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Estudio al Libro de: Isaías

 

I. Nombre
«Isaías» significa «la salvación es de Jehová», y la palabra salvación se repite muchas veces en el libro. Evidentemente Isaías pertenecía a una familia destacada, puesto que tuvo acceso a varios reyes de Judá. Estaba casado (8.3) y fue padre de al menos dos hijos (7.3 y 8.1–3). Empezó su ministerio cerca del final del reinado de Uzías, o sea, alrededor del 758 a.C. Predicó hasta finales del siglo y la tradición nos dice que el perverso rey Manasés lo aserró por la mitad (Heb 11.37).
II. Tema
El libro de Isaías se divide en dos secciones, 1–39 y 40–66. La primera sección advierte a los judíos respecto a la invasión asiria que se avecinaba sobre Judá, en tanto que la segunda anima a los cautivos que volvieron de la cautividad babilónica.
El tema principal de la primera sección es el castigo de Dios sobre Judá por sus pecados, mientras que el de la segunda sección es la consolación de Dios a los cautivos después de su sufrimiento. Isaías experimentó los sucesos de los primeros treinta y nueve capítulos, pero profetizó los hechos de la segunda sección del libro. En la primera sección Asiria es el principal enemigo; en la segunda sección es Babilonia.
III. Escenario histórico
Usted recordará que la nación se dividió después de la muerte de Salomón; las diez tribus del norte se organizaron como Israel y las dos del sur como Judá. La capital de Israel era Samaria; la capital de Judá era Jerusalén. Isaías ministró en Jerusalén, pero sus mensajes atañían tanto al reino del norte como al del sur. Isaías vivió para ver a Israel (el reino del norte) declinar y finalmente caer bajo Asiria.
El escenario político de Judá era amenazante en ese tiempo. Asiria era el poder amenazador y las otras naciones querían formar una coalición para luchar en su contra. Sin embargo, el rey Acaz de Judá no quiso unirse a la liga. De modo que Siria e Israel se unieron para atacar a Judá y forzar a Acaz a que cooperara. En lugar de confiar en la ayuda de Dios, Acaz acudió a Asiria e hizo un pacto secreto. A Asiria tan solo le encantó meter su pie en la puerta; derrotó a Israel en el 721 a.C., pero Judá se convirtió en vasallo de Asiria y ese fue el precio que Acaz pagó por su seguridad. Tan pronto como Israel dejó de ser obstáculo, Asiria decidió atacar a Judá y esclavizar a toda la nación judía. Isaías le dijo al pueblo que confiara en la ayuda del Señor, pero varios grupos le dijeron al rey que acudiera a Egipto en busca de ayuda. En los capítulos 36–39 Isaías relata cómo Dios le dio al rey Ezequías la victoria sobre Asiria cuando el ejército invasor estaba a las puertas de Jerusalén. Sin embargo, Judá estaba tan debilitada por la guerra y sus ciudades tan devastadas por el enemigo, que la nación en realidad nunca se recuperó. Los egipcios derrotaron a Asiria; y los egipcios cayeron ante Babilonia; y en 606–587 a.C. los babilonios llevaron a Judá al cautiverio. Así Isaías, en la primera mitad del libro, aconsejó a la nación respecto a Asiria; en la segunda mitad consoló al remanente respecto a su regreso de Babilonia.
IV. Cristo en Isaías
Isaías da un rico cuadro profético de Jesucristo. Vemos su nacimiento (7.14 con Mt 1.23; véase también Is 9.6); el ministerio de Juan el Bautista (40.3–6 con Mt 3.1ss); el ungimiento de Cristo por el Espíritu (61.1–2 con Lc 4.17–19); Cristo el Siervo (42.1–4 con Mt 12.17–21); el rechazo de Cristo por Israel (6.9–11 con Jn 12.38ss, Mt 13.10–15 y referencias paralelas en los Evangelios; también Hch 28.26–27 y Ro 11.8); la piedra de tropiezo (8.14 y 28.16 con Ro 9.32–33 y 10.11; 1 P 2.6); el ministerio de Cristo a los gentiles (49.6 con Lc 2.32; Hch 13.47; véase también 9.1–2 con Mt 4.15–16); el sufrimiento y muerte de Cristo (52.13–53.12); su resurrección (55.3 con Hch 13.34; 45.23 con Flp 2.10–11 y Ro 14.11); y el Rey que viene (9.6–7; 11.1ss; 59.20–21 con Ro 11.26–27; 63.2–3 con Ap 19.13–15).
V. El Siervo sufriente
Hay diecisiete referencias en Isaías al «siervo de Jehová». En trece de estas la nación está en la mira (43.10; 44.1–2, 21, 26; 45.4; 48.20; 49.3, 5–7); en cuatro es Jesucristo (42.1 y 19; 52.13–53.11). Toda la sección de 52.13–53.12 es una descripción vívida de los sufrimientos, muerte y resurrección de Jesucristo. Israel era el siervo de Jehová en el sentido de que Dios la usó para traer al Verbo y al Salvador al mundo. Sin embargo, Israel fue un siervo desobediente que se tuvo que castigar. Jesucristo es el verdadero Siervo de Jehová que murió por el mundo e hizo perfectamente la voluntad del Padre. En 41.8–9 Ciro es el siervo.
VI. Los dos hijos de Isaías
Los nombres simbólicos de sus dos hijos (7.3 y 8.1–3) ilustran los dos principales mensajes del libro de Isaías. Sear-jasub significa «un remanente volverá» y encaja con la segunda mitad de la profecía, el regreso del remanente desde Babilonia. Maher-salal-hasbaz significa «El despojo se apresura, la presa se precipita» y encaja con los capítulos 1–39, la derrota de Asiria.
Se ha sugerido que el libro de Isaías es como «una Biblia en miniatura». Sus sesenta y seis capítulos se dividen en dos partes: treinta y nueve capítulos en la primera división (como el AT) y veinte y siete capítulos en la segunda división (como el NT). Los primeros treinta y nueve capítulos enfatizan el juicio; los últimos veinte y siete enfatizan la misericordia y el consuelo.

