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Estudio
al Libro de: Ezequiel
EZEQUIEL
1–36
En el año 606 a.C. los babilonios empezaron la primera de varias
deportaciones de judíos; Daniel estaba en este grupo. En el
segundo grupo (597 a.C.) estaba el joven Ezequiel, que para ese entonces
tenía alrededor de veinticinco años. Lo llevaron a Tel-abib,
cerca del río Quebar (3.15). Allí vivió en su
casa con su querida esposa (8.1; 24.16ss). Cinco años después
de que Ezequiel llegó a Tel-abib, Dios lo llamó a ser
profeta, cuando tenía treinta años (592 a.C.). Este
fue el sexto año antes de la destrucción de Jerusalén
en el 586, de modo que mientras Jeremías ministraba al pueblo
allá en su tierra natal, Ezequiel predicaba a los judíos
cautivos en Babilonia. Como Jeremías, Ezequiel fue un sacerdote
llamado a ser profeta.
Su libro también puede dividirse en tres secciones, a continuación
del llamamiento del profeta en 1–3: (1) el juicio de Dios sobre
Jerusalén, 4–24; (2) el juicio de Dios sobre las naciones
vecinas, 25–32; y (3) Dios restaura a los judíos a su
reino, 33–48. Los capítulos 1–24 fueron dados antes
del asedio de Jerusalén; los capítulos 25–32 durante
el sitio; y los capítulos 33–48 después del sitio.
Aun cuando el profeta estaba en la distante Babilonia, pudo ver los
acontecimientos en Jerusalén mediante el poder del Espíritu
de Dios. Ezequiel no sólo proclamó el mensaje de Dios
al pueblo, sino que tuvo que vivirlo delante de ellos. Dios le ordenó
que hiciera una serie de actos simbólicos para llamar la atención
del pueblo; jugar a la guerra (4.1–3); acostarse de un lado
durante cierto número de días (4.4–17); rasurarse
al rape el cabello y la barba (5.1–4); actuar como alguien que
huye de la guerra (12.1–16); sentarse y suspirar (21.1–7);
y, lo más difícil de todo, que su esposa muriera (24.15–27).
No era fácil ser profeta.
En esta sección nos concentraremos en las visiones de Ezequiel
sobre la gloria de Dios.
I. La gloria revelada (1–3)
Ezequiel («Dios fortalece») era un sacerdote en cautiverio
(1.1) y por tanto no podía ejercer su ministerio, ya que estaba
lejos del templo y del altar sagrados. Pero Dios le abrió los
cielos y le llamó a que fuera profeta. Cinco años estuvo
cautivo antes de que le llamaran; los sacerdotes empezaban su ministerio
a los treinta años (Nm 4.3). Véase en el Salmo 137 un
cuadro de la condición espiritual de los cautivos. Jeremías
les dijo que se establecieran setenta años en Babilonia, pero
los falsos profetas le dijeron al pueblo que Dios destruiría
a Babilonia y libertaría a los cautivos (léase Jer 28–29).
Fue tarea de Ezequiel decirle al pueblo que Dios destruiría
a Jerusalén, no a Babilonia, pero que habría un día
de gloriosa restauración del pueblo y de reconstrucción
del templo.
La frase «Vino a mí palabra de Jehová» se
usa cincuenta veces en este libro. Qué maravilloso saber que
la Palabra de Dios nunca está demasiado lejos del pueblo de
Dios, si tan solo quieren oírla. Juan oyó la Palabra
estando exilado en Patmos (Ap 1.9ss) y Pablo la recibió en
prisión. ¿Qué vio Ezequiel aquel día?
A. Un torbellino de fuego (1.4).
Esto simbolizaba el juicio de Dios sobre Jerusalén, la venida
de Babilonia desde el norte. El viento tempestuoso con sus fulgurantes
rayos significaba la destrucción de Jerusalén.
