CARTA
DE PONCIO PILATO A TIBERIO
(Segunda carta de Pilato)
Carta de Poncio Pilato dirigida al emperador romano acerca de Nuestro
Señor Jesucristo
Poncio Pilato saluda al emperador Tiberio César.
Jesucristo, a quien te presenté claramente en mis últimas
relaciones, ha sido, por fin, entregado a un duro suplicio a instancias
del pueblo, cuyas instigaciones seguí de mal grado y por temor.
Un hombre, por vida de Hércules, piadoso y austero como éste,
ni existió ni existirá jamás en época
alguna. Pero se dieron cita para conseguir la crucificción
de este legado de la verdad, por una parte, un extraño empeño
del mismo pueblo, y por otra, la confabulación de todos los
escribas, jefes y ancianos, contra los avisos que les daban sus profetas
y, a nuestro modo de hablar, las sibilas. Y mientras estaba pendiente
de la cruz, aparecieron señales que sobrepujaban las fuerzas
naturales, y que presagiaban, según el juicio de los físicos,
la destrucción a todo el orbe. Viven aún sus discípulos,
que no desdicen del maestro ni en sus obras ni en la morigeración
de sus vidas; más aún, siguen haciendo mucho bien en
su nombre. Si no hubiera sido, pues, por el temor de que surgiera
una sedición en el pueblo (que estaba ya como en estado de
efervescencia), quizá nos viviera todavía aquel insigne
varón. Atribuye, pues, más mis deseos de fidelidad para
contigo que a mi propio capricho el que no me haya resistido con todas
mis fuerzas a que la sangre de un justo inmune de toda culpa, pero
víctima de la malicia humana, fuera inicuamente vendida y sufriera
la pasión; siendo así, además, que, como dicen
sus escrituras, esto había de ceder en su propia ruina. Adiós.
Día 28 de marzo.
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero,
BAC
SENTENCIA DE PILATO
(Epistola Tiberii ad Pilatum)
Esto es lo que contestó César Augusto a Poncio Pilato,
gobernador de la provincia oriental. El mismo César añadió
la sentencia de su puño y letra y se la envió con el
mensajero Raab, a quien entregó, además, soldados en
número de dos mil:
«Por cuanto tuviste la osadía de condenar a muerte a
Jesús Nazareno de una manera violenta y totalmente inicua y,
aun antes de dictar sentencia condenatoria, le pusiste en manos de
los insaciables y furiosos judíos; por cuanto, además,
no tuviste compasión de este justo, sino que, después
de teñir la caña y de someterle a una horrible sentencia
y al tormento de la fagelación, le entregaste, sin culpa alguna
por su parte, al suplicio de la crucifixión, no sin antes haber
aceptado presentes por su muerte; por cuanto, en fin, manifestaste,
sí, compasión con los labios, pero le entregaste con
el corazón a unos judíos sin ley; por todo esto, vas
tú mismo a ser conducido a mi presencia, cargado de cadenas,
para que presentes tus excusas y rindas cuentas de la vida que has
entregado a la muerte sin motivo alguno. Pero ¡ay de tu dureza
y desvergüenza! Desde que esto ha llegado a mis oídos,
estoy sufriendo en el alma y siento que se desmenuzan mis entrañas.
Pues ha venido a mi presencia una mujer, la cual se dice discípula
de Él (es María Magdalena, de quien, según afirma,
expulsó siete demonios), y atestigua que Jesús obraba
portentosas curaciones, haciendo ver a los ciegos, andar a los cojos,
oír a los sordos, limpiando a los leprosos, y que todas estas
curaciones las verificaba con su sola palabra ¿Cómo
has consentido que fuera crucificado sin motivo alguno? Porque, si
no queríais aceptarlo como Dios, deberíais al menos
haberos compadecido de Él como médico que es. Hasta
la misma relación astuta que me ha llegado de tu parte, está
reclamando tu castigo, ya que en ella se afirma que Éste era
superior a todos los dioses que nosotros veneramos. ¿Cómo
ha sido para entregarle a la muerte? Pues sábete que, así
como tú le condenaste injustamente y le mandaste matar, de
la misma manera yo te voy a ajusticiar ati con todo derecho; y no
sólo a ti, sino también a todos tus consejeros y cómplices,
de quienes recibiste el soborno de la muerte».