ISAÍAS 6

El rey Uzías muere y el trono de Judá está vacío. Como todos los hombres de fe, Isaías acudió a Dios en busca de ayuda y consuelo, y la hora que parecía de derrota, experimentó una gran bendición espiritual. ¡Vio que aún Dios ocupaba el trono del cielo! Nótese la visión triple que Dios le dio a Isaías.
I. La mirada hacia arriba: Vio al Señor (6.1–4)
Como todo ciudadano dedicado, Isaías respetó mucho al rey Uzías. Durante cincuenta y dos años Uzías guió a Judá en un programa de paz y prosperidad. Fue una época de expansión y logros. Es triste que el rey se haya rebelado contra la Palabra de Dios y muriera leproso (2 R 15.1–7; 2 Cr 26). Isaías se dio cuenta de que aunque la nación prosperó desde el punto de vista material, espiritualmente estaba en terrible condición. El crecimiento económico y paz temporal eran un barniz que recubría el perverso corazón de la nación. ¿Qué le iba a ocurrir a Judá?
Dios hizo que Isaías levantara sus ojos al trono del cielo, quitándolos de sí mismo y de su pueblo. Quizás había confusión e inquietud en la tierra, pero en el cielo había perfecta paz: Dios estaba sentado en poder y gloria majestuosa. Tal vez la gente en la tierra recordaba la vergüenza de la muerte de Uzías como leproso, pero en el cielo no había vergüenza ni sombra de fracaso. Antes bien, los serafines decían: «Santo, santo, santo».
Juan 12.38–41 nos informa que Isaías vio a Jesucristo en su gloria. Estaba en el trono del cielo y los serafines le alababan. Su manto real llenaba el templo celestial y la casa se llenó del humo de su ira contra el pecado (Sal 80.4). Sus criaturas angélicas, los serafines («los de fuego»), le alababan por su santidad y gloria. «Toda la tierra está llena de su gloria». Isaías no veía mucha gloria en esa época, ni la vemos nosotros hoy. Más bien parece que la tierra está «llena de violencia» (Gn 6.11). Vemos los hechos desde la perspectiva humana; los ángeles los ven desde el punto de vista de Dios. Un día, cuando Jesús reine, toda la tierra será llena de su gloria (véanse Nm 14.21; Sal 72.19 y Hab 2.14). Véase también Isaías 11.9.
«Jehová de los ejércitos» es el nombre favorito que usa Isaías para Dios; lo usa sesenta y una veces. El profeta también llama a Dios «el Santo de Israel» veinticinco veces. Jehová es el Dios de la guerra santa, el Dios que se opone al pecado y derrota al enemigo. Isaías necesitaba darse cuenta de este hecho en un día cuando Judá al parecer estaba derrotado. Esta es una buena lección práctica para los cristianos de hoy: cuando el día está oscuro, alce sus ojos al cielo y vea a Cristo en el trono. «Jehová está en su santo templo».
II. La mirada hacia el interior: Se vio a sí mismo (6.5–7)
Una verdadera visión de Dios y su santidad siempre nos hacen percatarnos de nuestro pecado y fracaso. Job vio a Dios y se arrepintió (Job 42.6); Pedro exclamó «soy pecador» cuando vio el poder de Cristo (Lc 5.8). El farisaico rabí Saulo vio que su justicia no era sino «basura» comparado con la gloria de Cristo (Hch 9 y Flp 3), y creyó y llegó a ser el apóstol Pablo. Cuando los creyentes tienen una verdadera experiencia con el Señor, no se vuelven arrogantes; más bien se vuelven humildes y los quebranta.
Cuando Isaías confesó sus pecados, mencionó especialmente sus labios inmundos. Por supuesto, los labios inmundos son el producto de un corazón inmundo. El profeta sabía que no podía predicar con fidelidad a menos que se preparara y el Señor lo limpiara. Qué diferente a algunos cristianos que se precipitan a servir a Cristo antes de darse tiempo para conocerlo y ser limpios. Dios suplió la necesidad del profeta: envió un serafín que le limpiara con un carbón encendido del altar. ¡Qué trágico sería tener el trono sin el altar! Habría convicción de pecado, pero no limpieza. Nótese que fue más importante que el serafín equipara a Isaías para ganar almas, que alabar a Dios. La verdadera adoración debe conducir al testimonio y al servicio. Demasiados cristianos quieren aferrarse a la «experiencia espiritual» con el Señor, antes que prepararse para salir y hablar a otros de Él.
Hay una maravillosa palabra de aliento aquí: Dios rápidamente contesta la oración y nos limpia (1 Jn 1.9). Anhela equiparnos para que le sirvamos.
III. La mirada hacia afuera: Vio la necesidad (6.8–13)
Todo hasta este punto fue preparación. Ahora Dios puede llamar a Isaías y usarlo para predicar su Palabra. Ya al profeta no le preocupan sus necesidades; quiere hacer la voluntad de Dios. No siente la carga del pecado; le han limpiado. Ha dejado de sentirse desanimado; sabe que Dios está en el trono. Ahora está listo para salir a trabajar.
El llamado es una evidencia de la gracia de Dios. Él está dispuesto a usar a los seres humanos para realizar su voluntad en la tierra. Es cierto que Dios pudiera enviar a uno de los serafines y este obedecería al instante y a la perfección. Pero cuando se trata de proclamar su Palabra, Él debe usar labios humanos. Hoy Dios llama aún a los creyentes y, es triste, pero pocos responden. En el tiempo de Isaías sólo un «remanente» obedecería.
«Anda y di». Esta es la comisión que Dios nos da hoy. «Me seréis testigos[ … ] hasta lo último de la tierra» (Hch 1.8). Dios no le dio una misión fácil al profeta, porque la nación no estaba en condiciones de oír sus mensajes de pecado y de juicio. En el capítulo 1 Dios describe a la nación como un cuerpo enfermo, cubierto de heridas y llagas purulentas, y como un animal obstinado y rebelde, demasiado ignorante como para oír a su amo. En el capítulo 5 se compara a la nación con una hermosa viña que no dio buenas uvas. Al leer los capítulos 1–5, comprenderá la carga que Dios le daba a Isaías. La nación prosperaba; ¿por qué predicar sobre el pecado? A las «damas de distinción» no les gustaría (3.16–26), ni tampoco a los dirigentes (5.8ss). Cuando la gente está rica, llena y satisfecha, no cree que el juicio se avecina.
Seis veces se citan los versículos 9–10 en el NT: Mateo 13.13–15, Marcos 4.12, Lucas 8.10, Juan 12.40, Hechos 28.25–28 y Romanos 11.8; lo que da un total de siete referencias. ¿Dice Dios que ciega y condena a propósito? No, de ninguna manera. Lo que dice es que la Palabra de Dios tiene este efecto endurecedor y cegador sobre los pecadores que no quieren oír ni someterse. El sol que derrite el hielo también endurece el barro. Nótense los pasos descendentes en Juan 12: no creían (v. 37); por consiguiente, no podían creer (v. 39); y así no creerán (v. 40), porque han sellado su condenación.
El siervo de Dios debe proclamar la Palabra sin importar cómo responda la gente. Exigió gran fe de Isaías obedecer tal mandato. «¿Cuánto tiempo debo predicar y por tanto producir estos resultados trágicos?», preguntó. «Hasta que haya concluido mi juicio sobre la tierra», responde el Señor. Esta clase de juicio se anuncia en 1.7–9 y 2.12–22. Pero el Señor salvará un remanente, aun cuando la nación será llevada lejos en cautiverio (vv. 12–13). Esta profecía se aplicaba a un futuro inmediato al cautiverio, pero también representa las relaciones de Dios con Israel en los últimos días, cuando un pequeño remanente de judíos creerá durante el período de la tribulación. Isaías muestra a la nación como un árbol cortado; donde el tocón queda y nuevos brotes crecen en él. Relacione esto con 11.1ss, la profecía del «Renuevo: Jesucristo».
Cuando Isaías salió del templo aquel día no era más un doliente; era un misionero. No era un simple espectador; era un participante. Dios le equipó para que hiciera el trabajo: Isaías vio al Señor, se vio a sí mismo y vio la necesidad. Al saber que Dios estaba en el trono y que le había llamado y comisionado, estaba listo para predicar la Palabra y ser fiel hasta la muerte. Qué ejemplo para seguir hoy.