B. Los querubines (1.5–14).
Estas criaturas simbolizan la gloria y el poder de Dios. Podían
ver y moverse en todas direcciones sin volverse. Las cuatro caras
hablan de sus características: la inteligencia del hombre,
la fuerza y el arrojo del león, la fidelidad y el servicio
del buey, y el encumbramiento del águila. Algunos ven en estas
caras los cuatro Evangelios: Mateo (el león—rey), Marcos
(buey—siervo), Lucas (hombre—Hijo del Hombre), Juan (águila—Hijo
del Dios del cielo). Las criaturas podían moverse rápidamente
para cumplir la voluntad de Dios.
C. Las ruedas (1.15–21).
Cada criatura estaba asociada con un juego de ruedas, dos ruedas en
cada juego. Las ruedas en cada juego no estaban colocadas paralelas
la una respecto a la otra, como el aro y el eje de una rueda de bicicleta;
más bien estaban en ángulo recto la una respecto a la
otra, como la parte superior de un giroscopio. Las ruedas estaban
en constante movimiento y, puesto que miraban a las cuatro direcciones,
podían moverse en cualquier dirección sin cambiar su
movimiento, así como los querubines. Sus aros estaban «llenos
de ojos» (v. 18), lo que ilustra la omnisciencia de Dios al
regir su creación (Pr 15.3), y el movimiento de las ruedas
coincidía con el de los querubines. Todo esto habla de la obra
constante de Dios en el mundo, su poder y gloria, su presencia en
todo lugar, su propósito para el hombre, su providencia. El
mundo estaba lleno de terror y cambio, pero Dios estaba obrando.
D. El firmamento (1.22–27).
Esta era una hermosa «plataforma» que contenía
el trono de Dios y que estaba encima de las ruedas y de los querubines.
Dios sigue en el trono y su voluntad se cumple en este mundo, aun
cuando no siempre lo veamos. Los complejos movimientos de los querubines
y las ruedas revelan cuán intrincada es la providencia de Dios
en el universo; sólo Él puede comprenderla, sólo
Él puede controlarla. Pero hay perfecta armonía y orden.
E. El arco iris (1.28).
Hubo un arco iris en la tormenta. Sin duda esto le decía a
Ezequiel que la misericordia y el pacto de Dios no le fallaría
a su pueblo. Véase Génesis 9.11–17, donde se designa
al arco iris como una señal de misericordia. También
véanse Apocalipsis 4.3 y 10.1.
Noé vio el arco iris después de la tormenta; el apóstol
Juan lo vio antes de la tempestad; pero Ezequiel lo vio en la tempestad.
Toda esta visión de la gloria de Dios muestra a Dios obrando
en el mundo, juzgando los pecados de su pueblo, pero aún guardando
su pacto de misericordia. El resultado de esta visión fue el
colapso total de Ezequiel (1.28). Pero Dios le levantó, le
llamó a ser un atalaya, le alimentó con la Palabra (véanse
Jer 15.16; Job 23.12; Mt 4.4; Ap 10.9) y le llenó con su Espíritu.
«Sabrán que yo soy Jehová», esta frase y
sus variantes se hallan sesenta y una veces en este libro; resume
el ministerio y mensaje de Ezequiel.
II. La gloria quitada (8–11)
Un año más tarde Dios le dio a Ezequiel otra visión,
esta vez de los pecados del pueblo allá en Jerusalén.
La gloria apareció de nuevo (8.2) y Dios llevó al profeta
en visión a la ciudad santa. Allí vio una visión
cuádruple de los pecados del pueblo: (1) una imagen levantada
en la puerta norte del templo, quizás de Astarté, la
perversa diosa babilónica, 8.5; (2) adoración pagana
secreta en los recintos ocultos del templo, 8.6–12; (3) mujeres
judías llorando por el dios Adonis, el cual se pensaba que
había muerto para ser resucitado de los muertos cada primavera,
8.13–14; y (4) el sumo sacerdote y los veinticuatro grupos de
sacerdotes adorando al sol, 8.15–16. ¿Es de asombrarse
que Dios planeara destruir la ciudad?