Entregóseles, pues, la carta a los emisarios y, juntamente
con ella, la sentencia en que Augusto mandaba por escrito que pasaran
por el filo de la espada a todo el pueblo de los judíos y trajeran
a Pilato, preso como reo a Roma, y juntamente con él a los
principales de entre los judíos (los que eran a la sazón
gobernadores): a Arquelao, hijo del odiosísimo Herodes, y a
su cómplice Filipo; al pontífice Caifás, y a
Anás, su suegro, y a todos los principales de entre los judíos.
Así, pues, marchó Rachaab con los soldados e hizo como
le había sido ordenado, pasando por la espada a todos los varones
de entre los judíos, mientras que las impuras mujeres de éstos
quedaban expuestas a la violación de los paganos, con lo que
brotó una ralea abominable, como engendro que era de Satanás.
Después el emisario se hizo cargo de Pilato, de Arquelao y
Filipo, de Anás y Caifás, y de todos los principales
de entre los judíos, y cargándolos de cadenas, se puso
con ellos camino de Roma. Y sucedió que, al pasar por cierta
isla llamada Creta, Caifás perdió la vida de una manera
violenta y miserable. Tomáronle, pues, para sepultarle, pero
ni siquiera la tierra se dignó admitirle en su seno, sino que
le arrojaba fuera. Cuando esto vieron los muchos que allí estaban,
tomaron piedras con sus manos y las arrojaron sobre el cadáver,
dejándole de esta manera sepultado.
Existía entre los reyes de la antigüedad la costumbre
de que, si un reo de muerte contemplaba el rostro real, se veía
libre de su condenación. César, pues, dio las órdenes
oportunas para no dejarse ver por Pilato, de manera que no pudiera
escapar de la muerte. Así, pues, lo metieron en una caverna,
y allí lo dejaron, conforme a las órdenes del emperador.
Mandó asimismo que Anás fuera envuelto en una piel de
buey; y, al secarse el cuero por el sol, quedó oprimido por
él, saliéndosele las entrañas por la boca y perdiendo
violentamente su vida miserable. A los demás presos judíos
los ejecutó pasándolos a filo de espada. Mas a Arquelao,
el hijo del odiosísimo Herodes, y a su cómplice Filipo
los condenó a ser empalados.
Cierto día salió de caza el emperador e iba su persecución
de una gacela. Ésta, al pasar por la boca de la caverna [donde
estaba Pilato], se paró. Pilato estaba a punto de perecer a
manos del César, e intentó fijar en él su mirada;
pero, para que se realizara lo que estaba a punto de suceder, la gacela
vino a ponerse frente a él; César entonces disparó
una flecha con el fin de derribar al animal, pero el proyectil atravesó
la entrada de la caverna y mató a Pilato. [Todos los que creéis
que Cristo es el Dios verdadero y Salvador nuestro, glorificadle a
Él y engrandecedle, pues le pertenece la alabanza, el honor
y la adoración con su padre sin principio y su Espíritu
consubstancial, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.]
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero,
BAC
CARTA DE PILATO A HERODES
Pilato, gobernador de Jerusalén, saluda al tetrarca Herodes.
Nada bueno hice bajo tu instigación el día aquel en
que los judíos presentaron a Jesús, el llamado Cristo.
Pues de la misma manera que fue crucificado, así también
ha resucitado al tercer día de entre los muertos, como acaban
de anunciarme algunos, y entre ellos el centurión. Yo mismo
he decidido enviar una expedición a Galilea y atestiguan haberle
visto en su propio cuerpo y conservando el mismo semblante. Y ha llegado
a dejarse ver de más de quinientas personas, con la misma voz
e idénticas enseñanzas. Estos individuos han ido por
ahí dando testimonio de ello, y, lejos de vacilar, han predicado
su resurrección como fenómeno extraordinario y han anunciado
un reino eterno, hasta el punto de que los cielos y la tierra parecían
alegrarse de sus santas enseñanzas [de Jesus].
