DECLARACIÓN
DE JOSÉ DE ARIMATEA
Declaración de José de Arimatea, el
que demandó el cuerpo del Señor, que contiene las causas
de los dos ladrones
I 1.Yo soy José de Arimatea, el que pidió a Pilato el
cuerpo del Señor Jesús para sepultarlo, y que por este
motivo se encuentra ahora encadenado y oprimido por los judíos,
asesinos y refractarios de Dios, quienes, además, teniendo
en su poder la ley, fueron causa de tribulación para el mismo
Moisés y, después de encolerizar al legislador y de
no haber reconocido a Dios, crucificaron al Hijo de Dios, cosa que
quedó bien de manifiesto a los que conocían la condición
del Crucificado. Siete días antes de la pasión de Cristo
fueron remitidos al gobernador Pilato desde Jericó dos ladrones,
cuyos cargos eran éstos:
2. El primero, llamado Gestas, solía dar muerte de espada a
algunos viandantes, mientras que a otros les dejaba desnudos y colgaba
a las mujeres de los tobillos cabeza abajo para cortarles después
los pechos; tenía predilección por beber la sangre de
los miembros infantiles; nunca conoció a Dios; no obedecía
a las leyes y venía ejecutando tales acciones, violento como
era, desde el principio de su vida.
El segundo, por su parte, estaba encartado de la siguiente forma.
Se llamaba Dimas; era de origen galileo y poseía una posada.
Atracaba a los ricos, pero a los pobres les favorecía. Aun
siendo ladrón, se parecía a Tobit [Tobías], pues
solía dar sepultura a los muertos. Se dedicaba a saquear a
la turba de los judíos; robó los libros de la ley en
Jerusalén, dejó desnuda a la hija de Caifás,
que era a la sazón sacerdotisa del santuario, y substrajo incluso
el depósito secreto colocado por Salomón. Tales eran
sus fechorías.
3. Fue detenido asimismo Jesús la tarde del día 4 antes
de la Pascua. Y no había fiesta para Caifás ni para
la turba de los judíos, sino enorme aflicción, a causa
del robo que había efectuado el ladrón en el santuario.
Y, llamando a Judas Iscariote, se pusieron al habla con él.
Es de saber que éste era sobrino de Caifás. No era discípulo
sincero de Jesús, sino que había sido dolosamente instigado
por toda la turba de los judíos para que le siguiera; y esto,
no con el fin de que se dejara convencer por los portentos que Él
obraba, ni para que le reconociese, sino para que se lo entregase,
con la idea de cogerle alguna mentira. Y por esta gloriosa empresa
le daban regalos y un didracma de oro cada día. Y a la sazón
hacía ya dos años que se encontraba en compañía
de Jesús, como dice uno de los discípulos llamado Juan.
4. Y tres días antes de que fuera detenido Jesús, dijo
Judas a los judíos: «¡Ea!, pongamos el pretexto
de que no fue el ladrón quien sustrajo los libros de la ley,
sino Jesús en persona; yo mismo me comprometo a hacer de acusador».
Mientras esto se decía, entró en nuestra compañía
Nicodemo, el que tenía a su cargo las llaves del santuario,
y se dirigió a todos, diciendo: «No llevéis a
efecto tal cosa». Es de saber que Nicodemo era más sincero
que todos los judíos juntos. Mas la hija de Caifás,
llamada Sara, dijo a voz en grito: «Pues Él ha dicho
delante de todos contra este lugar santo: Soy capaz de destruir este
templo y de levantarlo en tres días». A lo que respondieron
los judíos: «Te damos todos nuestro voto de confianza»,
pues la tenían como profetisa. Y, una vez celebrado el consejo,
fue detenido Jesús.
II 1.Y al día siguiente, que era miércoles, le llevaron
a la hora nona al palacio de Caifás. Y Anás y Caifás
le dijeron: «Oye, ¿por qué has robado nuestra
Ley y has puesto a pública subasta las promesas de Moisés
y de los profetas?» Mas Jesús nada respondió.
Y, ante toda la asamblea reunida, le dijeron: «¿Por qué
pretendes deshacer en un solo momento el santuario que Salomón
levantó en cuarenta y seis años?» Y Jesús
no respondió nada a esto. Es de saber que el santuario de la
sinagoga había sido saqueado por el ladrón.