Por supuesto, la gloria de Dios no podía permanecer en un lugar
tan pervertido. La gloria vino al templo, 8.4; pero en 9.3 la gloria
pasa al umbral del templo. El trono de la gloria ahora estaba vacío.
Se convertiría en un trono de juicio. En el capítulo
9 vemos al siervo de Dios poniendo una marca de protección
en el remanente fiel de creyentes, para que no mueran en el juicio
venidero. Entonces, en 10.4, la gloria de Dios se eleva por encima
del umbral de la casa y sobrevuela allí antes de que caiga
el juicio. En 10.18 la gloria se eleva aún más y pasa
a la puerta oriental del templo (v. 19); y por último, en 11.22–23,
la gloria sale del templo y se va a la cumbre del Monte de los Olivos.
«Icabod[ … ] Traspasada es la gloria» (1 S 4.21).
¿Por qué se quitó la gloria? Porque Dios no puede
compartir su gloria con otro. Los ídolos y los pecados del
pueblo le echaron fuera. Sus pecados podrían haber estado ocultos
al pueblo, pero Dios los veía y los juzgaba. Así hoy
Dios quitará de nuestras vidas su gloria y sus bendiciones
si no le servimos fielmente con corazones sinceros y puros.
III. La gloria restaurada (43.1–12)
En los capítulos 40–48 el profeta ve la restauración
futura de Israel y su gloria en el Reino. Describe a la ciudad y el
templo restaurados, más grandiosos de lo que Israel había
conocido. En 43.1–6 ve la gloria de Dios volver al templo. Nótese
que la gloria vendrá por la misma ruta que utilizó al
salir. Por supuesto, Jesucristo es la gloria del Señor, y volverá
la gloria de Dios a la nación de Israel. Sin duda la Palabra
dada en los capítulos 40–48 no se cumplió cuando
los judíos regresaron a su tierra después del cautiverio,
de modo que tiene que haber un cumplimiento futuro cuando Jesús
vuelva a la tierra a reinar.
Dios está preocupado por su gloria. Debemos glorificar a Dios
en nuestros cuerpos (1 Co 6.19–20) y magnificarle en todo lo
que hacemos (Flp 1.20–21). Nuestras buenas obras deben glorificarlo
(Mt 5.16). Pero podemos pecar y alejar la gloria de Dios de nuestras
vidas. No cabe duda de que el Espíritu de Dios nunca nos dejará
(Ef 1.12–14), pero podemos entristecerlo y perder la gloria
de Dios en nuestro andar diario (Ef 4.30). Los pecados secretos no
se quedan así mucho tiempo. Dios los ve y, antes que pase mucho
tiempo, otros también los verán.
EZEQUIEL 37–48
Estos capítulos finales miran hacia
el futuro de Israel y Judá, al tiempo cuando Dios hará
una nueva obra y su gloria volverá a la tierra.
I. La nueva nación (37)
A. Revivida (vv. 1–14).
En este tiempo tanto Israel como Judá estaban arruinados políticamente.
Asiria había esparcido a Israel y Babilonia acababa de conquistar
a Judá. Tanto Isaías como Jeremías predijeron
el regreso del cautiverio, pero las visiones de Ezequiel van incluso
más allá en los años. Vio el tiempo cuando la
nación muerta volvería a vivir. En la visión
vio muchísimos huesos en el valle (literalmente «campo
de batalla») y los huesos estaban muy secos. Era un cuadro de
total derrota, con los huesos de los ejércitos secos y sin
sepultura. ¡Qué descripción más vívida
del pueblo judío! Mediante el poder de la Palabra de Dios los
huesos se juntaron y formaron hombres, y mediante el poder del Espíritu
(«viento»), se les dio vida. Esto nos enseña la
resurrección corporal, ni siquiera la salvación de los
judíos. Más bien es un cuadro del resurgimiento futuro
de la nación, cuando los judíos se saquen de las «tumbas»
de las naciones gentiles a donde fueron esparcidos. Políticamente
esto ocurrió el 14 de mayo de 1948, cuando la nación
moderna de Israel entró de nuevo en la familia de naciones.