Y has de saber que Procla, mi mujer, dando crédito a las apariciones
que tuvo de él cuando yo estaba a punto de mandarle crucificar
por tu instigación, me dejó solo y se fue con diez soldados
y Longino, el fiel centurión, para contemplar su semblante,
como si se tratara de un gran espectáculo. Y le han visto sentado
en un campo de cultivo, rodeado de una gran turba y enseñando
las magnificencias del Padre; de manera que todos estaban fuera de
sí y llenos de admiración, [pensando] si había
resucitado de entre los muertos aquel que había padecido el
tormento de la crucifixión.
Y, mientras todos estaban observándole con gran atención,
divisó a éstos y se dirigió a ellos en estos
términos: «¿Todavía no me creéis,
Procla y Longinos? ¿No eres tú por ventura el que hiciste
guardia durante mi pasión y vigilaste mi sepulcro? Y tú,
mujer, ¿no eres la que enviaste a tu esposo una misiva acerca
de mi? [...] el testamento de Dios que dispuso el padre. Yo, el que
fui levantado y sufrí muchas cosas, vivificaré por medio
de mi muerte, tan conocida para vosotros, toda la carne que ha perecido.
Ahora, pues, sabed que no perecerá todo aquel que haya creído
en Dios Padre y en mí, pues yo hice desaparecer los dolores
de la muerte y traspasé al dragón de muchas cabezas.
Y, en ocasión de mi futura venida, cada uno resucitará
con el mismo cuerpo y alma que ahora tiene y bendecirá a mi
Padre, al Padre de aquel que fue crucificado en la época de
Poncio Pilato».
Al oírle decir tales cosas, tanto mi mujer, Procla, como el
centurión que tuvo a su cargo la ejecución de Jesús,
como los soldados que habían ido en su compañía,
se pusieron a llorar llenos de aflicción, y vinieron a mí
para referirme estas cosas. Yo, a mi vez, después de oírlas,
se las referí a mis grandes comisarios y compañeros
de milicia; estos, llenos de aflicción y ponderando el mal
que habían hecho contra Jesús, se pusieron a llorar
durante el día; y asimismo yo, compartiendo el dolor de mi
mujer, estoy entregado al ayuno y duermo sobre la tierra. [...] y
en esto vino el Señor y nos levantó del suelo a mí
y a mi mujer; yo entonces fijé mi vista en él y vi que
su cuerpo conservaba aún los cardenales. Y Él puso sus
manos sobre mis hombros, diciendo: «Bienaventurado te llamarán
todas las generaciones y los pueblos, porque en época tuya
murió el Hijo del hombre y resucitó ya ahora va a subir
a los cielos y se sentará en lo más alto. Y caerán
en la cuenta todas las tribus de la tierra de que yo soy el que va
a juzgar a los vivos y a los muertos en el último día».
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero,
BAC
CARTA DE HERODES A PILATO
Herodes, tetrarca de los galileos, saluda al gobernador de los judíos,
Poncio Pilato.
Estoy sumido en no pequeña aflicción, conforme al dicho
de las Sagradas Escrituras, por las cosas que paso a relatarte, así
como pienso que tú a tu vez te afligirás al leerlas.
Pues has de saber que mi hija Herodíades, a quien yo amaba
ardientemente, ha perecido por estar jugando junto al agua cuando
ésta desbordaba sobre las márgenes del río. Efectivamente,
el agua la cubrió de repente hasta el cuello; su madre entonces
la agarró de la cabeza para que no se la llevara la corriente,
pero se desprendió ésta del tronco y fue lo único
que mi esposa pudo recoger, pues lo restante del cuerpo fue arrastrado
por la corriente. Mi mujer ahora aprieta, llorando, la cabeza sobre
sus rodillas, y toda mi casa está sumida en una pena incesante.
Yo, por mi parte, me encuentro rodeado de muchos males a partir del
momento en que supe que tú le habías despreciado [a
Jesús]; y quiero ponerme en camino tan sólo para verle,
adorarle y escuchar alguna palabra de sus labios, pues he perpetrado
muchas maldades contra Él y contra Juan el Bautista; ciertamente
estoy recibiendo con toda justicia mi merecido, pues mi padre derramó
sobre la tierra mucha sangre de hijos ajenos a causa de Jesús,
y yo, a mi vez, he degollado a Juan, el que le bautizó.