ISAÍAS 7–12

Hay dos principios importantes a tener en cuenta al estudiar la profecía del AT: (1) los profetas vieron la venida de Cristo en humillación y gloria, pero no vieron el período entre estos dos sucesos: la era de la Iglesia (1 P 1.10–12); y que (2) cada profecía brotó de una situación histórica definida, pero que miraba más allá de ese día presente, al futuro. Veremos estos principios en los capítulos que tenemos delante. El profeta se refiere a una crisis en particular en la historia de Judá: el ataque inminente de Israel (el reino del norte) y de Siria; y le dice a la nación exactamente lo que ocurrirá. Dentro de estas profecías Isaías también anunció la venida del Mesías. Nótense las profecías que da.
I. Judá será librada de sus enemigos (7.1–16)
A. La situación (vv. 1–2).

Asiria se fortalecía cada vez más y amenazaba a las otras naciones, de modo que Israel y Siria unieron sus fuerzas para protegerse. Querían que Judá se aliara a ellos, pero esta no quiso hacerlo. En realidad Acaz estaba haciendo arreglos en secreto con Asiria para que lo protegiera (2 R 16.1–9). La nación estaba asustada porque Siria e Israel estaban a punto de atacarla y parecía que no había vía de escape.
B. La promesa (vv. 3–9).
Dios envió a Isaías y a su hijo Sear-jasub («el remanente volverá») a que hablara con el rey Acaz mientras este inspeccionaba el acueducto de Jerusalén. Isaías le dio al rey un mensaje de esperanza y confianza: «No temas a Siria e Israel, porque dentro de sesenta y cinco años serán quebrantados». Esta profecía se cumplió: Asiria derrotó a Siria (Damasco) en el 732 y a Israel (Efraín, Samaria) en el 721, dentro del tiempo señalado.
C. La señal (vv. 10–16).
Acaz fingió ser muy piadoso al rehusar pedir señal de Dios. De modo que el Señor dejó a Acaz y le dio una señal a toda la casa de David (v. 13). Esta señal se cumplió al final en el nacimiento de Jesucristo (Mt 1.23). Nació de la virgen María y el Espíritu Santo lo concebió (Lc 1.31–35). Decir que la palabra «virgen» en el versículo 14 significa «joven» es tergiversar las Escrituras. Su nombre era «Emanuel» que significa «Dios con nosotros» (véanse 8.8 y 10). Jesucristo es Dios venido en carne humana, pero sin pecado (Jn 1.14). No es un simple «buen hombre» o un «gran maestro»; es el mismo Hijo de Dios. Negarlo es negar la Palabra de Dios (1 Jn 4.1–6).
Es posible (pero no necesario) que hubo algún tipo de cumplimiento inmediato de la profecía como una señal para el rey y la nación. Esto no significa un nacimiento milagroso, puesto que sólo Jesucristo nació de esta manera. Pero sí sugiere que una joven judía y virgen se casaría y que dentro del siguiente año daría a luz a un niño. Antes de que el niño llegara a la edad legal de responsabilidad (12 años), las naciones enemigas, Israel y Siria, serían derrotadas. Si esta señal se dio en el 735 a.C., como quizás lo fue, la promesa se cumpliría para el 721. Como hemos visto, Siria cayó en el 732 y Samaria en el 721. Es posible que el «hijo-señal» le nació a la esposa de Isaías; según se narra en 8.1–8. Esto significaría que la primera esposa del profeta (la madre de Sear-jasub, 7.3) habría muerto y que el profeta se casó con su segunda esposa poco después de pronunciar esta profecía. A pesar de la incredulidad y argucias del rey Acaz (robó el templo para sobornar a Asiria: 2 Cr 28.21, 24–25), Dios por su gracia libró a Judá de sus enemigos. Pero esta quedó esclavizada a Asiria y sólo la intervención divina en días de Ezequías libró a la nación (véase Is 36–37).
II. Israel será derrotado por Asiria (7.17–10.34)
Desde 7.17 y en adelante Isaías habla a la apóstata Israel y a Peca, su rey. Advierte al reino del norte que Asiria vendrá sobre ellos y los arruinará por completo, dejando a la tierra en pobreza y ruina en lugar de abundancia y bendición. Fue en este punto que el «hijo-señal» nació (8.1–4) y se le llamó Maher-salal-hasbaz: «El despojo se apresura, la presa se precipita». Su nombre enfatiza la ruina que se avecinaba sobre Samaria y Siria (8.4). La confederación de Israel con Siria no protegería al pueblo (8.11–15); necesitaban unirse a Jehová y permitirle que fuera su roca de fortaleza. Necesitaban volver a la ley (8.20).