Por supuesto, la nación está muerta espiritualmente;
pero un día, cuando Cristo vuelva, la nación nacerá
en un día y será salva.
B. Reunificada (vv. 15–28).
La división de la nación en los reinos del norte y del
sur fue el principio de su caída. Un día Dios volverá
a reunir a las tribus bajo el verdadero David, Jesucristo. Él
hará un pacto de paz con ellos (v. 26) y traerá de nuevo
gloria a su pueblo.
¿Hay algún futuro para Israel? Algunos eruditos dicen:
«No, porque todas estas profecías del AT deben aplicarse
espiritualmente a la Iglesia». No estamos de acuerdo con esto.
Estas profecías son demasiado detalladas como para «espiritualizarlas»
y aplicarlas a la iglesia de hoy. Jesús enseñó
acerca de un futuro para los judíos (Lc 22.29), lo mismo que
Pablo (Ro 11) y Juan (Ap 22.1–6).
II. La nueva victoria (38–39)
Estos capítulos se refieren a la famosa «batalla de Gog
y Magog». No confunda esta guerra con la Batalla del Armagedón
descrita en Apocalipsis 19.11–21, porque el Armagedón
ocurrirá al final del período de siete años de
tribulación que sigue al Arrebatamiento de la Iglesia. Tampoco
es la misma batalla que involucra a Gog y Magog en la mencionada en
Apocalipsis 20.7–9, porque aquella será después
de finalizado el reinado milenial de Cristo, cuando se suelte de nuevo
a Satanás. La batalla dada en Ezequiel 38–39 ocurrirá
en un tiempo cuando los judíos vivan con seguridad en su tierra
(38.8, 11–12, 14) al «cabo de años» (38.8).
¿Cuándo será esto? Parece probable que esto será
durante la primera parte del período de la tribulación,
cuando Israel estará protegida de sus enemigos por el pacto
con la cabeza del Imperio Romano (Dn 9.26–27).
Después del Arrebatamiento de la Iglesia, ocurrirán
grandes hechos en el mundo rápidamente. El antiguo Imperio
Romano se restaurará en Europa, encabezado por un fuerte gobernante
que al final se revelará como el anticristo. Acordará
proteger a los judíos durante siete años (Dn 9.27),
que es la duración exacta del período de la tribulación,
la septuagésima semana de Daniel (Dn 9.25–27). Los primeros
tres años y medio de la tribulación serán relativamente
pacíficos e Israel disfrutará de reposo en su tierra,
guardados por el gobernante romano. Pero Gog querrá la gran
riqueza de la tierra (38.12–13) y más o menos a mitad
del período de la tribulación invadirá a Israel
sin advertencia. Entonces Dios intervendrá y destruirá
al ejército invasor. Tan grande será la derrota que
se requerirán siete meses para sepultar a los muertos (39.12)
y el pueblo quemará durante siete años el material de
guerra abandonado (39.9–10). El gobernante romano se apresurará
a Israel para cumplir su pacto, descubrirá que Gog ha dejado
de ser un poder mundial y entonces se establecerá como dictador
mundial en el templo judío, rompiendo así su pacto con
Israel (Dn 9.27). Esta será la «abominación desoladora»
y la señal del principio de la gran tribulación sobre
la tierra.