Justos son los juicios de Dios, porque cada cual recibe su recompensa
en consonancia con sus deseos. Así, pues, ya que te es dado
ver de nuevo a Jesús, lucha ahora por mí y dile en mi
favor una palabra; porque a vosotros, los gentiles, os ha sido entregado
el reino, conforme a lo que dijeron Cristo y los profetas.
Lesbónax, mi hijo, se encuentra en una necesidad extrema, presa
de una enfermedad agotadora desde hace muchos días. Yo, a mi
vez, me encuentro enfermo de gravedad, sometido al tormento de la
hidropesía, hasta el punto de que salen gusanos de mi boca.
Mi mujer ha llegado incluso a perder el ojo izquierdo por la desgracia
que se ha cernido sobre mi casa. Justos son los juicios de Dios, por
cuanto hemos ultrajado al ojo inocente. No hay paz para los sacerdotes,
dice el Señor. La muerte hará presa en ellos y en el
senado de los hijos de Israel, pues pusieron inicuamente sus manos
sobre el justo Jesús. Todo esto ha venido a cumplirse en la
consumación de los siglos; y así, las naciones van a
recibir en herencia el reino de Dios, mientras que los hijos de la
luz serán arrojados fuera por no haber observado lo que convenía
en relación con el Señor y con su Hijo.
Por todo lo cual ciñe ahora tus lomos, asume tu autoridad judicial
de noche y de día, unido a tu mujer en el recuerdo de Jesús,
y será vuestro el reino, pues nosotros hemos hecho padecer
al justo. Y si es que hay lugar para mis ruegos, ¡oh Pilato!,
puesto que nacimos simultáneamente, da sepultura diligentemente
a mi casa, pues preferimos ser sepultados por ti que no por los sacerdotes,
a quienes en breve, según las escrituras de Jesús, les
espera el juicio. Adiós.
Te he enviado los pendientes de mi mujer y mi propio anillo. Si es
que te acuerdas, me lo devolverás en el último día.
Ya van aflorando los gusanos a mi boca y con ello recibo el castigo
de este mundo; pero temo más a la sentencia de allá,
pues los módulos de justicia que me aplicará el Dios
vivo serán por duplicado. Vamos desapareciendo fugazmente de
esta vida a los pocos años de nacer, y de allí proviene
el juicio eterno y la retibución de las acciones.
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero,
BAC
CARTA DE PILATO A CÉSAR
Relación de Pilato (Anaphora)
Relación del gobernador Pilato acerca de Nuestro Señor
Jesucristo, enviada a César Augusto a Roma
En aquellos días que siguieron a la crucifixión de Nuestro
Señor Jesucristo, en tiempo de Poncio Pilato, gobernador de
Palestina y de Fenicia, se compusieron en Jerusalén estas memorias
que refieren lo que hicieron los judíos contra el Señor.
Pilato, pues, juntamente con su correspondencia particular, envió
estas memorias al César, residente en Roma, después
de escribir así:
«Al excelentísimo, piadosísimo, divinísimo
y terriblísimo César Augusto, el gobernador de la provincia
oriental, Pilato.
I. Excelencia: La relación que voy a haceros es causa de que
me sienta cohibido por el temor y por el temblor. Pues habéis
de saber que en esta provincia que gobierno, única entre las
ciudades en cuanto al nombre de Jerusalén, el pueblo en masa
de los judíos me entregó un hombre llamado Jesús,
acusándole de muchos crímenes que no pudieron demostrar
con la afluencia de las razones. Había entre ellos una facción
enemiga suya porque Jesús les decía que el sábado
no era día de descanso ni fiesta de guardar. Él, en
efecto, obró muchas curaciones en tal día: devolvió
la vista a los ciegos y la facultad de andar a los cojos; resucitó
a los muertos; limpió a los leprosos; curó a los paralíticos,
incapaces en absoluto de tener impulso corporal ni erección
de nervios, sino sólo voz y articulaciones, dándoles
fuerzas para andar y correr. Y extirpaba la enfermedad con sola su
palabra. Otra nueva acción más portentosa, deconocida
entre nuestros dioses: resucitó a un muerto de cuatro días
con sólo dirigirle su palabra; y es de notar que el muerto
tenía ya la sangre corrompida y estaba putrefacto a causa de
los gusanos salidos de su cuerpo y depedía un hedor de perro.