En 9.1–7 Isaías da una segunda predicción del Mesías que viene; véase Mateo 4.13–16. Las áreas mencionadas en 9.1 fueron las que más sufrieron cuando Asiria invadió a Israel, pero serían las que verían la luz del Mesías. En los versículos 3–5 el profeta mira a los años cuando Israel se regocijará, cuando las cargas le serán quitadas, cuando las armas de guerra serán quemadas como combustible: el tiempo cuando Jesucristo reinará como Príncipe de Paz. Véase aquí la humanidad de Cristo («Un niño nos es nacido») y la deidad de Cristo («Hijo nos es dado»). Entonces el profeta salta de su humilde nacimiento a su glorioso reinado, cuando reinará desde Jerusalén y habrá perfecta paz.
En 9.8–10.34 Isaías continúa advirtiendo a Israel de la ruina que se avecinaba. También advierte a Asiria que no se enorgullezca de sus victorias, porque no era sino un instrumento en las manos de Dios. Su día de derrota llegará también. Podemos ver en Asiria un tipo del anticristo, el cual reunirá a todas las naciones en contra de Jerusalén en la batalla del Armagedón. Así como Dios derrotó a Asiria con su poder milagroso, derrotará a Satanás y a sus ejércitos unidos (Ap 19).
III. Israel y Judá se unirán en el reino (11–12)
Nótese 11.12: las naciones divididas un día se unirán y volverán a su tierra en paz. En 11.1–3 tenemos un cuadro de Jesucristo: «el vástago» o «retoño». En 6.13 vimos que la nación fue «derribada» como árbol, quedando sólo el tronco; ahora vemos a Cristo brotando del trono para salvar al pueblo. Jesucristo es el descendiente legal de David; está enraizado en Judá como judío. Se le llama «el renuevo de Jehová» en 4.2; «renuevo justo» en Jeremías 23.5; «mi siervo el Renuevo» en Zacarías 3.8; y «el varón cuyo nombre es el Renuevo» en Zacarías 6.12. La palabra hebrea netzer («renuevo», «rama») se identifica con el nombre dado a Jesús en Mateo 2.23: el «nazareno».
Los cuatro Evangelios describen al «Renuevo» como sigue: Mateo, la vara justa de David (Jer 23.5); Marcos, mi siervo el Renuevo (Zacarías 3.8); Lucas, el varón cuyo nombre es el Renuevo (Zacarías 6.12); y Juan, el Renuevo de Jehová (Is 4.2). Así Jesucristo un día cumplirá las promesas del AT que Dios dio a los judíos y reinará sobre su reino en gloria y victoria (Ro 15.8–12). Vemos a las tres Personas de la Deidad en 11.2: «Y reposará sobre Él [Cristo] el Espíritu de Jehová [el Señor]». Aquí hay un ministerio séptuple del Espíritu. Sin duda el Espíritu Santo dio poder a Cristo en su ministerio aquí en la tierra (Jn 3.34); y el Espíritu también nos dará poder hoy para prepararnos para servir a Cristo y glorificarle (Hch 1.8). A partir de 11.4 tenemos una descripción del glorioso reino que Cristo establecerá cuando vuelva para reinar. Será un tiempo de juicio justo cuando el pecado se juzgará inmediatamente. La naturaleza se restaurará (Ro 8.18–25) y no habrá más maldición. La violencia y la guerra serán cosa del pasado. «La tierra será llena del conocimiento de Jehová» (v. 9); véanse Isaías 6.3 y Habacuc 2.14. Por favor, no «espiritualice» estas promesas. Arrebatárselas al judío y aplicarlas a la Iglesia es tergiversar las Escrituras. Estas son promesas literales de un reino literal sobre el cual Cristo reinará un día.
En 11.10 se nos dice que Cristo llamará tanto a gentiles como a judíos. El milagro del cruce del Mar Rojo en el éxodo se repetirá en los últimos días, de modo que Israel regresará a su tierra (11.11–16). Antes la gente se reía de estas promesas, pero ahora que Israel posee su tierra y la ciudad santa, su cumplimiento parece cerca. El capítulo 12 es el canto de victoria de la nación. Entonaron este canto cuando fueron librados de Egipto (Éx 15.2) y también al regresar después del exilio para reconstruir el templo (Sal 118.14). Cantarán de nuevo cuando regresen a su tierra en victoria y gloria, cuando Jesús reine sobre un mundo de paz y prosperidad.