2. Mas el miércoles, a la caída de la tarde, la turba
se disponía a quemar a la hija de Caifás por haberse
perdido los libros de la Ley, pues no sabían cómo celebrar
la Pascua. Pero ella les dijo: «Esperad, hijos, que daremos
muerte a este Jesús y encontraremos la Ley y la santa fiesta
se celebrará con toda solemnidad». Entonces Anás
y Caifás dieron ocultamente a Judas Iscariote una buena cantidad
de oro con este encargo: «Di, según nos anunciaste: Yo
sé que la Ley ha sido sustraída por Jesús, para
que el delito recaiga sobre él y no sobre esta irreprochable
doncella». Y cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre el particular,
Judas les dijo: «Que no sepa el pueblo que vosotros me habéis
dado instrucciones para hacer esto contra Jesús; soltadle más
bien a éste, y yo me encargo de convencer al pueblo de que
la cosa es así». Y astutamente pusieron en libertad a
Jesús.
3. Así, pues, el jueves al amanecer entró Judas en el
santuario y dijo a todo el pueblo: «¿Qué queréis
darme y yo os entregaré al que hizo desaparecer la Ley y robó
los Profetas?» Respondieron los judíos: «Si nos
lo entregas, te daremos treinta monedas de oro». Mas el pueblo
no sabía que Judas se refería a Jesús, pues bastantes
confesaban que era Hijo de Dios. Judas, pues, se quedó con
las treinta monedas de oro.
4. Y, habiendo salido a la hora cuarta y a la hora quinta, encontró
a Jesús paseando en el atrio. Y, echándose ya encima
la tarde, dijo a los judíos: «Dadme una escolta de soldados
armados de espadas y palos y yo lo pondré en vuestras manos».
Y le dieron fuerza para prenderle. Y mientras iban caminando, díjoles
Judas: «Echad mano a aquel a quien yo besare, pues Él
es quien ha robado la Ley y los Profetas». Después se
acercó a Jesús y le besó, diciendo: «Salve,
Maestro». Era a la sazón la tarde del jueves. Y, una
vez preso, lo pusieron en manos de Caifás y de los pontífices,
diciéndoles Judas: «Éste es el que ha hurtado
la Ley y los Profetas». Y los judíos sometieron a Jesús
a un injusto interrogatorio, diciendo: «¿Por qué
has hecho esto?» Mas Él nada respondió.
Entonces Nicodemo y yo, José, viendo la cátedra de la
pestilencia, nos separamos de ellos, no estando dispuestos a perecer
juntamente con el consejo de los impíos.
III 1.Y, después que aquella noche hicieron otras cosas terribles
contra Jesús, la madrugada del viernes fueron a entregárselo
al gobernador Pilato para crucificarle; y con este fin acudieron todos.
Y el gobernador Pilato, después de interrogarle, mandó
que fuera crucificado en compañía de dos ladrones. Y
fueron crucificados juntamente con Jesús, a la izquierda Gestas
y a la derecha Dimas.
2. Y empezó a gritar el de la izquierda, diciendo a Jesús:
«Mira cuántas cosas malas he hecho sobre la tierra, hasta
el punto incluso de que, si yo hubiera sabido que tú eras rey,
aun contigo hubiera acabado. ¿Por qué te llamas a ti
mismo Hijo de Dios, si no puedes socorrerte en caso de necesidad?
¿Cómo, pues, vas a prestar auxilio a otro que te lo
pida? Si tú eres el Cristo, baja de la cruz para que pueda
creer en ti. Pero, por de pronto, no te considero como hombre, sino
como bestia salvaje que está pereciendo juntamente conmigo».
Y comenzó a decir muchas otras cosas contra Jesús mientras
blasfemaba y hacía rechinar sus dientes contra Él, pues
había caído preso el ladrón en el lazo del diablo.