Viéndole, pues, yacente como estaba en el sepulcro, le mandó
que echara a correr; y él, como si no tuviera lo más
mínimo de cadáver, sino más bien como un esposo
que sale de la cámara nupcial, así salió del
sepulcro, rebosante de perfume.
II. Y a unos extranjeros, endemoniados a todas luces, que tenían
su domicilio en los desiertos y comían sus propias carnes,
portándose como bestias y reptiles, incluso a ellos les hizo
honrados ciudadanos, les volvió cuerdos con su palabra y les
preparó para ser sabios, poderosos y gloriosos, comensales
de todos los que odiaban los espíritus inmundos y perniciosos
que habitaban anteriormente en ellos, a quienes arrojó a lo
profundo del mar.
III. Había, además, otro que tenía la mano seca.
Mejor dicho, no sólo su mano, sino la mitad entera de su cuerpo
estaba petrificada, de manera que no tenía figura de varón
ni dilatación de músculos. E incluso a éste le
curó con una palabra y le dejó sano.
IV. Y había otra mujer hemorroísa, cuyas articulaciones
y venas estaban agotadas por el flujo de sangre, que no llevaba ya
consigo ni cuerpo humano siquiera, que se asemejaba a un cadáver
y que, finalmente, se había quedado sin voz. Tal era su gravedad,
que ningún médico del territorio encontró manera
de curarla y ni esperanza siquiera de vida le quedaba. Mas una vez
que Jesús pasaba en secreto por allí, tomó fuerzas
de la sombra de éste y tocó por detrás la orla
de su vestido; inmediatamente sintió que una fuerza henchía
su orquedades y, como si jamás hubiera estado enferma, empezó
a correr ágilmente camino de su ciudad, Cafarnaúm, estando
a punto de igualar la marcha de seis jornadas.
V. Y esto que acabo de relatar con toda circunspección, lo
hizo Jesús en día de sábado. Obró, además,
otros milagros mayores que éstos, de manera que he llegado
a pensar que los portentos suyos son mayores que los que hacen los
dioses venerados por nosotros.
VI. Este es, pues, aquel a quien Herodes, y Arquelao, y Filipo, Anás
y Caifás, me entregaron en connivencia con todo el pueblo,
haciéndome mucha fuerza para que lo juzgara. Y así,
aun sin haber encontrado a su cargo causa alguna de delitos o malas
acciones, mandé que le crucificaran después de someterle
a la flagelación.
VII. Y mientras le crucificaban, sobrevinieron unas tinieblas que
cubrieron toda la tierra, quedando obscurecido el sol a mediodía
y apareciendo las estrellas, en las que no había resplandor;
la luna cesó de brillar, como si estuviera teñida en
sangre, y el mundo de los infiernos quedó absorvido; incluso
lo que era llamado santuario desapareció, a la caída
de éstos, de la vista de los mismos judíos; finalmente,
por el eco de los truenos repetidos, se produjo una hendidura en la
tierra.
VIII. Y, cuando todavía cundía este pánico, aparecieron
algunos muertos que habían resucitado, como atestiguaron los
mismos judíos, y dijeron ser Abrahán, Isaac, Jacob,
los doce patriarcas, Moisés y Job, las primicias de los muertos,
como ellos dicen, que fallecieron hace tres mil quinientos años.
Y muchísimos de ellos, a los que yo pude ver también
aparecidos corporalmente, se lamentaban a su vez a causa de los judíos:
por la prevaricación que estaban cometiendo, por su perdición
y por la de su ley.
IX. Duró el miedo del terremoto a partir de la hora sexta del
viernes hasta la hora nona. Y, al llegar la tarde del primer día
de la semana, se oyó un eco procedente del cielo, mientras
éste adquiría un resplandor siete veces más vivo
que todos los días. Y a la hora tercia de la noche apareció
incluso el sol brillando más que nunca y embelleciendo todo
el firmamento. Y de la misma manera que los relámpagos sobrevienen
de repente en el invierno, así apareceiron súbitamente
unos varones, excelsos por su vestidura y por su gloria, que daban
voces semejantes al fragor de un enorme trueno, diciendo: «Jesús,
el que fue crucificado acaba de resucitar. Levantaos del abismo los
que estáis presos en los subterráneos del infierno».