ISAÍAS 40–66

A Isaías 40–66 a menudo se le ha llamado la «sección del Nuevo Testamento» del libro. Tiene veinte y siete capítulos, en forma similar a los veinte y siete libros del NT. Empieza con el ministerio de Juan el Bautista (40.3–4 con Mt 3.1–3) y su énfasis está en Cristo y la salvación. En el mismo corazón de esta sección está el capítulo 53, la más grande predicción del AT acerca de la muerte de Cristo en la cruz. Mientras que Isaías 1–39 enfatiza el juicio de Dios sobre su pueblo, Isaías 40–66 hace resonar una nota de consuelo y redención. Se escribió para animar al remanente judío acerca de su futura liberación del cautiverio babilónico después de setenta años de cautividad. Isaías escribió esta asombrosa profecía más de ciento cincuenta años antes de que el remanente siquiera la necesitara como aliento.
Al leer estos capítulos notará que se destacan varias ideas. La primera es el constante énfasis: «No temas». Véanse 41.10, 13–14; 43.1, 5; 44.2, 8. ¿Qué temían los judíos? Temían a las grandes naciones gentiles que avanzaban conquistando el mundo. Asiria conquistó a Israel; Babilonia capturó a Judá y ahora un nuevo imperio, los persas, surgían en la escena. Y todas estas naciones adoraban ídolos. «Si estas naciones tienen tal victoria», argüían algunos judíos, «sus dioses deben ser verdaderos y en Jehová no se puede confiar». Esto lleva a la segunda idea principal: ¡la grandeza de Dios y la falsedad de los ídolos paganos! Léanse con cuidado 40.18–20; 41.6–7, 29; 42.8, 17; 43.10–12; 44.9–20 (una acusadora exposición de la insensatez de adorar ídolos); 45.16, 20; 46.1–2, 5–7. Por favor, note cuánto se repite que Dios es fiel y que no hay nadie que se pueda comparar a Él (40.18, 25; 43.10–11; 44.6, 8; 45.5–6, 14). En cada uno de estos capítulos Isaías expone la insensatez de los ídolos y exalta la grandeza de Jehová. El remanente judío no debía temer: Dios era lo suficiente grandioso.
La tercera idea principal se relaciona con Ciro, rey de Persia, el hombre que Dios levantó para conquistar a Babilonia y permitir que los judíos volvieran a su tierra (léanse 41.2–5, 25; 44.28–45.4; 47.11). Este es el Ciro mencionado en Esdras 1.1; reinó alrededor del 559 al 529 a.C. El hecho de que Isaías lo llama por nombre dos siglos antes de que naciera es otra prueba de la inspiración divina de la Biblia. También se mencionó al rey Josías cientos de años antes de su nacimiento (1 R 13.2 y 2 R 23.15–18).
Al leer estos capítulos tenga presente que tienen un cumplimiento inmediato en Ciro y el regreso del remanente desde Babilonia, y también uno superior en Jesucristo y la redención que tenemos en Él. La maravillosa liberación de Babilonia representa la redención que Cristo compró para nosotros en la cruz. En este sentido, el rey Ciro, a pesar de ser un gobernante pagano, es un tipo de Cristo, nuestro Redentor (45.1–4). Isaías 42.1–9 presenta a Cristo como el siervo obediente de Dios, trayendo gloria a los judíos y salvación a los gentiles. Compárense estos versículos con Mateo 12.18–20.
Con estos antecedentes podemos mirar estos capítulos y ver cómo Dios se revela a su pueblo y les anima a confiar en Él. Dios les revela varios aspectos de su grandeza.
I. La grandeza de su Persona (40)
Este capítulo contrasta la grandeza de Dios con la debilidad del hombre (vv. 6–8) y los ídolos (vv. 18–20). ¿Cómo podría este endeble remanente judío volver alguna vez a su tierra y establecer de nuevo la nación? Dios iría delante de ellos y les abriría el camino (vv. 3–5). En Mateo 3.3 esta promesa se aplica a Juan preparando el camino para la llegada de Cristo. «No se miren a ustedes mismos», dice el profeta en los versículos 9–17. «Miren a su Dios. Él es el creador del universo. ¿No es Él capaz de fortalecerlos y sostenerlos?» Nótese la bendita promesa en los versículos 28–31.
II. La grandeza de su propósito (41)
Jehová no es simplemente el Dios de los judíos; es el que controla a las naciones. Levantará a Ciro del este (Persia, v. 2) pero lo traerá desde el norte (después que conquiste a los medos, v. 25). Las naciones temblarán y se volverán a sus ídolos, pero estos no podrán librarlas (vv. 3–7). Dios tiene un propósito en el ascenso y caída de las naciones; Israel no tenía que temer (vv. 10, 13–14) porque Dios estaba con ellos y realizaba sus propósitos (Ro 8.28). ¡Él convertiría el «gusano» en «trillo» y movería montañas! Los ídolos no tenían propósitos; no podían planear ni controlar los acontecimientos futuros (vv. 21–24).

III. La grandeza de su perdón (42–43)
En 42.1–9 se nos presenta a Jesucristo (Mt 12.18–20) según vemos su primera venida en humildad y gracia, y su segunda venida en poder y juicio. Entre estos dos acontecimientos tenemos la presente edad de la Iglesia. Dios permitió que capturaran y llevaran al exilio a los judíos para castigarlos por sus pecados (42.18–25), pero su cautiverio no será para siempre. Él vendrá en juicio y destruirá a Babilonia (42.10–17), usando a Ciro como su instrumento. El capítulo 43 asegura a Israel: «No temas; yo estoy contigo». Su liberación los haría testigos al mundo respecto a la gracia y al poder de Dios (43.10, 12). Pero Isaías regaña a la nación por haberse olvidado de Dios (43.22–27); y sin embargo en su gracia Dios les perdonaría sus pecados (43.25). Es posible aplicar estas promesas de perdón al remanente futuro judío durante el período de la tribulación.
IV. La grandeza de sus promesas (44–45)
Nótese en estos capítulos la repetición de las afirmaciones futuras. Aquí Dios le promete a la nación su ayuda y bendiciones. En 44.1–8 promete restaurarlos a su tierra, bendecir la tierra y reinar como su Rey. Por supuesto, la nación debe arrepentirse de sus pecados antes de que Dios restaure y perdone (44.21–23). En 44.9–20 el profeta de nuevo expresa la insensatez de los ídolos paganos: un hombre corta un árbol, usa parte del mismo como leña y el resto para hacerse un dios. Jehová es el Dios que hace promesas y las guarda; los ídolos no son sino mentiras (44.18–20). En 44.24–45.8 tenemos otra promesa de liberación por medio de Ciro. Los sacerdotes paganos y hechiceros pueden prometer derrota (44.25), pero Dios frustrará sus mentiras y le dará a Ciro la victoria. Judá se habitará otra vez y Jerusalén se reconstruirá. Esto se cumplió en Esdras 1. En 45.1–3 Isaías incluso dice cómo Ciro capturará la invencible fortaleza de Babilonia: secará uno de los ríos que corren por el interior de la ciudad y entrará por debajo de sus puertas. La historia narra este suceso, pero la profecía se anunció cientos de años antes de que ocurriera. ¿Puede alguien frustrar u oponerse a las promesas y a los propósitos de Dios? (45.5–10) No. Dios levantaría a Ciro para que reconstruyera su ciudad (45.13); le daría a Ciro otras naciones como recompensa por servir a Dios (45.14). Los ídolos quedarán confundidos, pero Dios será glorificado (45.16–19). Nótese en 45.17 que lo histórico se amalgama con lo eterno: será una salvación eterna. Aquí el profeta Isaías mira a través de los siglos a la salvación que tenemos en Cristo (45.22), así como a la futura liberación de Israel y el establecimiento del reino.
V. La grandeza de su poder (46–48)
Estos capítulos describen la completa ruina de Babilonia. Cuando Isaías habló y escribió estas palabras, Babilonia aún no era un gran poder mundial. Algunos de los judíos deben haberse quedado perplejos por este mensaje. Pero Babilonia en efecto ascendió al poder y en realidad conquistó Judá. Sin embargo, Dios un día conquistaría a Babilonia y sus falsos dioses irían al cautiverio. En lugar de que los dioses paganos llevaran a su pueblo, la gente llevaría a sus dioses (46.5–7). Pero Dios llevaría a su pueblo (46.3–4) y traería salvación a Sion. El «ave» de 46.11 es Ciro, por supuesto. Léanse los capítulos 47–48 para ver cómo el poder de Dios destruiría a la gran nación de Babilonia.
«No temas» es la gran promesa de Dios para nosotros como cristianos neotestamentarios. Él es más grande que Satanás y que este mundo; de modo que no tenemos por qué temer. Él tiene un propósito para nuestras vidas y lo cumplirá si confiamos en Él. Él nos perdonará nuestros pecados y guardará sus promesas.

