», o crecerá),
y sin embargo divino. Esto ofendió a los judíos que
no podían creer que Dios vendría en forma de siervo
(Mc 6.1–3). Su apariencia física no era inusual; no había
esplendor ni atractivo humano especial al ojo humano. Por supuesto,
para quienes le conocieron, Él es el más hermoso de
todos (Sal 45.1ss). Lo despreciaron (no lo querían, lo menospreciaban),
rechazaron (lo olvidaron sus discípulos, su nación y
su mundo), estimaron en poco (no lo valoraron mucho, no lo quisieron).
Sin embargo, Él hizo el bien y ayudó al desvalido. Esto
sólo muestra la perversidad del ser humano que trata así
al mismo Hijo de Dios.
II. Su redención (53.4–6)
¿Por qué un hombre inocente como Jesucristo sufrió
tan terrible muerte en la cruz? Estos versículos explican el
porqué: Tomó el lugar de los pecadores y llevó
el juicio en lugar de ellos. Véanse 1 Pedro 2.24 y 2 Corintios
5.21. Nótese el precio que pagó: (1) herido, traspasado,
refiriéndose a su muerte en la cruz, horadado por los clavos:
Juan 19.37, Zacarías 12.10; molido, que significa «aplastado»
como debajo de una carga, el peso del pecado que le pusieron; (3)
castigado, como si hubiera quebrantado la ley, en este caso con las
llagas de la flagelación.
Pero estos sufrimientos físicos no eran nada comparados al
sufrimiento espiritual de la cruz, donde llevó nuestros pecados
(vv. 5, 8), rebelión y quebrantamiento deliberado de la ley
de Dios; nuestras iniquidades (vv. 5–6), lo torcido de nuestra
naturaleza; y nuestros dolores y aflicciones (v. 4), nuestras calamidades
y los resultados infelices de nuestros pecados. Somos pecadores de
nacimiento («todos nosotros nos descarriamos como ovejas»)
y por elección («cada cual se apartó por su camino»).
Véanse Salmo 58.3 y Romanos 5.12ss. El versículo 6 empieza
con el «todos» de la condenación, pero termina
con el «todos» de la salvación. Él murió
por todos. Estos versículos son el mismo corazón del
evangelio: «Cristo murió por nuestros pecados».
III. Su resignación (53.7–9)
No lo trataron con justicia; lo oprimieron, vejaron, trataron con
rigor. Sin embargo, ni se quejó ni clamó. Se mofaron
de Él y le llevaron de un lugar a otro, mas Él permaneció
en silencio y manso como un cordero. Fue el «Cordero de Dios»
que vino para quitar los pecados del mundo (Jn 1.29). El versículo
8 sugiere que lo arrebataron de la prisión y no permitieron
que se le hiciera justicia. Véanse Hechos 8.33 y Mateo 27.22–31.
El juicio fue «arreglado» y todo el asunto fue ilegal.
Sin embargo, su «generación» no protestó;
sus discípulos le abandonaron y huyeron. Y su muerte no fue
nada gloriosa; lo «cortaron» de la ciudad como a un leproso
inmundo proscrito. A pesar de este tratamiento ilegal e inhumano,
Jesucristo no protestó ni arguyó. ¿Por qué?
Porque vino a morir por el pueblo. A Barrabás, el criminal,
lo trataron con más bondad que a Jesús el Hijo de Dios.
El versículo 9 debería decir: «Dispusieron su
sepultura con los impíos, mas fue rico en su muerte».
Si no hubiera sido por Nicodemo y José, hubieran sepultado
el cuerpo de Jesús en un «campo del alfarero» o
arrojado en el basurero (Jn 19.38–42). Dios le prometió
a su Hijo un «sepulcro en el huerto» y esto se cumplió.
«Nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca».
Los hombres fueron injustos, pero Dios fue justo. Qué ejemplo
de lo que Jesús es para nosotros cuando nos sometemos por completo
a la voluntad de Dios (1 P 2.18–25). Cuando los hombres nos
tratan injustamente (y lo harán debido a que seguimos a Cristo),
debemos glorificar al Señor sometiéndonos a su voluntad.