Y la hendidura de la tierra era tal, que parecía no había
fondo, sino que dejaba ver los mismos fundamentos de la tierra, entre
los gritos de los que estaban en el cielo y paseaban corporalmente
en medio de los muertos que acababan de resucitar. Y aquel que dio
vida a los muertos y encadenó al infierno decía: «Dad
este encargo a mis discípulos: Él va delante de vosotros
a Galilea; allí podréis verle».
X. Por toda aquella noche no cesó la luz de brillar. Y muchos
de los judíos perecieron absorvidos por la hendidura de la
tierra, de manera que al día siguiente no compareció
gran parte de los que habían estado en contra de Jesús.
Otros veían apariciones de resucitados, a quienes ninguno de
nosotros había visto. Y en Jerusalén mismo no quedó
ni una sola sinagoga de los judíos, pues todas desapareieron
en aquel derrumbamiento.
XI. Así, pues, fuera de mí por aquel pánico y
cohibido por un temblor horrible en extremo, he hecho a vuestra excelencia
la relación escrita de lo que mis ojos vieron en aquellos momentos.
Y, poniendo además en orden lo que hicieron los judíos
contra Jesús, lo he remitido a vuestra divinidad, ¡oh
Señor!»
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero,
BAC
TRADICIÓN DE PILATO
(Paradosis)
I. Llegó a Roma la carta y fue leída al César
en presencia de no pocas personas. Y todas quedaron atónitas
al oír que, a causa del delito de Pilato, las tinieblas y el
terremoto habían afectado a toda la tierra. Y, montando el
César en cólera, envió soldados y ordenó
que llevaran preso a Pilato.
II. Conducido que fue a Roma y enterado el César de que había
llegado, se sentó éste en el templo de los dioses a
la cabeza del senado, acompañado de todo el elemento militar
y de la multitud que integraba sus fuerzas. Entonces dio órdenes
de que avanzara delante de Pilato y quedara de pie. Y a continuación
le dijo: «¿Por qué has tenido la osadía
de hacer tales cosas, monstruo de impiedad, después de haber
visto prodigios como los que hacía aquel hombre? Por atreverte
a cometer tal villanía, has acarreado la ruina a todo el universo».
III. Mas Pilato replicó: «¡Oh emperador!, yo no
soy culpable de esto; los incitadores y responsables son la turba
de los judíos». César dijo: «¿Y quiénes
son éstos?» Respondió Pilato: «Herodes,
Arquelao, Filipo, Anás, Caifás y toda la turba de los
judíos». Repuso César: «¿Y por qué
secundaste tú el propósito de aquéllos?»
Dijo Pilato: «Su nación es levantisca e insumisa; no
se somete a tu imperio». A lo que replicó César:
«Nada más entregártelo debiste ponerlo a buen
seguro y enviármelo a mí y no dejarte persuadir por
ellos a crucificar a un personaje como éste, que era justo
y que hacía prodigios tan buenos como hacías constar
en tu relación. Pues señales como éstas bien
daban a conocer que Jesús era el Cristo, el rey de los judíos».
IV. Y nada más decir esto César, cuando mencionóel
nombre de Cristo, toda la caterva de dioses se desplomó y quedó
reducida a una especie de polvareda que ocupó el recinto en
que estaba sentado el César acompañado del senado. Y
todo el pueblo que estaba en presencia del César, quedó
todo amedrentado al oír pronunciar el nombre y ante la caída
de aquellos dioses, y, sobrecogidos de temor, se fue cada cual a su
casa, llenos de admiración por lo ocurrido. Entonces mandó
el César que Pilato fuera sometido a una segura vigilancia,
de manera que él pudiera conocer la verdad de lo que concernía
a Jesús.
V. Al día siguiente se sentó César en el Capitolio
juntamente con el senado en pleno y se propuso de nuevo interrogar
a Pilato. Dijo, pues, el César: «Di la verdad, monstruo
de impiedad, pues, por la acción impía que llevaste
a cabo contra Jesús, tu mala conducta ha venido a ponerse aquí
de manifiesto por el hecho de que los dioses se hayan desplomado.
Dime, pues, ¿quién es aquel crucificado, ya que su nombre
ha traído la perdición incluso de todos los dioses?»