ISAÍAS 53

Este capítulo es el mismo corazón de Isaías 40–66 y nos lleva a la cruz. Que estos versículos se aplican a Jesucristo queda demostrado en Juan 12.38, Mateo 8.17, Hechos 8.32–35, Marcos 15.28, Lucas 22.37, Romanos 10.16 y 1 Pedro 2.24. En el NT se cita o se hace al menos ochenta y cinco referencias a Isaías 53.
La profecía empieza con 52.13–15. El versículo 13 nos habla de la exaltación de Cristo y el resto de la sección trata de su humillación. Como nos informa 1 Pedro 1.10–11, esta extraña «contradicción» dejaba perplejos a los profetas del AT. No se percataban de que habría un período largo entre la venida del Mesías como Siervo sufriente para morir y su venida como el Soberano Exaltado para reinar. El versículo 14 nos informa que los sufrimientos físicos de Cristo le hicieron parecer inhumano, a tal punto que los hombres se asombraron de Él. Pero cuando vuelva por segunda vez (v. 15), el mundo entero quedará «asombrado, pasmado». Véanse Zacarías 12.9–10 y Apocalipsis 1.7. La primera vez que vino asombró a unas pocas personas en Palestina; la próxima vez que venga asombrará al mundo entero. Ahora pasemos al capítulo siguiente. Traza la vida y ministerio de Cristo.
I. Su rechazo (53.1–3)
Ahora se anuncia la incredulidad de Israel: le vieron, le oyeron, pero no confiaron en Él (Jn 1.11; 12.37–38). Hubo un rechazo triple: rechazaron sus palabras, su «anuncio» y sus obras, «el brazo de Jehová». Véase especialmente Juan 12.37–40. En 6.9–10 se le advirtió al profeta respecto a esta dureza de corazón.
El tercer foco de rechazo fue su persona (v. 2). No nació en un palacio; nació en un establo de Belén y creció en el despreciado pueblo de Nazaret (Jn 1.43–46). La palabra «renuevo» significa literalmente «un pequeño arbusto», tal como el que brotaría de una rama baja. En otras palabras, Cristo no era un gran árbol, sino un arbusto humilde. Véase Isaías 11.1. Cuando apareció, la nación estaba espiritualmente desolada y seca. Tenían su forma de religión, pero no tenían vida, y debido a que Él trajo vida, le rechazaron. Qué Hombre más asombroso, humano («subirá», o crecerá), y sin embargo divino. Esto ofendió a los judíos que no podían creer que Dios vendría en forma de siervo (Mc 6.1–3). Su apariencia física no era inusual; no había esplendor ni atractivo humano especial al ojo humano. Por supuesto, para quienes le conocieron, Él es el más hermoso de todos (Sal 45.1ss). Lo despreciaron (no lo querían, lo menospreciaban), rechazaron (lo olvidaron sus discípulos, su nación y su mundo), estimaron en poco (no lo valoraron mucho, no lo quisieron). Sin embargo, Él hizo el bien y ayudó al desvalido. Esto sólo muestra la perversidad del ser humano que trata así al mismo Hijo de Dios.
II. Su redención (53.4–6)
¿Por qué un hombre inocente como Jesucristo sufrió tan terrible muerte en la cruz? Estos versículos explican el porqué: Tomó el lugar de los pecadores y llevó el juicio en lugar de ellos. Véanse 1 Pedro 2.24 y 2 Corintios 5.21. Nótese el precio que pagó: (1) herido, traspasado, refiriéndose a su muerte en la cruz, horadado por los clavos: Juan 19.37, Zacarías 12.10; molido, que significa «aplastado» como debajo de una carga, el peso del pecado que le pusieron; (3) castigado, como si hubiera quebrantado la ley, en este caso con las llagas de la flagelación.
Pero estos sufrimientos físicos no eran nada comparados al sufrimiento espiritual de la cruz, donde llevó nuestros pecados (vv. 5, 8), rebelión y quebrantamiento deliberado de la ley de Dios; nuestras iniquidades (vv. 5–6), lo torcido de nuestra naturaleza; y nuestros dolores y aflicciones (v. 4), nuestras calamidades y los resultados infelices de nuestros pecados. Somos pecadores de nacimiento («todos nosotros nos descarriamos como ovejas») y por elección («cada cual se apartó por su camino»). Véanse Salmo 58.3 y Romanos 5.12ss. El versículo 6 empieza con el «todos» de la condenación, pero termina con el «todos» de la salvación. Él murió por todos. Estos versículos son el mismo corazón del evangelio: «Cristo murió por nuestros pecados».
III. Su resignación (53.7–9)
No lo trataron con justicia; lo oprimieron, vejaron, trataron con rigor. Sin embargo, ni se quejó ni clamó. Se mofaron de Él y le llevaron de un lugar a otro, mas Él permaneció en silencio y manso como un cordero. Fue el «Cordero de Dios» que vino para quitar los pecados del mundo (Jn 1.29). El versículo 8 sugiere que lo arrebataron de la prisión y no permitieron que se le hiciera justicia. Véanse Hechos 8.33 y Mateo 27.22–31. El juicio fue «arreglado» y todo el asunto fue ilegal. Sin embargo, su «generación» no protestó; sus discípulos le abandonaron y huyeron. Y su muerte no fue nada gloriosa; lo «cortaron» de la ciudad como a un leproso inmundo proscrito. A pesar de este tratamiento ilegal e inhumano, Jesucristo no protestó ni arguyó. ¿Por qué? Porque vino a morir por el pueblo. A Barrabás, el criminal, lo trataron con más bondad que a Jesús el Hijo de Dios.
El versículo 9 debería decir: «Dispusieron su sepultura con los impíos, mas fue rico en su muerte». Si no hubiera sido por Nicodemo y José, hubieran sepultado el cuerpo de Jesús en un «campo del alfarero» o arrojado en el basurero (Jn 19.38–42). Dios le prometió a su Hijo un «sepulcro en el huerto» y esto se cumplió. «Nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca». Los hombres fueron injustos, pero Dios fue justo. Qué ejemplo de lo que Jesús es para nosotros cuando nos sometemos por completo a la voluntad de Dios (1 P 2.18–25). Cuando los hombres nos tratan injustamente (y lo harán debido a que seguimos a Cristo), debemos glorificar al Señor sometiéndonos a su voluntad.
VI. Su recompensa (53.10–12)
Todo esto lo planeó Dios y su plan fue un completo éxito. Véanse 52.13 y 42.1–4, donde comprobamos el éxito de la obra del Salvador. Estos versículos del capítulo 53 nos muestran el lado divino de la cruz: Su muerte «agradó al Señor». ¿Significa esto que el Padre se regocijó de los sufrimientos y muerte de su Hijo? No. Pero le agradó ver la obra de salvación completa, el sacrificio aceptado y el pecado expiado. Ahora un Dios santo podía, en su gracia, salvar a los pecadores inmerecedores. Aun cuando Cristo fue inmolado por las manos impías de los hombres, sus obras fueron anuladas para lograr el propósito de Dios (Hch 2.22–24). La muerte de Cristo no fue un «ejemplo moral»; fue una ofrenda por el pecado (v. 10). Murió en nuestro lugar.
¿Cuál fue la recompensa de Cristo, aparte del gozo de haber hecho la voluntad de su Padre? Fue levantado de los muertos («vivirá por largos días») y se le dio una familia espiritual («verá linaje»). El versículo 11 presenta el cuadro de una familia espiritual, porque describe la «aflicción» de su alma en la cruz. Véanse Salmo 22.30 y Hebreos 2.13. En Isaías 9.6 a Cristo se le llama «Padre Eterno» y esta es la razón: Su muerte y aflicción en la cruz hicieron posible la familia de Dios de pecadores salvos. Estas son personas a quienes Él ha justificado, declarado justos mediante su gracia.
El versículo 12 presenta otra recompensa del siervo fiel: una herencia del Padre. Ha conquistado el pecado y a Satanás; ahora divide los despojos (Ef 4.8). Cuando estaba en la tierra, a Cristo lo estimaron en poco, pero ahora se le cataloga «con los grandes». Los reyes se inclinarán ante Él (52.13, 15; Sal 72.8–11; Ap 19.14ss). El Salmo 2 describe cómo Cristo un día pedirá su herencia.
Las afirmaciones finales nos llevan de nuevo a la cruz. Cristo fue contado con los transgresores: fue crucificado entre dos ladrones y tratado como un criminal (Mt 27.38). Intercedió por los transgresores, orando por ellos (Lc 23.34, 43). No abrió su boca cuando los hombres cruelmente le denostaban, pero ahora habla a favor de los pecadores perdidos. Y hoy intercede por los suyos (Ro 8.34). No hay juicio sobre ellos debido a que Él lo llevó todo. ¿Ha confiado en Él como su Salvador?