VI. Su recompensa (53.10–12)
Todo esto lo planeó Dios y su plan fue un completo éxito.
Véanse 52.13 y 42.1–4, donde comprobamos el éxito
de la obra del Salvador. Estos versículos del capítulo
53 nos muestran el lado divino de la cruz: Su muerte «agradó
al Señor». ¿Significa esto que el Padre se regocijó
de los sufrimientos y muerte de su Hijo? No. Pero le agradó
ver la obra de salvación completa, el sacrificio aceptado y
el pecado expiado. Ahora un Dios santo podía, en su gracia,
salvar a los pecadores inmerecedores. Aun cuando Cristo fue inmolado
por las manos impías de los hombres, sus obras fueron anuladas
para lograr el propósito de Dios (Hch 2.22–24). La muerte
de Cristo no fue un «ejemplo moral»; fue una ofrenda por
el pecado (v. 10). Murió en nuestro lugar.
¿Cuál fue la recompensa de Cristo, aparte del gozo de
haber hecho la voluntad de su Padre? Fue levantado de los muertos
(«vivirá por largos días») y se le dio una
familia espiritual («verá linaje»). El versículo
11 presenta el cuadro de una familia espiritual, porque describe la
«aflicción» de su alma en la cruz. Véanse
Salmo 22.30 y Hebreos 2.13. En Isaías 9.6 a Cristo se le llama
«Padre Eterno» y esta es la razón: Su muerte y
aflicción en la cruz hicieron posible la familia de Dios de
pecadores salvos. Estas son personas a quienes Él ha justificado,
declarado justos mediante su gracia.
El versículo 12 presenta otra recompensa del siervo fiel: una
herencia del Padre. Ha conquistado el pecado y a Satanás; ahora
divide los despojos (Ef 4.8). Cuando estaba en la tierra, a Cristo
lo estimaron en poco, pero ahora se le cataloga «con los grandes».
Los reyes se inclinarán ante Él (52.13, 15; Sal 72.8–11;
Ap 19.14ss). El Salmo 2 describe cómo Cristo un día
pedirá su herencia.
Las afirmaciones finales nos llevan de nuevo a la cruz. Cristo fue
contado con los transgresores: fue crucificado entre dos ladrones
y tratado como un criminal (Mt 27.38). Intercedió por los transgresores,
orando por ellos (Lc 23.34, 43). No abrió su boca cuando los
hombres cruelmente le denostaban, pero ahora habla a favor de los
pecadores perdidos. Y hoy intercede por los suyos (Ro 8.34). No hay
juicio sobre ellos debido a que Él lo llevó todo. ¿Ha
confiado en Él como su Salvador?
ISAÍAS 60–66
Estos capítulos describen el glorioso reino que Jesucristo
establecerá cuando vuelva a la tierra a reinar. La palabra
«gloria», en sus diversas formas, se halla veinticuatro
veces en estos capítulos. Sin duda no había ninguna
gloria en Israel ni en Judá cuando terminó el cautiverio
babilónico y el debilitado remanente volvió a su tierra.
Qué desalentador debe haber sido regresar a una tierra agostada
por la guerra, a la ciudad con las murallas destrozadas y las puertas
quemadas por el fuego, y a un templo dejado en ruinas. Pero Isaías
miraba a través de los años y veía una «ciudad
santa» gloriosa, con un templo glorioso (60.7; véase
64.11), y murallas y puertas reconstruidas (60.10–11). Israel
era burla de las naciones gentiles, pero sería el centro de
la tierra, el mismo trono de Dios; y los gentiles vendrían
a Jerusalén y adorarían al verdadero Dios (véanse
60.3, 5, 11, 16; 61.6, 9; 62.2; 66.12, 19). Estas promesas de la gloria
futura de la nación serían un gran estímulo para
los judíos al regresar a su tierra después del cautiverio.
Nótense en estos capítulos cuatro cuadros maravillosos
de la nación restaurada.