3. Mas el de la derecha, cuyo nombre era Dimas, viendo la gracia divina
de Jesús, gritaba de este modo: «Te conozco, ¡oh
Jesucristo!, y sé que eres Hijo de Dios; te estoy viendo como
Cristo adorado por miríadas de ángeles. Perdóname
los pecados que he cometido; no hagas venir contra mí los astros
en el momento de mi juicio, o la luna cuando vayas a juzgar toda la
tierra, puesto que de noche realicé mis malos propósitos;
no muevas el sol, que ahora se está oscureciendo por ti, para
que pueda manifestar las maldades de mi corazón; ya sabes que
no puedo ofrecerte presente alguno por la remisión de mis pecados.
Ya se me echa encima la muerte a causa de mis maldades, pero tú
tienes poder para expiarlas; líbrame, Señor universal,
de tu terrible juicio; no concedas al enemigo poder para engullirme
y hacerse heredero de mi alma, como lo es de la de ese que está
colgado a la izquierda; pues estoy viendo cómo el diablo recoge
su alma, mientras sus carnes desaparecen. No me ordenes tampoco pasar
a la porción de los judíos, pues estoy viendo sumidos
en un gran llanto a Moisés y a los profetas, mientras el diablo
se ríe a costa suya. Antes, pues, ¡oh Señor!,
de que mi alma salga, manda que sean borrados mis pecados, y acuérdate
de mí, pecador, en tu reino, cuando vayas a juzgar a las doce
tribus sobre el trono grande y alto, pues gran tormento has preparado
a tu mundo por tu propia causa».
4. Y, cuando el ladrón terminó de decir esto, respondióle
Jesús: «En verdad, en verdad te digo, Dimas, que hoy
mismo vas a estar conmigo en el paraíso. Mas los hijos del
reino, los descendientes de Abrahán, de Isaac, de Jacob y de
Moisés, serán arrojados fuera a las tinieblas exteriores;
allí habrá llanto y crujir de dientes. Mas tú
serás el único que habites en el paraíso hasta
mi segunda venida, cuando vaya a juzgar a los que no han confesado
mi nombre». Y añadió: «Márchate ahora
y di a los querubines y a las potestades, que están blandiendo
la espada de fuego y guardan el paraíso del que Adán,
el primero de los creados, fue arrojado, después de haber vivido
allí, por haber prevaricado y no haber guardado mis mandamientos:
Ninguno de los primeros verá el paraíso hasta que venga
de nuevo a juzgar a vivos y muertos. Habiéndolo escrito así
Jesucristo, el Hijo de Dios, el que descendió de las alturas
de los cielos, el que salió inseparablemente del seno del Padre
invisible y bajó al mundo para encarnarse y ser crucificado
para salvar a Adán, a quien formó, para conocimiento
de los escuadrones de arcángeles, guardianes del paraíso
y ministros de mi Padre. Quiero y mando que penetre dentro el que
está siendo crucificado conmigo, y que reciba por mí
la remisión de sus pecados, y que entre en el paraíso
con cuerpo incorruptible y engalanado, y que habite allí donde
nadie jamás puede habitar».
Y he aquí que, cuando hubo dicho esto, Jesús entregó
su espíritu. Tenía esto lugar el viernes a la hora de
nona. Mientras tanto, las tinieblas cubrían la tierra entera
y, habiendo sobrevenido un gran terremoto, se derrumbó el santuario
y el pináculo del templo.
IV 1.Entonces yo, José, demandé el cuerpo de Jesús
y lo puse en un sepulcro nuevo, sin estrenar. Mas el cadáver
del que estaba a la derecha no pudo ser hallado, mientras que el de
la izquierda tenía un aspecto parecido al de un dragón.
Y, por el hecho de haber pedido el cuerpo de Jesús para darle
sepultura, los judíos, dejándose llevar de un arranque
de cólera, me metieron en la cárcel donde solía
retenerse a los malhechores. Me ocurría esto a mí la
tarde del sábado en que nuestra nación estaba prevaricando.
Y mira por cuánto esta misma nación sufrió el
sábado tribulaciones terribles.
2. Y precisamente la tarde del primer día de la semana, a la
hora quinta, cuando yo me encontraba en la cárcel, vino hacia
mí Jesús acompañado del que había sido
crucificado a su derecha, a quien había enviado al paraíso.