ISAÍAS 60–66

Estos capítulos describen el glorioso reino que Jesucristo establecerá cuando vuelva a la tierra a reinar. La palabra «gloria», en sus diversas formas, se halla veinticuatro veces en estos capítulos. Sin duda no había ninguna gloria en Israel ni en Judá cuando terminó el cautiverio babilónico y el debilitado remanente volvió a su tierra. Qué desalentador debe haber sido regresar a una tierra agostada por la guerra, a la ciudad con las murallas destrozadas y las puertas quemadas por el fuego, y a un templo dejado en ruinas. Pero Isaías miraba a través de los años y veía una «ciudad santa» gloriosa, con un templo glorioso (60.7; véase 64.11), y murallas y puertas reconstruidas (60.10–11). Israel era burla de las naciones gentiles, pero sería el centro de la tierra, el mismo trono de Dios; y los gentiles vendrían a Jerusalén y adorarían al verdadero Dios (véanse 60.3, 5, 11, 16; 61.6, 9; 62.2; 66.12, 19). Estas promesas de la gloria futura de la nación serían un gran estímulo para los judíos al regresar a su tierra después del cautiverio. Nótense en estos capítulos cuatro cuadros maravillosos de la nación restaurada.
I. Un glorioso amanecer (60)
A. Nace el nuevo día (vv. 1–9).