I. Un glorioso amanecer (60)
A. Nace el nuevo día (vv. 1–9).
Qué sombrío era todo para los judíos en los días
de Isaías y cuánto más oscuro será durante
la tribulación, cuando la nación sufra bajo las manos
del anticristo y las naciones gentiles. Pero las tinieblas acabarán
con el regreso de Cristo. El Señor mismo aparecerá a
los judíos: «Mirarán a mí, a quien traspasaron»
(Zac 12.10; Ap 1.7). En ese día Israel participará de
la gloria de Cristo cuando Él reine sobre el trono de David,
y la Iglesia reine con Él en su reino. Isaías ve a las
naciones gentiles viniendo a Jerusalén en paz, no en guerra,
y a Israel participando de la riqueza de las naciones (vv. 3–9).
Algunos aplican el versículo 5 al Mar Muerto, porque incluso
hoy los judíos extraen algo de riqueza de esta masa de agua.
Hoy las naciones están contra Jerusalén; ha sido el
centro de oposición mundial. Pero en el día que Cristo
restaure la gloria a Israel, los gentiles se postrarán en paz.
B. Las bendiciones abundan (vv.
10–22).
La nación se reconstruirá y las puertas nunca se cerrarán
por el peligro. El reino milenial (mil años, Ap 20.4–5)
será un tiempo de paz y prosperidad para todo el mundo. Será
«un nuevo día» para la humanidad cuando el Sol
de Justicia, Jesucristo, vuelva (Mal 4.1–3). No aplique estas
promesas a los cristianos de hoy, espiritualizándolas o convirtiéndolas
en símbolos. Se cumplirán literalmente en la tierra
de Israel cuando Jesús vuelva. Como cristianos neotestamentarios
esperamos «la estrella resplandeciente de la mañana»
(Ap 22.16) que precede a la aurora; porque Cristo vendrá en
el aire a buscar a su Iglesia y nos llevará al cielo antes
de que sus juicios caigan sobre el mundo.
II. Una boda gozosa (61–62)
Cristo leyó en la sinagoga de Nazaret Isaías 61.1–2
(Lc 4.16–21), y se aplicó a sí mismo las palabras.
Vino para satisfacer las necesidades espirituales del pueblo y a «proclamar
el año agradable del Señor». Allí se detuvo
en su lectura, porque «el día de venganza» no vendrá
sino en la tribulación (véase 63.1–4). Hoy vivimos
en el «año de la buena voluntad», el día
de la gracia. Por supuesto, Isaías habla aquí del ministerio
del Señor a Israel, cuando vuelva para convertir su «funeral»
en una «boda» gozosa. El versículo 3 describe a
los dolientes secando sus lágrimas y vistiéndose de
ropas festivas en lugar de su luto. El versículo 10 describe
a la nación regocijándose como lo hacen la novia y el
novio.
Israel se «casó» con Jehová en el monte
Sinaí, cuando Él les dio la ley. Pero la nación
fue infiel y se fue tras los dioses de otras naciones. Debido a su
«adulterio espiritual» la nación fue enviada al
cautiverio, pero incluso esto no la curó de sus pecados. Hoy
Israel es una «esposa desamparada», pero cuando Cristo
vuelva y la nación sea limpiada, de nuevo «se casará»
con Jehová. Isaías 62.4 promete que no será «desamparada»
o «desolada»; más bien será llamada «Hefzi-bá»:
«Mi deleite está en ella», y «Beula»:
«Desposada». El versículo 5 describe al Señor
regocijándose por su esposa restaurada. No confunda esto con
la Iglesia, la Novia de Cristo (2 Co 11.1–2. Véanse Oseas
2, Isaías 50.1 y 54.1.
III. Una victoria justa (63–64)
En 63.1–6 tenemos a Cristo como el Guerrero salpicado de sangre,
regresando de su victoria sobre las naciones en la batalla del Armagedón
(Ap 19.11–21). Su victoria se ilustra como un labrador que exprime
el jugo en el lagar. El primer milagro de Cristo en la tierra fue
convertir el agua en vino; su última victoria antes de establecer
su reino en la tierra será pisar el lagar de su ira. ¿Por
qué Cristo derrotará a las naciones que tratan de destruir
a los judíos? Debido a su gracia y fidelidad (vv. 7–9).