Pilato respondió: «Efectivamente, lo que de Él
se menciona es verdadero; yo mismo, al ver sus obras, llegué
a persudirme de que aquel personaje era de mayor categoría
que todos los dioses que nosotros veneramos». Preguntó
entonces el César: «¿Cómo, pues, tuviste
la osadía de hacer aquello contra Él, conociéndole
como le conocías? ¿O es que maquinabas algún
mal contra mi imperio?» Mas Pilato respondió: «Hice
esto por la iniquidad y la sublevación de estos judíos
si ley y sin Dios».
VI. Encolerizado entonces el César, se puso a deliberar con
todo el senado y su ejército. Y mandó escribir un edicto
contra los judíos concebido en estos términos: «A
Liciano, gobernador de la provincia oriental, salud. He venido en
conocimiento del hecho atrevido e ilegal que ha tenido lugar en nuestros
tiempos por parte de los judíos que habitan en Jerusalén
y las ciudades circunscritas, hasta el punto de que han obligado a
Pilato a crucificar a cierto Dios llamado Jesús, crimen tan
horrendo, que por él el universo, entenebrecido, iba a ser
arrastrado a la ruina. Haz, pues, ánimo de presentarte a ellos
con todoa tu premura, bien pertrechado de fuerzas, y declara la esclavitud
por el presente edicto. Sé obediente a la consigna de atacarles
y desparramarles por el mundo; redúcelos a servidumbre en todas
las naciones y, después de expulsar de toda la Judea hasta
la reliquia más insignificante de su raza, haz que no aparezca
ni esto siquiera, llenos como están de maldad».
VII. Llegando este edicto al Oriente, Liciano obedeció al tenor
terrible de la orden y dio al exterminio a la nación entera
de los judíos; y a los que quedaron en Judea les echó
a la diáspora de las naciones para ser esclavos, de manera
que llegó a conocimiento del César lo que había
hecho Liciano contra los judíos en Oriente, y le agradó.
VIII. Y el César se dispuso de nuevo a juzgar a Pilato. Luego
mandó a un jefe llamado Albio que le cortara la cabeza, diciendo:
«De la misma manera que éste levantó su mano contra
aquel hombre justo llamado Cristo, de manera semejante caerá
éste también sin remisión».
IX. Mas Pilato, cuando hubo llegado al lugar señalado, se puso
a orar en silencio de esta manera: «Señor, no me pierdas
en compañía de los perversos hebreos, pues yo no hubiera
levantado mi mano contra ti si no hubiera sido por el pueblo de los
inicuos judíos, pues se rebelaron contra mí; pero tú
sabes que obré sin saber. Así, pues, no me pierdas por
este pecado, sino sé benigno conmigo, ¡oh Señor!,
y con tu sierva Procla, que está a mi lado en esta hora de
mi muerte, a quien te dignaste designar como profetisa de tu futura
crucifixión. No condenes también a ésta por mi
pecado, sino perdónanos y cuéntanos entre la porción
de tus escogidos».
X. Y he aquí que, depués de terminar Pilato su oración,
vino una voz del cielo que decía: «Bienaventurado te
llamarán las generaciones y patrias de las gentes, porque en
tu tiempo se cumplieron todas estas cosas que habían sido dichas
por los profetas acerca de mí; y tú has de aparecer
como testigo en mi segunda venida, cuando vaya a juzgar a las doce
tribus de Israel y a los que no han confesado mi nombre». Y
sacudió el prefecto la cabeza de Pilato, y he aquí que
un ángel del Señor la recibió. Y al ver Procla,
su mujer, al ángel que venía para recibir la cabeza
de él, rebosante de alegría, entregó también
su espíritu al instante y fue sepultada juntamente con su marido.