Y había una gran luz en el recinto. De pronto la casa quedó
suspensa de sus cuatro ángulos, el espacio interior quedó
libre y yo pude salir. Entonces reconocí a Jesús en
primer lugar y luego al ladrón, que traía una carta
para Jesús. Y, mientras íbamos camino de Galilea, brilló
una luz tal, que no podía soportarla la creación; el
ladrón, a su vez, exhalaba un gran perfume procedente del paraíso.
3. Luego sentóse Jesús en un lugar y leyó así:
«Los querubines y los exaptérigos, que recibimos de tu
divinidad la orden de guardar el jardín del paraíso,
hacemos saber esto por medio del ladrón que fue crucificado
juntamente contigo por disposición tuya: Al ver en éste
la señal de los clavos y el resplandor de las letras de tu
divinidad, el fuego se extinguió, no pudiendo aguantar la flamígera
señal, y nosotros, sobrecogidos por un gran temor, quedamos
amedrentados; pues oímos al autor del cielo y de la tierra
y de la creación entera que bajaba desde la altura hasta las
partes más bajas de la tierra a causa del primero de los creados,
Adán. Pues, al ver la cruz inmaculada que fulguraba por medio
del ladrón y que hacía reverberar un resplandor siete
veces mayor que el del sol, se apoderó de nosotros, presa de
la agitación de los infiernos, un gran temblor. Y, haciendo
coro con nosotros los ministros del infierno, dijimos a grandes voces:
Santo, Santo, Santo es el que impera en las alturas. Y las potestades
dejaban escapar este grito: Señor, te has manifestado en el
cielo y sobre la tierra, dando la alegría de los siglos, después
de haber salvado de la muerte a la misma criatura».
V 1.Mientras iba yo contemplando esto, camino de Galilea, en compañía
de Jesús y del ladrón, Aquél se transfiguró,
y no era lo mismo que la principio, antes de ser crucificado, sino
que era luz por completo. Y los ángeles le servían continuamente,
y Jesús mantenía conversación con ellos. Y pasé
tres días a su lado, sin que ninguno de sus discípulos
le acompañara, sino sólo el ladrón.
2. Mediada la fiesta de los Ázimos, vino su discípulo
Juan, y todavía no habíamos visto al ladrón ni
sabíamos qué había sido de él. Juan entonces
preguntó a Jesús: «¿Quién es éste,
pues no me has permitido ser visto por él?». Mas Jesús
no le respondió nada. Entonces él se echó a sus
pies y le dijo: «Señor, sé que desde el principio
me amaste; ¿por qué no me haces ver a aquel hombre?»
Díjole Jesús: «¿Por qué vas en busca
de lo arcano? ¿eres obtuso de inteligencia? ¿No percibes
el perfume del paraíso que ha inundado el lugar? ¿No
te das cuenta de quién era? El ladrón colgado de la
cruz ha venido a ser heredero del paraíso; en verdad, en verdad
te digo que de él sólo es hasta que llegue el gran día».
Y Juan dijo: «Hazme digno de verle».
3. Y, mientras Juan estaba aún hablando, apareció de
repente el ladrón. Aquél entonces, atónito, cayó
al suelo. El ladrón no conservaba la misma figura que tenía
antes de venir Juan, sino que era como un rey majestuoso en extremo,
engalanado como estaba con la cruz. Y se dejó oír una
voz, emitida por una gran muchedumbre, que decía así:
«Has llegado al lugar del paraíso que te estaba preparado;
nosotros hemos sido designados por el que te envió para servirte
hasta que venga el gran día». Y, al producirse esta voz,
quedamos invisibles el ladrón y yo. Yo entonces me encontré
en mi propia casa y ya no vi a Jesús.
4. Y habiendo sido testigo ocular de estas cosas, las he dejado escritas
para que todos crean en Jesucristo crucificado, nuestro Señor,
y no sirvan ya a la ley de Moisés, sino que den crédito
a los prodigios y portentos obrados por Él, de manera que,
creyendo, sean herederos de la vida eterna y podamos encontrarnos
todos en el reino de los cielos; porque a Él le conviene gloria,
fuerza, alabanza y majestad por los siglos de los siglos. Amén.
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Aurelio De Santos Otero,
BAC