Cuando Isaías consideró la bondad de Dios hacia Israel,
a pesar de su rebelión, tuvo que clamar en oración por
el limpiamiento de la nación (63.15–64.12). Cuánto
anhelaba ver a Dios obrar poderosamente como lo hizo en el pasado.
El templo estaba profanado y la nación lo poseyó tan
solo durante unos pocos años (63.18). Isaías destaca
sus pecados: impureza (64.5–6), despreocupación (64.7)
y obstinación (64.8). Cuando Jesús entró en Jerusalén,
entró en paz sobre un asno. Cuando venga a la tierra por segunda
vez cabalgará en majestad en un caballo blanco. Y las naciones
sabrán que el Príncipe de Paz es también Varón
de Guerra, juzgando el pecado y librando a su pueblo.
V. Un nacimiento maravilloso (65–66)
Dios describe lo que su voluntad hará cuando el reino se establezca
en la tierra. Le recuerda a la nación sus pecados (65.1–7)
y le reprende anunciando su salvación a los gentiles (Ro 10.19–21).
El AT prometía salvación a los gentiles, pero no revelaba
que los creyentes judíos y gentiles serían hechos un
solo cuerpo, la Iglesia. La nación merecía destrucción,
pero Dios la preservaría (65.8). Su remanente fiel heredaría
la tierra, mas los incrédulos serían cortados (64.9–17).
Isaías 65.18–25 describe las bendiciones del Reino cuando
Jerusalén es el centro de la tierra. Había una larga
vida (65.20); la muerte no se destruirá sino hasta después
de la edad del Reino, cuando Satanás es finalmente juzgado
(Ap 20.7–14; 1 Co 15.26). La gente trabajará en sus labores
en paz y felicidad, y verán sus labores cumplidas. La naturaleza
estará en paz (65.25; véase Ro 8.18–24). Qué
glorioso será ese día. En 66.7–9 tenemos el nacimiento
milagroso de una nueva nación. El Israel «político»
nació el 14 de mayo de 1948, pero es una nación en incredulidad.
El «Israel justo» nacerá cuando Jesús regrese
y le vea y confíe en Él. El período de la tribulación
será el «tiempo de angustia para Jacob» (Jer 30.7),
cuando la nación «estará de parto» por el
dolor. Será un tiempo cuando Dios purgará a Israel y
un remanente creyente será librado para establecer el Reino.
Al Israel actual le llevó años de «parto»
político para llegar a ser una nación, pero la nación
restaurada nacerá en un solo día cuando vean a Cristo.
El nacimiento se anuncia en 66.7–9; el gozo del nacimiento en
66.10. Pero en lugar del «bebé» que se nutre de
otros, Israel proveerá bendiciones a las otras naciones (66.11–12).
Y Jehová Dios será la «madre» de la nueva
nación (66.13) y dará gozo y bendición a toda
la tierra.
Nótese en 66.7 que antes del «parto» de la tribulación,
la nación dará a luz a Cristo. Véase Apocalipsis
12.1–6. Hay, entonces, dos nacimientos aquí: el nacimiento
de Cristo, el Hombre-Niño (66.7) y el nacimiento de la nación
restaurada después de la tribulación (vv. 8–9).
Tenga presente el orden de los sucesos: (1) el Arrebatamiento de la
Iglesia (1 Ts 4.13–18); (2) el levantamiento del anticristo
(2 Ts 2); (3) la ruptura del pacto de siete años del anticristo
con los judíos (Dn 9.27) después de tres años
y medio; (4) el derramamiento de la ira de Dios sobre el mundo (Mt
24.15–28) para juzgar a los gentiles y purificar a Israel; (5)
el regreso de Cristo con la Iglesia a la tierra para derrotar a las
naciones (Ap 19.11–21, Armagedón); y entonces (6) el
establecimiento del reino milenial (Ap 20.1–6).
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Pastor:
Rev. Eduardo Aparicio
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