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero,
BAC
SENTENCIA DE PILATO
Sentencia dada de Poncio Pilato contra Nuestro Señor Jesu-Christo
«Copia hallada en la Ciudad de Aqüila, del Reyno de Nápoles,
de la sentencia dada por Poncio Pilato, Presidente de la Judea en
el año 18 [sic] de Tiberio César, Emperador de Roma,
contra Jesu-Cristo, Hijo de Dios, y de María Virgen, sentenciándolo
á muerte de Cruz en medio de dos Ladrones el día 25
de Marzo; hallada milagrosamente dentro de una hermosísima
piedra, en la qual estaban dos cajitas, una de hierro, y dentro de
ella otra de finísimo marfil, donde estaba inclusa la infrascripta
sentencia en letra Hebrayca en carta pecora del modo siguiente:
El año XVIIIo. [sic] de Tiberio César, emperador Romano,
y de todo el Mundo, Monarca invencible, en la Olympiada C.XXI., en
la Cliade XXIV., y en la Creación del Mundo, según el
numo. y computo de los Hebreos quatro vezes M. C. LXXXVII., y de la
propagine del Romano Imperio L. XXIII., de la liveración de
la servidumbre de Babilonia M. CC. XI.,: siendo Consules del Pueblo
Romano Lucio Pisano y Mauricio Pisarico; Proconsules Lucio Balesna,
publico Govern. de la Judea, y Quinto Flavio, so el regimiento y Govierno
de Jerusalen, Presidente gratisimo Poncio Pilatos, regente de la baxa
Galilea, y Herodes Antipa, Pontifices del Sumo Sacerdocio Annas, Cayfas,
Alit Almael el Magr. del Templo, Roboan Ancabel, Franchino Centurion,
y Consules Rom.os, y de la Ciudad de Jerusalen Quinto Cornelio Sublima,
y Sexto Ponfilio Rufo,; en el mes de Marzo y en el día XXV.
de él.
YO Poncio Pilatos, aqui Presidente Romano dentro del Palacio de la
Archipresidencia Juzgo, condeno y sentencio á muerte a Jesus
llamado de la Pleve Christo Nazareno, y de Patria Galileo, hombre
sedicioso de la ley Moysena, contrario al grande Emp.or Tiberio Cesar;
y determino, y pronuncio por esta, que su muerte sea en Cruz, y fixado
con clavos á usanza de reos, porque aqui congregando, y juntando
muchos hombre ricos, y pobres; no ha cesado de mover tumultos por
toda la Judea, haciendose hijo de DIos, y Rey de Jerusalen, con amenazarles
la ruina de esta Ciudad, y de su Sacro Templo, negando el Tributo
al Cesar, y haviendo aun tenido el atrevimiento de entrar con ramos,
y triumpho, y con parte de la Pleve dentro de la Ciudad de Jerusalen,
y en el Sacro Templo. Y mando á mi primer Centurion Quinto
Cornelio lleve publicamente por la Ciudad á Jesus Christo ligado,
y azotado, y que sea vestido de purpura, y coronado de algunas espinas,
con la propia Cruz en los hombros para que sea exemplo á todos
los malhechores: y con él quiero sean llevados dos Ladrones
homicidas, y saldrán por la P.ta sagrada, ahora Antoniana,
y que lleve á Jesús al publico monte de Justicia llamado
Calvario, donde crucificado, y muerto, quede el cuerpo en la Cruz,
como espectáculo de todos los malvados; y que sobre la Cruz
sea puesto el título en tres lenguas, y que en todsa tres (Hebrea,
Griega, Latina) diga JESUS NAZAR. REX JUDAERUM.
Mandamos asi mismo, que ninguno de cualquier estado, ó calidad
se atreva temerariamente á impedir la tal Justicia por mi mandada,
administrada, y executada con todo rigor según los decretos,
y Leyes Romanas, y Hebreas so pena de rebelion al Imperio Romano =
Testigos de la nra. Sentencia: por los 12. Tribus de Israel Rabain
Daniel, Rabain seg.12, Joannin Bonicar, Barbasu. Sabi Potuculam. Por
los Fariseos Bulio, Simeon, Ronol, Rabani, Mondagul, Boncurfosu. Por
el Sumo Sacerdocio Rabban, Nidos, Boncasado. Notarios de esta publicacion:
por los Hebreos Nitanbarta; por el Juzgado, y Presidente de Roma Lucio
Sextilio, Amasio Chlio.
(Copias sacadas del ms. titulado Libro de varias noticias y apuntaciones,
que dejó escritas en Latín, Español, Francés
e Italiano D. N. Guerra, Obispo de Segovia. Copiadas de su original
en M. DCC. LXXXVI)».
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero,
BAC