III. El nuevo templo (40–46)
Sin duda este templo nunca se ha construido, de modo que debe referirse
a un tiempo futuro. La mayoría de los estudiosos opinan que
este será el gran templo milenial que se llenará de
la gloria de Dios durante el reino de Cristo de mil años sobre
la tierra. A Ezequiel se le dijo que revelara estos planes al pueblo,
para avergonzarlos de sus pecados y rebeliones (43.10–11). No
es necesario que entremos en detalles en nuestro estudio. Nótese
que todas las medidas han aumentado, de modo que toda el «área
sagrada» mide casi ciento veinte kilómetros cuadrados.
No se nos dice cómo va a caber todo esto en la tierra y la
ciudad de Jerusalén. Tal vez habrá cambios en la tierra.
Puesto que Cristo ha cumplido los tipos del AT (e.g., sacrificios,
sacerdocio), ¿por qué estos se restituirán y
practicarán mil años? Algunos creen que esas prácticas
serán para el judío en el Reino lo que la Cena del Señor
es para la iglesia de hoy, un recordatorio de la obra de Cristo. Sin
embargo, es probable que Ezequiel usaba el lenguaje que la gente entendía
para trasmitirles las verdades acerca de la futura adoración
en el templo. La Pascua hablaba de la redención por la sangre
(45.21–24) y la Fiesta de los Tabernáculos del cuidado
de Dios por su pueblo y el gozo de este en el Reino (45.25). No podemos
creer que los judíos salvos querrán cambiar su íntima
comunión con Cristo por ritos antiguos que pertenecían
a la edad de la ley.
¿Qué le ocurrirá a este templo? Cuando Dios cree
el nuevo cielo y la nueva tierra no habrá necesidad de ningún
templo (Ap 21.1–5, 22). La nueva Jerusalén que Juan describe
en Apocalipsis 21–22 sobrepasará a cualquier cosa que
Ezequiel vio. Toda la ciudad santa será un templo para la gloria
de Dios.
IV. La nueva tierra (47–48)
A. Se refresca (cap. 47).
La tierra se refrescará mediante las aguas salutíferas
del río que brota del altar de Dios. Todas las bendiciones
de Dios deben empezar con el altar. Ezequiel describe la sanidad de
la tierra, la bendición de Dios sobre la tierra que escogió
para Israel. Nótese que habrá una nueva frontera para
ella (13–21). Por el oeste estará el Mar Mediterráneo,
al norte una línea que va desde Tiro a Damasco, por el este
el río Jordán y el Mar Muerto, y al sur desde el Mar
Muerto hasta el río de Egipto. Esto significa que la herencia
estará dentro de la tierra, sin ninguna tribu al otro lado
del Jordán.
Podemos ver en este río salutífero un hermoso cuadro
del Espíritu de Dios. La fuente es el altar, la muerte de Cristo
(Jn 7.37–39). El río se torna cada vez más profundo,
de modo que el profeta pudo nadar en él. Ojalá podamos
adentrarnos cada vez más profundamente en las cosas de Dios
y apartarnos de las aguas de poca profundidad. El río dio sanidad
y vida; y así el Espíritu sana y da vida hoy.
B. Nueva división (cap. 48).
Ya hemos notado las nuevas fronteras de la tierra. Este capítulo
explica cómo se hará el reparto a las tribus durante
la edad del Reino. Las tribus estarán al oeste del Jordán;
la nación no tendrá más división. Las
tribus poseerán «franjas» de tierra a lo largo
de la nación, de este a oeste. Siete tribus estarán
ubicadas en la parte superior: Dan, Aser, Neftalí, Manasés,
Efraín, Rubén y Judá. Entonces vendrá
la enorme «porción sagrada» para el área
del templo (vv. 8–20). Hacia abajo estarán otras cinco
tribus: Benjamín, Simeón, Isacar, Zabulón y Gad.
¡Las tribus estarán allí, y Dios también
estará allí! (v. 35). El nombre de la ciudad será
«Jehová-sama»: «¡Jehová (está)
allí!» |

Pastor:
Rev. Eduardo Aparicio
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