Qué sombrío era todo para los judíos en los días de Isaías y cuánto más oscuro será durante la tribulación, cuando la nación sufra bajo las manos del anticristo y las naciones gentiles. Pero las tinieblas acabarán con el regreso de Cristo. El Señor mismo aparecerá a los judíos: «Mirarán a mí, a quien traspasaron» (Zac 12.10; Ap 1.7). En ese día Israel participará de la gloria de Cristo cuando Él reine sobre el trono de David, y la Iglesia reine con Él en su reino. Isaías ve a las naciones gentiles viniendo a Jerusalén en paz, no en guerra, y a Israel participando de la riqueza de las naciones (vv. 3–9). Algunos aplican el versículo 5 al Mar Muerto, porque incluso hoy los judíos extraen algo de riqueza de esta masa de agua. Hoy las naciones están contra Jerusalén; ha sido el centro de oposición mundial. Pero en el día que Cristo restaure la gloria a Israel, los gentiles se postrarán en paz.
B. Las bendiciones abundan (vv. 10–22).
La nación se reconstruirá y las puertas nunca se cerrarán por el peligro. El reino milenial (mil años, Ap 20.4–5) será un tiempo de paz y prosperidad para todo el mundo. Será «un nuevo día» para la humanidad cuando el Sol de Justicia, Jesucristo, vuelva (Mal 4.1–3). No aplique estas promesas a los cristianos de hoy, espiritualizándolas o convirtiéndolas en símbolos. Se cumplirán literalmente en la tierra de Israel cuando Jesús vuelva. Como cristianos neotestamentarios esperamos «la estrella resplandeciente de la mañana» (Ap 22.16) que precede a la aurora; porque Cristo vendrá en el aire a buscar a su Iglesia y nos llevará al cielo antes de que sus juicios caigan sobre el mundo.
II. Una boda gozosa (61–62)
Cristo leyó en la sinagoga de Nazaret Isaías 61.1–2 (Lc 4.16–21), y se aplicó a sí mismo las palabras. Vino para satisfacer las necesidades espirituales del pueblo y a «proclamar el año agradable del Señor». Allí se detuvo en su lectura, porque «el día de venganza» no vendrá sino en la tribulación (véase 63.1–4). Hoy vivimos en el «año de la buena voluntad», el día de la gracia. Por supuesto, Isaías habla aquí del ministerio del Señor a Israel, cuando vuelva para convertir su «funeral» en una «boda» gozosa. El versículo 3 describe a los dolientes secando sus lágrimas y vistiéndose de ropas festivas en lugar de su luto. El versículo 10 describe a la nación regocijándose como lo hacen la novia y el novio.
Israel se «casó» con Jehová en el monte Sinaí, cuando Él les dio la ley. Pero la nación fue infiel y se fue tras los dioses de otras naciones. Debido a su «adulterio espiritual» la nación fue enviada al cautiverio, pero incluso esto no la curó de sus pecados. Hoy Israel es una «esposa desamparada», pero cuando Cristo vuelva y la nación sea limpiada, de nuevo «se casará» con Jehová. Isaías 62.4 promete que no será «desamparada» o «desolada»; más bien será llamada «Hefzi-bá»: «Mi deleite está en ella», y «Beula»: «Desposada». El versículo 5 describe al Señor regocijándose por su esposa restaurada. No confunda esto con la Iglesia, la Novia de Cristo (2 Co 11.1–2. Véanse Oseas 2, Isaías 50.1 y 54.1.
III. Una victoria justa (63–64)
En 63.1–6 tenemos a Cristo como el Guerrero salpicado de sangre, regresando de su victoria sobre las naciones en la batalla del Armagedón (Ap 19.11–21). Su victoria se ilustra como un labrador que exprime el jugo en el lagar. El primer milagro de Cristo en la tierra fue convertir el agua en vino; su última victoria antes de establecer su reino en la tierra será pisar el lagar de su ira. ¿Por qué Cristo derrotará a las naciones que tratan de destruir a los judíos? Debido a su gracia y fidelidad (vv. 7–9). Cuando Isaías consideró la bondad de Dios hacia Israel, a pesar de su rebelión, tuvo que clamar en oración por el limpiamiento de la nación (63.15–64.12). Cuánto anhelaba ver a Dios obrar poderosamente como lo hizo en el pasado. El templo estaba profanado y la nación lo poseyó tan solo durante unos pocos años (63.18). Isaías destaca sus pecados: impureza (64.5–6), despreocupación (64.7) y obstinación (64.8). Cuando Jesús entró en Jerusalén, entró en paz sobre un asno. Cuando venga a la tierra por segunda vez cabalgará en majestad en un caballo blanco. Y las naciones sabrán que el Príncipe de Paz es también Varón de Guerra, juzgando el pecado y librando a su pueblo.
V. Un nacimiento maravilloso (65–66)
Dios describe lo que su voluntad hará cuando el reino se establezca en la tierra. Le recuerda a la nación sus pecados (65.1–7) y le reprende anunciando su salvación a los gentiles (Ro 10.19–21). El AT prometía salvación a los gentiles, pero no revelaba que los creyentes judíos y gentiles serían hechos un solo cuerpo, la Iglesia. La nación merecía destrucción, pero Dios la preservaría (65.8). Su remanente fiel heredaría la tierra, mas los incrédulos serían cortados (64.9–17). Isaías 65.18–25 describe las bendiciones del Reino cuando Jerusalén es el centro de la tierra. Había una larga vida (65.20); la muerte no se destruirá sino hasta después de la edad del Reino, cuando Satanás es finalmente juzgado (Ap 20.7–14; 1 Co 15.26). La gente trabajará en sus labores en paz y felicidad, y verán sus labores cumplidas. La naturaleza estará en paz (65.25; véase Ro 8.18–24). Qué glorioso será ese día. En 66.7–9 tenemos el nacimiento milagroso de una nueva nación. El Israel «político» nació el 14 de mayo de 1948, pero es una nación en incredulidad. El «Israel justo» nacerá cuando Jesús regrese y le vea y confíe en Él. El período de la tribulación será el «tiempo de angustia para Jacob» (Jer 30.7), cuando la nación «estará de parto» por el dolor. Será un tiempo cuando Dios purgará a Israel y un remanente creyente será librado para establecer el Reino. Al Israel actual le llevó años de «parto» político para llegar a ser una nación, pero la nación restaurada nacerá en un solo día cuando vean a Cristo. El nacimiento se anuncia en 66.7–9; el gozo del nacimiento en 66.10. Pero en lugar del «bebé» que se nutre de otros, Israel proveerá bendiciones a las otras naciones (66.11–12). Y Jehová Dios será la «madre» de la nueva nación (66.13) y dará gozo y bendición a toda la tierra.
Nótese en 66.7 que antes del «parto» de la tribulación, la nación dará a luz a Cristo. Véase Apocalipsis 12.1–6. Hay, entonces, dos nacimientos aquí: el nacimiento de Cristo, el Hombre-Niño (66.7) y el nacimiento de la nación restaurada después de la tribulación (vv. 8–9). Tenga presente el orden de los sucesos: (1) el Arrebatamiento de la Iglesia (1 Ts 4.13–18); (2) el levantamiento del anticristo (2 Ts 2); (3) la ruptura del pacto de siete años del anticristo con los judíos (Dn 9.27) después de tres años y medio; (4) el derramamiento de la ira de Dios sobre el mundo (Mt 24.15–28) para juzgar a los gentiles y purificar a Israel; (5) el regreso de Cristo con la Iglesia a la tierra para derrotar a las naciones (Ap 19.11–21, Armagedón); y entonces (6) el establecimiento del reino milenial (Ap 20.1–6).



Pastor:
Rev. Eduardo Aparicio